Escribir literatura es ir un poco más allá. Eso es lo que afirman tres expertos en las letras que se han vuelto maestros con el paso de los años y han ganado sapiencia de la única forma en la que se puede conseguir: escribiendo. Miles de relatos han pasado por sus cabezas y tal vez muchos más han ocupado sus corazones, pero siempre se las han ingeniado para crear una nueva idea.
El mexicano Hernán Lara Zabala y los argentinos Noé Jitrik y Tununa Mercado se las ingenian para continuar vigentes en un mundo lleno de estrellas y best sellers. Y tanto siguen en la mira de los lectores que estuvieron en Colombia para asumir sus papeles de docentes en la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, dirigida por Azriel Bibliowicz.
Y aunque Jitrik, autor de Historia Crítica de la Literatura Argentina, no se siente muy a gusto con la palabra ‘creatividad’, dio consejos para asumir una postura práctica desde las letras. “No me gusta ese término porque tiene un tufillo teológico que supone una nada, desde la cual surge el texto y está atribuido en exclusiva a los novelistas porque a los poetas no se les dice que son creativos. Para mí es más libre la poesía que la prosa”, afirma este personaje de pelo y barba blanca a quien se le conoce como la memoria viviente de la literatura argentina, aunque él sostenga que todavía le faltan los mismos 90 para el peso.
A ninguno de los tres les importa lo que ya hicieron porque están más pendientes de lo que todavía les falta por realizar y escribir. Con la vida llena de renglones, han podido comprobar que los libros son como una botella que se arroja al mar sin un destinatario particular.
Hernán Lara Zabala ya ha embotellado más de 10 libros, pero todavía considera que está en la búsqueda de su voz. “Los escritores de novela tardamos más en madurar pero eso tiene que ver mucho con la experiencia personal. Lo cotidiano se destila en cada novela y con la edad se va perfilando el tipo de texto que se quiere y que se puede escribir”, asegura el mexicano que durante 32 años ha trabajado en la UNAM y que combina a la perfección las labores de editor, traductor, académico y escritor. Cada faceta colabora en la consolidación de la otra.
Hace unos meses publicó su novela Península, península, en la que se tardó diez años y con la que logró saldar una deuda de honor consigo mismo, con su familia y con sus antepasados: los mayas. Esta cultura estaba conformaba por astrónomos, escultores y arquitectos y eran menos belicosos que los aztecas. Sin embargo, se revelaron de los blancos y se dio una cruenta confrontación entre la Península de Yucatán y la Península Ibérica. Con este texto, Hernán Lara Zabala corroboró que la escritura es un acto privado y la publicación un acto masivo.
Tununa Mercado, en cambio, no entiende muchos de los gajes del oficio del escritor y eso se lo atribuye a su carácter disperso, porque muy pocas veces consigue redactar dos cuartillas en una misma sentada. Pero su estilo particular de creación no atenta contra los premios, ya que tiene una mención especial de la Casa de las Américas de Cuba y se alzó con el Premio Sor Juan Inés de la Cruz. Su más reciente escrito se titula Yo nunca te prometí la eternidad. “La eternidad es una mofa y por eso es que, precisamente, no se puede prometer. Lo que más resiste el paso del tiempo es la letra escrita, porque la marca de la escritura es como un testigo que permanece”, manifiesta esta argentina que prefiere no enfrascarse en la discusión sobre los estilos femeninos y masculinos en la escritura.
Ninguno de los tres sabe si las mujeres han dejado huella en la novela por su género o por ser buenas en lo que hacen. Lo que sí tienen claro es que le dan la misma importancia a un poema, un artículo, una novela o un ensayo teórico, porque cualquier documento les ha ayudado en su crecimiento personal y profesional.
Tununa Mercado, Hernán Lara Zabala y Noé Jitrik coinciden en defender la palabra ‘escritura’. Al parecer es la que más les llega al alma, aunque también es la que evidencia la existencia de un infierno, un camino tortuoso en el que faltan muchas cosas por establecer. Lo más maravilloso es que, en estos tiempos de informática, la literatura subsiste gracias a la presencia de un misterio por develar.