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Anna Starobinets, la “reina del horror ruso” que quiere ceder su corona

La autora rusa habló para EL ESPECTADOR a propósito de los miedos, la lectura como acto de transformación y la etiqueta que le dieron como “reina del terror” para el especial de cubrimiento de la FILBo 2026: “De qué hablamos cuando hablamos de leer”.

Andrea Jaramillo Caro

04 de mayo de 2026 - 01:00 p. m.
Anna Starobinets es periodista, guionista de cine y televisión y escritora de obras distópicas y metafísicas, así como de libros infantiles.
Foto: Daniela Rojas
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La escritora rusa, que actualmente reside en Barcelona, fue una de las invitadas a la FILBo 2026, que culminó este lunes. Con textos como “El vado de los lobos”, “La glándula de Ícaro” y “Tienes que mirar”, Anna Starobinets se ha abierto camino en la literatura más allá del rótulo que le dieron hace muchos años como “reina del terror”.

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Oriunda de Moscú, Starobinets comenzó a escribir con apenas cinco años y la lectura acompañó esta acción a lo largo de su vida. En su paso por Bogotá habló para EL ESPECTADOR sobre los géneros en los que ha escrito, su antología de relatos cortos “La glándula de Ícaro”, la lectura como transformación y trabajar lejos de su país.

Empecemos por “La glándula de Ícaro”. ¿Cómo llegó a estas historias? ¿Qué las detonó?

Cada una de ellas tiene su propio detonante que, generalmente, son eventos de mi propia vida que me hacen pensar que ahí habría un buen detalle, símbolo o metáfora para una historia. Por ejemplo, la historia que lleva el título del libro trata sobre una cirugía a la que se someten los hombres para retirar una glándula imaginaria. La idea se me ocurrió luego de que castré a mi gato, porque él era un felino muy amable y amistoso antes de la operación y después de ella cambió mucho. Se veía muy indiferente a todo y pensé en cómo podría hacer esa proyección a los humanos, la convertí en un órgano imaginario que no es una metáfora para los testículos, sino para el alma.

¿Por qué se decidió por el nombre de Ícaro?

Simplemente se me ocurrió. Pero creo que fue una buena decisión porque implica atreverse a algo, como volar hacia el Sol, como lo hizo Ícaro en el mito. Al mismo tiempo, este nombre me sonaba un tanto científico. De hecho, recibí un correo que una persona que decía que había buscado en toda la enciclopedia médica y que no había podido encontrar este órgano, quería leer más sobre él.

¿Cómo cree que la ficción puede ser una especie de espejo de nuestro mundo?

Mi objetivo con mis textos es hablar de la realidad y creo que la ciencia ficción y la fantasía nos da a los autores más medios técnicos y equipo simbólico para lograrlo. Creo que sería aburrido escribir sobre nuestra realidad sin elementos de ficción. ¿Cómo describirías los miedos subconscientes solo con la realidad? Se puede hacer con palabras, pero sonaría aburrido y monótono, y como el subconsciente consiste en imágenes imaginarias y a veces horribles, necesitamos sacar esas imágenes del subconsciente e incorporarlas a circunstancias reales, como si estuvieran presentes en este mundo.

También creo que, en este sentido, estoy mucho más cerca de la literatura latinoamericana que de la anglosajona. Porque en la tradición anglosajona y en la rusa, este mundo de fantasía, con sus terrores y sus extrañas criaturas, tiene que cruzar una frontera especial para encontrarse en otro mundo. En la tradición latinoamericana, como en el realismo mágico, todas esas criaturas ya están ahí. Como en “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, cuando matan a Prudencio Aguilar al principio de la novela y él sigue presente, continúa observando a José Arcadio Buendía, participa en las actividades del pueblo y me gusta mucho que esas cosas de la otra dimensión estén presentes de alguna manera.

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¿Cuáles han sido los autores que han transformado su vida y la forma en la que ve el mundo?

Hay varios autores y tradiciones que me han influenciado. Me gustan anglosajones como Ray Bradbury, creo que sus historias cortas, que leí cuando tenía 10 años, han sido una de mis grandes referencias. Creo que cada una de ellas es la semilla para una novela, me parece que es una habilidad arrolladora el poder crear mundos enteros en tan poco espacio. También soy fanática de George Orwell, Philip Dick y Stephen King. La tradición rusa también ha dejado su huella en mí, es imposible de evitar al haber nacido y crecido en ese país. Me gustan mucho Nikolai Gogol y Mikhail Bulgakov, este es el autor ruso que más me ha influenciado. Además, me considero una persona de Dostoievski, no me gusta Tolstoi. Leí todo lo que debía leer de él y lo encuentro sumamente patético, moral y didáctico. No me gustan ese tipo de conversaciones entre autores y lectores. Desde Latinoamérica he disfrutado mucho de Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez.

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¿En qué momento, mientras leía a esos autores, se dio cuenta de que algo en usted se había transformado?

Creo que un buen libro debería transformar a quien lo lee. Es decir, necesitas experimentar una pequeña metamorfosis interior. Tu alma debería cambiar un poco, al menos. De lo contrario, para mí, significa que el libro no es bueno. Un buen libro me cambia para siempre, inicia pequeñas metamorfosis. Hay libros que exigen cierto esfuerzo del lector y sin ese esfuerzo, es imposible que el lector los termine. También hay libros que no requieren ningún esfuerzo. Algunos te absorben y hacen algo contigo sin que participes activamente.

¿Cuál cree que es el papel de la imaginación en nuestra sociedad actual?

Creo que, lamentablemente, está disminuyendo mucho debido a los nuevos medios culturales, sociales y técnicos que han surgido recientemente. Por ejemplo, hace cien años la gente simplemente leía libros. La imaginación era mucho mejor, porque al leer algo uno puede imaginar las voces y tener una especie de cine interior. Ahora hay videojuegos, películas, series de televisión, donde todo está ya aquí. No hace falta imaginar nada, porque se presenta de una forma muy vívida, brillante y absolutamente definitiva; no se necesitan habilidades internas para participar en este proceso de percepción.

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También creo que la inteligencia artificial es algo genial, la uso mucho. No soy de la vieja escuela que está en contra de todo, pero tengo cierto temor de que también disminuya el nivel de imaginación de la gente.

La han denominado “la reina del horror ruso”, ¿cómo obtuvo ese apodo?

Esta etiqueta de “la reina del terror ruso” me la dio, hace 21 años, un periodista ruso muy conocido. Mi primer libro realmente fue una colección de historias de horror y creo que él eligió un apodo muy preciso que todavía sigue haciendo eco fuera de Rusia. Me gusta ser una reina, pero no del terror. Es la segunda parte de esa etiqueta la que no me gusta, mi primer libro fue el único que realmente se aloja en este género. Lo demás, que ha sido mucho, aunque contienen elementos horrorosos, no necesariamente entran en esa narrativa.

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Tomemos como ejemplo a García Márquez. ¿Diríamos que es un escritor de terror? No lo creo, a pesar de que en sus historias incluyen muchos detalles y elementos terroríficos, pero sigue sin ser “un rey del horror”. Al principio, el apodo me ayudó mucho, pero ya no lo siento mío y no me lo puedo quitar de encima.

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¿Cuál es la historia detrás de la primera novela que escribió a los cinco años?

Trataba sobre tres ranas, era una historia muy corta y primitiva. Cada rana era de un color: amarilla, verde y roja. Tenían una sola almohada para las tres y no podían decidir a quién le pertenecía. Peleaban mucho e intentaban encontrar diferentes maneras para cada una apropiarse del cojín. Finalmente, decidieron echarlo a la suerte y, gracias a la propaganda del momento, ganó la roja, porque, como siempre, el rojo ganaba.

La razón por la que escribí ese libro fue porque mi padre, que es geofísico, trajo un libro a casa, lo puso sobre la mesa y dijo: “Este es mi libro”. Tomé el libro, lo hojeé y me pareció muy aburrido, sin dibujos, sin historias, solo con algunos gráficos. Yo, por alguna razón, me enfurecí. Le dije: “Eso no es una historia. Eso no es un libro y tú no eres un escritor de verdad”. Entonces mi padre dijo: “¿por qué estás tan enfadada? ¿Como si fueras escritora?”. Y yo le dije: “Soy escritora y lo voy a demostrar”. Así que fui y escribí ese libro. Fue la primera vez que pensé en que debía convertirme en escritora.

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También fue periodista, ¿cómo cree que ese oficio influyó en su carrera literaria?

Dejé de ser periodista en el 2008, cuando la censura en Rusia comenzó y se volvió imposible continuar. Lo que me dio el periodismo fue esta habilidad de observar la vida constantemente, porque estaba escribiendo reportajes. Viajé mucho por Rusia y otros países, pero lo que escribí como periodista eran historias de la vida real. Lo que escribo en mis libros suele ser ficción, pero en cada historia siempre hay un nivel de realismo y trato de que sea muy preciso, como cuando eres periodista y tratas de verificar cada hecho, cada detalle. Ese es quizás un hábito que aún conservo en cuanto al realismo en mis libros. Para mí, el periodismo y la ficción son formas de creación completamente diferentes.

Ha vivido fuera de Rusia durante algunos años, ¿cómo ha sido su vida en el extranjero?

Salí de Rusia cuando comenzó la guerra contra Ucrania. Me fui con mis hijos y pasamos tres años y medio en Georgia. Hace poco más de un año, me mudé con mi hijo a Barcelona. Siento mucha gratitud con Georgia, sin embargo, me dio la impresión de que no teníamos futuro allí. Y hay historia detrás de esa sensación porque parte del territorio georgiano fue tomado por Rusia en 2008 y los georgianos no están muy felices de ver a los rusos que van llegando. Nos ven como invasores, como si ocupáramos su tierra, aunque siempre me he opuesto a eso. Por otro lado, el gobierno georgiano es muy pro-Putin. Así que es como vivir en un país donde la sociedad te odia por ser ruso y el gobierno te odia porque eres ruso, pero no te opones al gobierno ruso. Eso me pareció muy extraño.

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Salí de Rusia porque era obvio que mis visiones y oposición al gobierno pronto me llevarían a prisión. No fui lo suficientemente valiente como para quedarme y luchar, pero tampoco quería quedarme callada. Lamentablemente, muchos de mis amigos, incluyendo a muchos periodistas que intentaron seguir ejerciendo su profesión, a pesar de que se volvió peligrosa, e incluso un director de cine de renombre, están ahora encarcelados por no abandonar Rusia y por expresar públicamente lo que piensan.

En tiempos como los que vivimos actualmente, ¿cuál es el papel de la literatura y la ficción?

Es una buena pregunta y es curioso porque, por ejemplo, el gobierno ruso no interfirió en la literatura hasta hace muy poco. Era la única esfera de autoexpresión libre. Primero fueron por los periodistas, luego por el cine. Esa industria tiene mucho dinero y probablemente pensaron que era la más influyente. Luego se interesaron por el teatro y llegó el momento en que mi amigo, que es director de teatro, fue a prisión.

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Finalmente, quizás el año pasado, se interesaron muchísimo en los procesos de la literatura rusa contemporánea. Así que solo ahora se ha vuelto peligroso ser escritor. Creo que no es coincidencia que la literatura no le pareciera importante al gobierno durante tanto tiempo porque, lamentablemente, no influye tanto en la sociedad. Me gustaría mucho que fuera más poderosa porque para mí, las historias, el lenguaje, las ideas son la única arma que tengo, pero veo que esta arma no funciona realmente. Es un arma débil.

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Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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