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Falleció el poeta argentino Juan Gelman

Nacido en 1930, se exilió en 1976 a causa de la dictadura en su país. La calidad de su poesía fue reconocida con los premios Reina Sofía (2005) y Cervantes (2007).

Juan David Torres Duarte

14 de enero de 2014 - 05:04 p. m.
Juan Gelman, además de hacer poesía, también dedicó parte de su vida al periodismo. / AFP
Foto: EFE - Alex Cruz
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Hijo de padres ucranianos pero de lengua rusa, Juan Gelman aprendió a leer a los tres años y poco más de un lustro después ya escribía. Escribía poemas, de acuerdo con sus recuerdos. "Empecé a escribir poemas a los nueve años —dijo en una entrevista con El País de España en 2007—. Claro que fue por una chica. Al principio le mandaba versos de un argentino del siglo XIX, Almafuerte, pero no me hizo caso. Así que decidí probar yo mismo. Tampoco me hizo caso. Ella siguió por su camino y yo me quedé con la poesía".

Por entonces, inducido por las lecturas de su hermano Boris, la poesía se convirtió en su camino. Estudió química, pero rescindió. Fue por ese tiempo quizá que encontró en la lectura del Quijote y de las obras de Shakespeare una luz, un inicio apenas tímido. De cualquier modo, se introdujo en las letras a través del periodismo: en 1969 se convirtió en jefe de redacción de la revista Panorama y luego fue director del suplemento cultural del diario La Opinión.

Hasta mediados de los años setenta permaneció ligado al periodismo; al mismo tiempo, pasaba de la palabra a la acción: en 1967 se había integrado al grupo guerrillero Fuerzas Armadas Revolucionarias, que organizaba afrentas militares y políticas en contra de la dictadura. En 1973, pasó a formar parte de los Montoneros, una organización unida al peronismo con fines similares. La política había estado allí siempre, no fue un interés azaroso: "Recogíamos con los niños del barrio todos los envoltorios plateados de las chocolatinas que encontrábamos por ahí porque nos decían que servían para hacer balas para los republicanos que peleaban contra Franco", dijo en El País.

En ese proceso de protesta activa, fue enviado al exterior para denunciar los abusos a los derechos humanos en Argentina. Era 1976 y ya no volvería al país en varios años: justo cuando se encontraba afuera, el 24 de marzo, los militares derrocaron a la entonces presidenta María Estela Martínez y se tomaron el poder. Sólo lo cederían hasta 1983.

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Entonces principió el largo exilio, el largo adiós. Gelman regresó a la Argentina de modo clandestino en 1976 pero, atemorizado por las constantes represalias de los militares, optó por el exilio: estuvo en Roma, París, Managua, Nueva York, Ciudad de México. Estuvo fuera mientras la dictadura desaparecía a miles en Argentina, mientras desaparecía a sus hijos Nora y Marcelo, la primera siempre desaparecida y el segundo encontrado con un tiro en la nuca. También desapareció su nuera María Claudia Iruretagoyena, que entonces estaba embarazada; la mujer dio a luz cuando estuvo secuestrada; Gelman encontró a su nieta —como muchos otros— en 2000 bajo el nombre de Andrea. Ella eligió su nuevo nombre y retomó sus apellidos, a pesar de haber sido entregada a un policía y criada por él: María Macarena Gelman García. Su madre no ha aparecido.

En esos años alargados por la impaciencia y la incertidumbre, además de su constante disidencia política, Gelman publicó poemarios como Violín y otras cuestiones, Fábulas, Relaciones, Interrupciones I y II, Hacia el Sur, Carta a mi madre, entre otros. En ellos estaba esa voz maltratada que desconocía el paradero de su hijo: "deshijándote mucho/ deshijándome". En ellos estaba, además, su compromiso con la poesía y también con la sociedad: "Aquí pasa, señores, /que me juego la muerte". En ellos estaba también su disidencia, estaban sus palabras críticas, aquellas muy parecidas —aunque embellecidas por la música de la poesía— a cuantas recitó cuando recibió el premio cervantes en 2007: "Es algo verdaderamente admirable, en estos tiempos mezquinos, tiempos de penuria, como los calificaba Hölderlin, preguntándose: ¿para qué poetas? ¿Qué hubiera dicho hoy en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Cuántos habrán fallecido, pienso, desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía, de pie contra la muerte".

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Esa curiosidad por el papel político de la poesía venía de más atrás, de aquellos primeros años en que, influido por la Revolución Cubana, comenzó a coquetear con la disidencia de su país y a sostener su poesía como un modo de enfrentar la realidad.

Como un modo de testimoniar que aún estaba firme. Bajo ese fundamento creó el grupo literario Pan Duro, cuyas líneas de iniciación rezan así: "La poesía es un artículo de primera necesidad como el pan y el fusil... Ese 1955, con pueblo ametrallado y flores y marineros en andas en las calles del Barrio Norte, con multitudes humilladas y la revancha de las minorías celebrada en funciones de gala y recepciones de embajada, es también el año de nacimiento de El Pan Duro". Militantes del Partido Comunista, creían en la poesía como un arma, como suele ser la poesía en momentos aprisionados.

Y aún entre los tejidos de su palabra y su pensamiento político, quedaban versos para su ciudad, para los recuerdos: "Sentado al borde de una silla desfondada, / mareado, enfermo, casi vivo,/ escribo versos previamente llorados/ por la ciudad donde nací". Y también había ánimo para los sentidos: “Cómo será acostarme/ en tu país de pechos tan lejano. /Ando de pobre cristo a tu recuerdo/ clavado, reclavado”. A finales de los sesenta, como otros poetas, entre ellos Nicanor Parra, comenzó a andar un camino distinto, una variable del verso que había impuesto Neruda, que iba quizá más allá de César Vallejo: un verso que, más que libre, era espontáneo y musical. "Quise o no quise. Pero a veces/ me quisieron. También a mí/ me alegraban: la primavera,/ las manos juntas, lo feliz", escribe en Epitafio.

Exiliado después, cuando fuerzas militares y paramilitares lo acechaban, y también después cuando fue indultado por el expresidente Carlos Menem (porque había pertenecido a un grupo guerrillero), Gelman encontró en la lengua un modo de volver a la patria, de volver a la niñez. La patria es la lengua. "Como si buscar el sustrato hubiera sido mi obsesión —dijo—. Como si la soledad extrema del exilio me empujara a buscar raíces en la lengua, las más profundas y exiliadas de la lengua".

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Su último trabajo poético, Hoy, fue presentado hace algunos meses en la Biblioteca Nacional de buenos aires, según relata la revista Ñ de Argentina. Allí se vio a un Gelman algo enfermo; a pesar de todo, leyó una serie de poemas, contestó preguntas con su voz gruesa. Y estaba allí, quizá, a pesar de su enfermedad, porque la poesía debe estar en pie y también el poeta. Mientras la poesía viva, mientras la poesía fluya como un río que destruye y también construye, el poeta está vivo. "(La poesía) sigue viva —solía decir—, es un tirar contra la muerte, su mera existencia resiste el envilecimiento de lo humano".
 

Por Juan David Torres Duarte

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