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FILBO 2026, India país invitado: Lea un capítulo de la novela “La soledad de Sonia y Sunny”

Tras 20 años de silencio, acaba de publicarse en Colombia la nueva novela de la escritora india Kiran Desai, la historia de un gran amor, finalista del Premio Booker y uno de los mejores libros del año según el New York Times.

Kiran Desai * / Especial para El Espectador

21 de abril de 2026 - 11:00 a. m.
Kiran Desai, (Nueva Delhi, 1971), estudió en la India, Inglaterra y Estados Unidos, y actualmente reside en Nueva York. Es autora de tres novelas de gran éxito, publicadas en español por Salamandra: Alboroto en el guayabal, El legado de la pérdida, galardonada con el Premio Man Booker y el National Book Critics Circle Award, y La soledad de Sonia y Sunny.
Foto: Cortesía Penguin Random House
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La soledad de Sonia y Sunny es la historia fascinante de dos jóvenes cuyos destinos se cruzan y separan a lo largo de continentes y años: una epopeya sobre el amor y la familia, la India y América, la tradición y la modernidad, que marca el regreso a la gran narrativa de Kiran Desai, ganadora del Premio Booker con El legado de la pérdida.

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Cuando Sonia y Sunny se encuentran por primera vez en un tren nocturno, la atracción entre ellos es inmediata, pero ambos recuerdan con incomodidad que sus abuelos intentaron emparejarlos años atrás, una torpe intromisión que solo sirvió para alejarlos.

Sonia, aspirante a novelista, ha vuelto a la India tras sus estudios en las montañas nevadas de Vermont, atormentada por el posible hechizo que un artista lanzó sobre ella cuando buscaba inspiración e intimidad. Sunny, periodista en apuros instalado en Nueva York, intenta escapar de su dominante madre y del caos de su belicosa familia. Ambos, inseguros de su futuro, emprenden juntos la búsqueda de la felicidad mientras se enfrentan a las múltiples formas de alienación del mundo moderno.

La soledad de Sonia y Sunny es una arrolladora historia sobre dos jóvenes que navegan entre las fuerzas que moldean sus vidas: el país, la clase, la raza, la historia y los lazos invisibles que unen a una generación con la siguiente. Historia de amor, saga familiar y gran novela de ideas, es la obra más ambiciosa y lograda hasta la fecha de una de las escritoras más brillantes de nuestro tiempo.

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Primer capítulo

El sol seguía sumergido en la bruma invernal del amanecer cuando Ba, Dadaji y su hija Mina Foi se envolvieron en sus chales y salieron al porche para beber su té y decidir con un vigoroso proceso de eliminación las comidas del resto del día. A la hora del desayuno ha­bía que dar instrucciones al cocinero para que fuera directamente al mercado. Era el cincuenta y cinco cumpleaños de Mina, el primero de diciembre del año 1996, y el cordero para los kebabs de la celebración llevaba toda la noche marinándose en la cocina.

—¡¿Arroz?! —gritó Ba—. Roti?

Estaba quedándose sorda, pero sabía que tenía que alzar la voz por encima del ruido atronador del tráfico matinal que pasaba frente a la puerta principal y del graznido de cientos de cuervos, cuya algarabía estaba tan estrechamente ligada a los esfuerzos del sol, que era como si todas las mañanas los cuervos alumbrasen la luz.

Pilau? —sugirió—. Paratha?

En lo alto del pórtico de entrada había un busto de escayola de un caballero corpulento con corbata, tal vez inspirado en un boceto del primer propietario del bungalow, que había recorrido Europa cuaderno en mano, tal como había visto hacer a los extranjeros en la India. Y tal vez fuera culpa de la ejecución del artista, del entorno disonante de Allahabad, o de una salpicadura de excrementos de pájaro, pero más que un noble respetable parecía un esnob ridículo, interesado en el cielo abierto sobre su cabeza, que llevaba un cuarto de siglo sin verse con nitidez. Desde que se había ensanchado la carretera nacional para dar cabida a los camiones que traían coles, cemento, cabras, trigo y (si uno hacía caso a los periódicos o los cotilleos) prostitutas y enfermedades venéreas.

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Imperturbable ante el distinguido caballero, los camiones contaminantes o la familia del porche, el cra-cra de los cuervos fue in crescendo.

—¿Coliflor? —apremió Ba—. ¿Espinacas?

—¿Patata? —Dadaji levantó los pies del suelo y se los frotó entre sí con un cuidado exquisito, como si fueran manos de terciopelo. Luego, con el tono de quien se explica ante un antropólogo, añadió—: Nadie adora más la patata que un gujarati.

Eran una familia desplazada, gujaratis abandonados en el estado de Uttar Pradesh. Años atrás, el ejercicio de la abogacía había llevado a Dadaji al tribunal de Allahabad.

Dos teléfonos achaparrados (uno en un rincón del salón, otro sobre su escritorio) sonaron como sapos en un pantano, croac, croac, y supieron que era el hermano de Mina Foi, Manav, el segundo hijo de Dadaji y Ba, que llamaba con motivo del cumpleaños. Dadaji descolgó el teléfono de su escritorio y Mina el del salón. Ba nunca hablaba por teléfono; aunque hubiera oído bien, no tenía la costumbre.

—Felicidades, Mina —le deseó Manav.

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—Cuánto tiempo sin saber de ti.

Mina Foi quería decirle a su hermano que esperaba que la pareja de misioneros pasara por allí, como el año anterior, con galletas con trocitos de chocolate de Iowa, pero quizá no se acordaran de que era su cumpleaños y ella tampoco podía recordárselo. Tenía prohibido llamar por teléfono, era un lujo inútil.

Dadaji le contó que una de sus inversiones se había revalorizado y, al final de la conversación, preguntó por la salud de su nuera, Seher, y de su nieta, Sonia.

—Nos preocupa Sonia —respondió Manav. Su hija estaba estudiando en la Universidad de Vermont—. Está deprimida. Llora por teléfono, y cuando la llamamos al día siguiente, sigue igual.

—Pero ¿por qué? —preguntó Dadaji—. Ya lleva tres años allí. ¿Por qué le ha dado por llorar ahora?

—Dice que se siente sola.

Iba a hacer dos años de la última vez que Sonia había viajado a casa.

—¿Sola? ¿Sola?

En Allahabad no soportaban la soledad. Puede que hubieran sentido la soledad de no ser comprendidos, que conociesen el aletargamiento de las tardes muertas de Allahabad, como una marea que se retira y tal vez nunca regrese, que era una forma de soledad; pero nunca habían dormido solos en una casa, ni habían comido solos, ni habían vivido en un lugar donde no los conocieran, ni se habían despertado sin que un cocinero les llevara el té o sin desear buenos días a varias personas:

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Namasté, Khansama.

Buenos días, mami.

Buenos días, papi.

Mina, buenos días.

Ayah, namasté...

Cada vez que Dadaji pensaba en los ridículos primeros versos del poema de Wordsworth que le habían enseñado en la escuela, «Erraba en solitario como una nube que flota en lo alto sobre valles y colinas», echaba la cabeza hacia atrás y de la carcajada que soltaba se le caía la dentadura superior de golpe. Pero, sintiéndose inusualmente generoso gracias al creciente valor de sus acciones, le ordenó a Mina Foi que llamara a Sonia. Tenía problemas de vista (un desprendimiento de retina, glaucoma, cataratas) y, llevándose una lupa a su ojo rojo y reumático, se inclinó hasta tocar con la nariz la libreta de direcciones y le dictó el número que tenían de la residencia del Hewitt College, en North Hewitt. Ella introdujo el dedo en los agujeros del disco de marcar y estuvo casi una hora intentando llamar, hasta que se le quedó entumecido. Al final, el teléfono sonó a lo lejos y contestó alguien con un acento que ella tomó por vaquero.

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Por suerte, Dadaji cogió el otro aparato, pues Mina Foi no se atrevía a hablar con un vaquero. Dejó el dedo suspendido en el aire, agarrotado.

—¿Hola? ¿Hola? ¡Por favor, pónganos con Sonia Shah, que está en la habitación número cinco! —gritó Dadaji. Y cuando Sonia llegó a la cabina—: ¿Qué pasa? ¿Por qué dice tu padre que eres desdichada? ¿Te van bien los estudios?

—Sí —respondió ella con un hilo de voz.

—¿Entonces? ¿Cuál es el problema?

—¿Qué se come allí? —le preguntó Mina Foi a su sobrina.

—¡Macarrones! —exclamó su abuelo por el otro teléfono.

—No, Dadaji —replicó Sonia—, el menú es muy internacional. Tenemos noche china, noche mexicana.

—¿Y noche india? —aventuró Mina Foi.

—A veces para comer nos dan Tomato Tigers, que son tomates y queso en un panecillo tostado con curry encima.

—¡Nunca he oído hablar de tal cosa!

Indignación.

—¿Y de postre? —susurró Mina Foi.

Brownies con helado, tarta de nueces pecanas y tarta de arándanos.

Sólo pensar en misterios tan espléndidos hacía que Mina Foi se desmayara de congoja.

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—Las tartas son muy americanas —confirmó Dadaji—. Bueno, ¿por qué lloras, joven afortunada?

Sonia intentó explicarse.

—Me va a estallar la cabeza. No puedo dejar de pensar en mí y en mis problemas. Me temo que será peor en invierno, con los días tan cortos y el frío...

—Haz saltos de tijera para levantar el ánimo y luego abre los libros. Hay que perseverar a pesar de las dificultades. Si yo no hubiera dejado la vida para la que nací, ahora estarías en Nadiad, casada desde los dieciséis años, en lugar de estudiando en Estados Unidos.

Las danzas tradicionales harán parte de la oferta cultural del pabellón de la India.
Foto: Cortesía Filbo

Mina Foi retorcía las manos en el regazo al recordar las visitas que hacía de pequeña a la casa de sus ancestros, donde las mujeres se repartían las sobras una vez que los hombres habían comido. Cuando les venía la regla, a las niñas se las desterraba incluso de esa existencia marginal. Las enviaban a la choza del fondo del jardín, donde comían en platos de barro, que después rompían y tiraban a la basura para que no contaminasen el mundo.

Dadaji las había sacado de ese atraso sin la ayuda de nadie. Puede que tuviera un carácter férreo y un temperamento furibundo, pero eran precisamente esas cualidades las que le habían dado a Ba un sitio en la pulida mesa de caoba todos los días del año. Cuando él se jubiló, la llevó a dar la vuelta al mundo junto con su hermano menor, Amal Kaka, y su esposa. En aquella época, Amal Kaka aún no se ha­bía apoderado de la propiedad de sus ancestros y los hermanos estaban muy unidos.

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Después de tantos años, Ba y Dadaji no recordaban ni un lugar, ni un monumento, ni un museo de aquel viaje, pero no habían olvidado la bufanda verde que perdieron en el camino a Machu Picchu; o la máquina que prometía contar la historia del Vaticano a través de unos auriculares, pero que, cuando echaron las monedas, guardó silencio. Cuando fueron a quejarse, el mostrador estaba cerrado por ser la hora de comer. «¿Volvemos dentro de veinte minutos?», le preguntaron al guarda de seguridad. «¡¿Se tarda veinte minutos en comer?!», replicó éste, enfadado. Recordaron esto, y luego recordaron el estreñimiento que habían sufrido en Viena y el día que pasaron buscando sin éxito fruta a buen precio. En Londres, en un hotel llamado The Buckingham, que uno suponía gestionado por gente honrada, les aseguraron que el desayuno estaba incluido en la tarifa, pero no era cierto. En París ahorraron una pequeña fortuna cocinando arroz y lentejas en el hervidor eléctrico para cenar, después de que Dadaji se subiera a una silla y desmontara la alarma de incendios de la habitación del hotel. La cocina francesa los había decepcionado: ¿a qué venía tanto revuelo? Adondequiera que iban, encontraban los mismos tres sándwiches y las mismas dos salsas. Con esas dos salsas, los franceses habían logrado aterrorizar al mundo.

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Además, en la mayoría de los países extranjeros, observaron que los lugareños no respetaban a los turistas indios, mientras que perseguían y adulaban a los blancos. Decidieron que lo mejor era vivir entre su propia gente y conservar sus rigurosas normas. Tras haber hecho pequeño el gran mundo, Ba y Dadaji regresaron a casa satisfechos.

—¿Por qué te sientes tan sola? —le preguntó Dadaji a Sonia—. Los americanos nos parecieron la mar de simpáticos. Cuando fuimos al Gran Cañón nos dejamos unos plátanos en el autobús, y una señora se bajó y salió corriendo detrás de nosotros para dárnoslos. Tuvo que esperar al siguiente autobús.

—Sí, son simpáticos —coincidió Sonia con su hilo de voz.

—Y el país es precioso —añadió Dadaji.

—Lo es.

—¡Y tanto espacio vacío!

—Sí.

Oyeron que Sonia empezaba a llorar y se cortó la comunicación. Volvieron a salir al porche; era demasiado caro llamar otra vez. El sol brillaba empañado sobre la bruma, los cuervos se habían calmado, y ya estaba allí Ayah con su joroba, dispuesta a barrer, arrastrando una escoba de ramitas que era varias veces su tamaño. Con la cabeza y la cara cubiertas con un sari color polvo, arrastró el polvo de la casa al porche, y luego bajó de uno en uno los escalones anchos y poco profundos hasta el huerto de guayabas que en temporada producía las famosas guayabas rosas de Allahabad, desplazando el polvo en el polvo sobre el polvo, y dejando tras de sí un dibujo de festones polvorientos hasta más allá del recinto.

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Al anochecer, el polvo habría vuelto a subir flotando y obstruido los cuadraditos de las mosquiteras metálicas, habría cubierto los filodendros, deslucido el rótulo de la verja en el que se leía M. L. SHAH, ABOGADO DEL ALTO TRIBUNAL, sepultado los papeles y los expedientes, y atascado las teclas de la máquina de escribir. Cuando Sonia era pequeña, Mina Foi le había enseñado, no sin cierto orgullo, que cuando escupía en el fregadero escupía polvo de camión de color beige.

Ba y Dadaji no habían llevado a Mina Foi a dar la vuelta al mundo porque para entonces ella ya había demostrado tener mala suerte, y cuando alguien nace con mala suerte, no hay nada que hacer. Treinta y tres años habían pasado desde que Dadaji había acogido de nuevo a su hija bajo su techo, después de sólo seis meses de matrimonio, en un silencio cargado de reproches, a pesar de que había sido él quien había mediado en el compromiso. Parecía que la culpa era de Mina Foi, simplemente por tener mala suerte.

«A Mina nunca le sale nada bien», anunció Ba, y fue como si su tragedia hubiera sido lavada, doblada y guardada en uno de esos baúles negros llenos de saris de ajuar y capas de lana apolilladas que duraban generaciones.

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Sin embargo, todos los años, el día de su cumpleaños, para hacer de él una ocasión especial, el conductor enjabonaba y lavaba el Ambassador con movimientos delicados y afectuosos, como si se tratara de un búfalo, y lo llevaba hasta el pórtico principal para que madre e hija fueran a visitar el patrimonio de Mina, las joyas ancestrales que guardaba en la caja de seguridad del Banco Estatal de Baroda. De camino, dejaban a Dadaji en casa del coronel, en Thornton Lane, para su cita de ajedrez semanal. Después de recordarles que volvieran a recogerlo en un par de horas, Dadaji, con blazer azul marino y corbata roja (siempre se arreglaba para salir de casa), se reunía con el coronel, que, también con americana y corbata, lo esperaba sentado en el jardín delantero con el tablero de ajedrez.

Mina Foi llevaba su nuevo sari de cumpleaños, de flores moradas. Su madre se había puesto uno estampado con ondas de color verde. Ambas se habían pasado del algodón al poliéster porque les parecía más resistente, glamuroso y fácil de cuidar. Mina Foi llevaba las habituales chappals hawaianas azules, que dejaban a la vista sus agrietadas plantas de los pies. Tenía una verruga en la nariz, una sombra de bigote y unas piernas suaves y velludas que se restregaba con deleite por debajo del sari cuando se sentía a gusto, o a veces en la cama, poco antes de que amaneciera, mientras dormía plácidamente agarrada a sus pechos. Cuando se cogía los pechos y se frotaba las piernas a esa hora temprana, lo hacía buscando un poco de dulzura y amabilidad.

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Mina Foi y su madre llegaron al banco y abandonaron la luz del día para bajar a un sótano con el aspecto de morgue, donde un guarda de seguridad con un bigote enroscado y un rifle de la pasada era de las armas de fuego custodiaba las cajas metálicas que escondían tesoros durmientes. Un empleado anotó la hora de su llegada y sostuvo la escalera tambaleante para que Mina Foi pudiera alcanzar la hilera superior, donde se encontraba la caja fuerte de la familia. Desde allí arriba fue sacando cajas de cartón descoloridas y bolsas de plástico, y al reparar en el peluquín teñido de henna que el empleado llevaba sujeto con horquillas, sintió una punzada de ternura ante su vanidad. En las cajas y las bolsas se leían nombres de establecimientos que llevaban mucho tiempo cerrados, nombres que provenían de una época de esplendor: Joyeros Gopaldas Chandraprakash e Hijos, Joyería Bhagatram Jainarain, Joyeros Haji Rafique, Joyas KG Sultania Calcuta Walla. Las gomas que cerraban las bolsas estaban descoloridas y quebradizas; con el calor del verano, se habían derretido y vuelto a endurecer, dejando incrustaciones en forma de gusano. El algodón que envolvía las joyas también se había oscurecido; el brillo de las gemas, sin embargo, se había intensificado con el paso del tiempo. Mina Foi y su madre admiraron las esmeraldas y los rubíes algo velados, el brillo lechoso, como de suero cuajado, de las perlas rugosas, que se mezclaban con festivas cuentas de vidrio y sencillos abalorios de estilo gujarati. Había diamantes kundun en grandes y aparatosos candelabros, parte de la dote que Ba había temido que los suegros de Mina Foi se quedaran tras el divorcio. Al ver que no lo hacían para dejar claro que ellos eran la rama inocente, Ba no experimentó la felicidad que cabía esperar, naturalmente, dadas las circunstancias, sino un retortijón en las entrañas. La caja de seguridad del Banco Estatal había sido esquilmada y, posteriormente, restituida. Ella se había visto agredida en su espíritu; ahora se sentía en calma. Pero, aun así, la acechaba un sentimiento más profundo de pérdida, heredado de su madre, quien no dejaba de lamentar el extravío de un precioso rubí birmano, del tamaño de un huevo de paloma, que de­sapareció cuando la familia se vio obligada a abandonar su negocio en Rangún y regresar a Nadiad. La pérdida del rubí y la ruina paterna repercutieron en la autoestima de Ba.

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La última vez que Sonia había visitado a sus abuelos en Allahabad, el verano anterior a su partida a la universidad en Estados Unidos, Ba y Mina Foi la habían llevado al banco a ver las joyas de la familia. Después de recitarle la historia del rubí de Birmania perdido, Ba añadió, como era su deber: «El conjunto más hermoso de todos será para ti, Sonia, cuando te cases.» Enmascaró el dolor que sintió al pronunciar esta frase con un semblante serio, como si hablara de una enfermedad, y se dio la vuelta por si Sonia aceptaba abiertamente: «Gracias, Ba.»

Mina Foi ayudó a Sonia a probarse una pulsera de perlas con un complicado cierre de esmeraldas, y no pudo evitar recordar —y eso era lo que aún la afligía— la esperanza atolondrada con que se la había puesto el día de su boda. Había sido tan inocente, y cuando su inocencia quedó destruida, se sintió tan avergonzada... De pronto se le ocurrió que quizá estaba haciendo recaer su mala suerte sobre Sonia.

—¡Quítatelo! —le ordenó.

Ba, incapaz de soportar su desaliento, intervino:

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—¡Vamos, ahora ponlo con cuidado en su sitio!

Pero el cierre no se abría, y Mina Foi tuvo que sacárselo a la fuerza arañándole la piel de la mano.

—En Estados Unidos no llevan joyas, sólo baratijas —dijo Ba.

Ahora, en el cincuenta y cinco cumpleaños de Mina Foi, Ba se aseguró de que no se probaran las joyas a la ligera, que sólo las admiraran y contaran para cerciorarse de que no faltaba ninguna. Se secó con el pañuelo el sudor del labio superior.

—¡Afortunadamente tú nunca has sido de las que se acicalan mucho!

¿Qué había querido decir? ¿Que su hija era afortunada porque de haberle gustado acicalarse le habría resultado insoportable no ha­ber tenido la ocasión de hacerlo nunca más desde su divorcio a los veintidós años? ¿O que era una suerte que se hubiera divorciado y que sus joyas de boda hubieran vuelto a la caja del banco?

Mina Foi sintió un odio insólito hacia su madre. Si su vida hubiera sido diferente, ella también habría sido distinta, y podría haber disfrutado sentándose ante el espejo del tocador, echándose perfume detrás de las orejas y poniéndose pendientes, collares, anillos y pulseras.

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—¿Y cómo voy a saber si soy de las que se acicalan o no?

Su madre, incapaz de responder a esa pregunta, no contestó, y las tres volvieron a la tarea de envolver las perlas, las esmeraldas, los rubíes, los diamantes y el oro con la sucia tela de algodón para luego guardarlos en sus cajas secretas, dentro de las rígidas bolsas de plástico que se estaban desintegrando. Tiraron las gomas rotas y agusanadas y le pidieron al encargado otras nuevas.

—No tengo —replicó él, malhumorado—. ¿Por qué no las han traído ustedes?

Luego abrió un cajón y les dio dos mirándolas indignado. Mina Foi cerró de nuevo la caja fuerte y le devolvió la esmirriada llave.

—¿Por qué no hacen una llave más resistente? —le preguntó.

Madre e hija emprendieron el ascenso al atardecer, inquietas al haber comprobado que esa excursión, lejos de reforzar y profundizar el vínculo existente entre ambas, que consideraban inquebrantable, les había mostrado que una joya sería capaz de destruirlo.

—¿Crees que Betsy y Brett vendrán a vernos con galletas de chocolate como el año pasado? —le preguntó Mina Foi.

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—No lo sé. Puede que no se acuerden.

—¿Deberíamos pasar por su casa?

—¿Pasar por su casa? Pero si no está de camino. —Betsy y Brett vivían en un barrio pobre de las afueras para poner de relieve su devoción misionera—. Y ya vamos tarde para recoger a papi.

A la hora en punto, Ba y Mina Foi se encontraron con Dadaji, que esperaba entre las petunias del coronel, abatido porque había perdido la partida, y regresaron a casa sintiendo el alivio de la puesta de sol inminente y anticipando la cena en la que culminarían sus deliberaciones matinales.

—Los galawati son un tipo de kebab muy sofisticado —recordó él—. Deben tener una textura muy suave.

—Khansama no utiliza huevo ni ningún tipo de aglutinante, y darles la vuelta es una tarea muy delicada —dijo Ba—. Pero sólo puedes comer algo tan contundente de vez en cuando o tendrás gota.

Supervisó a Khansama mientras daba delicadamente la vuelta a los kebabs y los contó para que no faltara ninguno antes de servirlos. Acercó la nariz a cada plato y olfateó con recelo para cerciorarse de que todo estaba en orden. Comprobó la despensa y el frigorífico para asegurarse de que los tarros y botes se habían vaciado en la proporción exacta. Las cucarachas que vivían en el cálido interior de la industriosa nevera no la molestaban; de hecho, el voltaje era tan bajo que ni las veía. Tampoco se dio cuenta de que encima de los frascos grasientos unas arañas patilargas habían muerto allí mismo enganchadas. Ni de que, en lo alto de la puerta, casi tan alta como la pared, una lagartija había quedado aplastada, y del marco colgaba aún el cuero deformado de su torso y su rostro vacío.

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Luego se dio un baño. En Allahabad solían hacerlo antes de la cena, para la que se reunían formalmente alrededor de la mesa en pijama, camisón y bata.

—¡Es de papi, es de papi! —gritó Ba cuando Mina Foi se disponía a coger el último trozo de patata.

Ba nunca se dirigía a su marido de forma directa e irrespetuosa, y rescató el bocado delicioso para dejárselo en el plato. El hecho de que cediera la patata a su marido guardaba relación con la pérdida del rubí de Birmania. Dadaji se la comió con cuchara y tenedor y la expresión contrariada de quien, como siempre, tiene que encargarse de resolver los problemas.

—A todo el mundo le gustan las patatas, menos a nuestra nuera Seher —comentó—. Es la única persona que conozco a la que no le gustan.

Mina Foi alargó un dedo para recoger un trozo de cebolla frita que había caído sobre el mantel y se lo llevó a la boca con cara distraída, sin mirar alrededor para comprobar si la había visto alguien, porque si nadie te ve hacer algo, no lo has hecho. Sentía una tristeza desbordante sin motivo aparente; esa melancolía que nace cuando comes manjares deliciosos, pero tu vida está vacía, cuando hay austeridad en todos los ámbitos excepto en la cena. ¿O había sido la llamada telefónica a Sonia lo que la había inquietado, al abrirla al gran mundo y revelarle que otras personas vivían en colinas nevadas y comían tarta de arándanos? ¿O estaba llena de congoja porque los misioneros se habían olvidado de su cumpleaños? Recordó que su sobrina tampoco se había acordado de felicitarla.

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En los pendientes de diamantes en forma de flor que Ba nunca se quitaba, ni siquiera para dormir, se reflejó la luz sombría del comedor mientras ella lamía el cucharón del dal con la eficiencia de un ama de casa.

Empezó a contar el número de kebabs que habían sobrado para asegurarse de que no desaparecía ninguno antes de que se sirvieran en otra comida.

—Pero es posible que Khansama no haya sacado todas las raciones —señaló Dadaji—. O incluso que no las haya cocinado.

La respuesta de Mina Foi fue leal.

—Mami sabe exactamente cuánto es un kilo de cordero. —No tenía sentido guardar rencor a la única persona que había intentado hacerle un regalo de cumpleaños.

Una vez lamidos los cuchillos y las cucharas, memorizado el tamaño de las sobras y retirados los platos de melamina, Dadaji levantó la mano.

En cuanto lo hizo, Ba volvió hacia arriba la palma de la suya, sorprendentemente pequeña, cuya palidez era signo de una casta superior, tal como se consideró cuando se concertó su matrimonio. Esa superioridad le había permitido celebrar una boda envidiable. Al verla, Mina Foi repitió el gesto con su gran mano morena, muy similar a la de su padre. Khansama apareció con una bandeja llena de frascos de píldoras y se los dio a Mina Foi, que contó las píldoras en la palma de la mano de Ba, y ésta a su vez se las pasó una a una a su marido, que accedió a llevarse su propio vaso de agua a los labios. Vitaminas, enzima de papaya, aceite de hígado de bacalao, Dabur Chyawanprash.

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—Se ha borrado la fecha de caducidad de las cápsulas de ajo Siete Mares —dijo Mina Foi escrutando uno de los frascos.

—Tómatelas tú entonces —le ordenó Dadaji a Khansama—. No las desperdicies. Dáselas a tus hijos. Estarán en perfecto estado otro par de años.

Mina Foi se fijó en que en el periódico amarillento que cubría la bandeja se leía: «Hallan en zona tribal a niño criado por lobos.»

Una vez atendidos todos los asuntos prácticos, Dadaji exclamó:

—¡Miradme!

Lo miraron.

—Mientras estábamos jugando al ajedrez, el coronel ha mencionado al nieto que tiene en Estados Unidos, del que me había olvidado por completo. Como ya ha terminado el máster, le he preguntado si estaba casado, y me ha respondido que no. Le he preguntado que a qué estaba esperando. Me han dicho que tenía sus propias ideas y que de poco le habían servido. Luego la mujer del coronel me ha comentado que siempre le llega un olor delicioso cuando pasa por delante de nuestra casa. Me ha dicho: «Pensé que, si no nos mandan ningún kebab, debe de ser por alguna razón. Al menos dennos la receta. Llevo años suplicándosela.»

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—¿Por qué íbamos a revelarle los secretos de nuestra cocina así sin más? —le preguntó Ba.

Por otro lado, ¿por qué la mujer del coronel había hecho semejante petición cuando todo el mundo sabe que uno siempre se calla algo al compartir una receta? Siempre hay que eliminar un ingrediente o alterar una cantidad para que el destinatario exclame agobiado: «¡No me queda igual!»

—Llevémosle mañana los galawati que nos han sobrado —propuso Dadaji.

—Pero ¿por qué? —replicó Mina Foi—. Podríamos comérnoslos al mediodía.

—Si Sonia se siente sola, el problema tiene fácil solución. Presentémosle a su nieto.

Dadaji, Ba y Mina Foi recordaron en privado un incidente ocurrido hacía una década y que nadie había olvidado, cuando el coronel había animado a Dadaji a invertir en una fábrica de lana que había fundado un colega del ejército con el que había luchado en Cachemira y al que creía deberle la vida. El negocio fracasó y la considerable inversión en mantas, calcetines, pasamontañas y jerséis militares había supuesto una sustancial pérdida económica para Dadaji, quien, claro está, se había enfadado tanto como el coronel se había disculpado. Aunque aquel asunto había introducido una nueva corriente de arrepentimiento y falsedad en su antigua relación de vecindad, Dadaji siguió brindando asesoramiento jurídico gratuito al coronel en su causa judicial para reclamar una indemnización por las tierras que su familia había perdido en Lahore durante la Partición. También continuaron enviándoles kebabs y otros platos de su cocina con la generosidad de siempre, y mantuvieron las partidas de ajedrez, que con tanta elegancia solía perder Dadaji. De ahí que éste hubiera estado inconscientemente esperando el momento de poder cobrar la deuda.

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Era esencial permanecer cerca de quienes te habían perjudicado, para que el fantasma de la culpa respirara a través de sus sueños y madurara poco a poco hasta alcanzar su máximo potencial. No era que Dadaji lo hubiera pensado con detenimiento; planear o hacer cálculos nunca funcionaba, y él mismo quedó asombrado por las posibilidades que se desplegaban ante él. De nada serviría mencionar ese lastre ahora. El coronel no permitiría que su nieto cargara con el error que había cometido su abuelo. Dadaji y Ba podrían limitarse a sugerir una unión deseable entre los nietos, dos individuos educados en Estados Unidos, dos iguales, dos personas que estaban destinadas a estar juntas por el lugar de origen y el de destino. Sin que ninguno de los dos lo mencionara, la deuda podría saldarse de forma satisfactoria.

Ba y Mina Foi fueron testigos una vez más de la genialidad de Dadaji. Puede que hubiera perdido al ajedrez aquella tarde, pero ha­bía jugado una partida perfecta.

—¡Y no tendrán la desfachatez de pedir una dote! —exclamó Ba.

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De nuevo el chófer enjabonó y lavó las rotundas formas del Ambassador y condujo a la familia a la residencia del coronel. Llevaban una fuente de plata ceremonial con kebabs.

—Hace poco tuvimos noticias de nuestra nieta —comentó Dadaji—. Parece que la soledad es un gran problema en ese país.

Mina Foi se fijó en que, en la mesa auxiliar de marquetería con incrustaciones de marfil, junto al arreglo floral de ikebana de la esposa del coronel, había una fotografía de su nieto. Altivo, con nariz de nabab pero labios de querubín, leía un periódico. A ella le pareció guapo.

—¿Sola? ¿Sola? —preguntó la mujer del coronel.

—Sin gente no somos nada —dijo Mina Foi—. Sobre todo, en invierno. Allí nieva sin parar.

Betsy y Brett le habían prestado La casa de la pradera, y se había convertido en su libro favorito. Debía de haberlo leído cien veces, aunque sus padres consideraban que las novelas eran un lujo tan inútil como las llamadas telefónicas a los misioneros.

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.

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Por Kiran Desai * / Especial para El Espectador

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