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John Sellars: “El estoicismo ofrece un marco para aprender a vivir una buena vida”

El académico británico participó en esta edición de la FILBo con libros que buscan acercar a las personas a algunas de las ideas clave de la filosofía antigua. En el marco de nuestro especial “¿De qué hablamos cuando hablamos de leer?”, el autor habló sobre cómo la lectura filosófica puede ser una herramienta para enfrentar los problemas del mundo contemporáneo.

Santiago Gómez Cubillos

04 de mayo de 2026 - 07:00 a. m.
Sellars es miembro del Wolfson College de Oxford y profesor de filosofía en el Royal Holloway (Universidad de Londres).
Foto: John Cairns
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Existe la idea de que la filosofía es un área reservada únicamente a hombres blancos con barba que se sientan, con la mano bien plantada en el mentón, a pensar si la mesa que tienen en frente está realmente allí. Sin embargo, en la Antigua Grecia, se trataba de una disciplina mucho más práctica. Su preocupación por el mundo y las verdades que ocultaba no eran un vano ejercicio de pensamiento, sino una búsqueda constante sobre cómo vivir mejor. Para ellos, si los médicos se encargaban de la salud del cuerpo, los filósofos debían hacerse cargo de la salud del alma.

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Esta fue la concepción que adoptaron las escuelas helenísticas, aquellas de las que se ocupó John Sellars, filósofo, escritor y reconocido académico del Reino Unido, en su libro “Filosofía helenística” (Planeta, 2018) y que este año quiso llevar al mundo de los negocios con su último libro “El líder estoico” (Conecta, 2025). A su modo de ver, las ideas de pensadores como Marco Aurelio, Séneca, Epicuro y tantos otros de esta época, aún tienen mucho que aportar a la manera en cómo llevamos adelante nuestra vida. El autor habló para EL ESPECTADOR en el marco de esta edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), que culmina hoy.

Para usted, ¿de qué hablamos cuando hablamos de leer filosofía?

Creo que leemos, en general, porque queremos obtener una perspectiva diferente del mundo, una visión distinta de cómo podríamos operar en él y una forma diferente de pensar sobre las cosas. Y en particular, creo que leer filosofía —sobre todo filosofía antigua— es muy útil debido a la distancia temporal, porque permite tener una perspectiva muy diferente sobre la condición humana a la que la mayoría de la gente tiene hoy. Creo que esa es la clave.

Y, aun así, leer filosofía antigua también es darnos cuenta de que estamos lidiando con muchos de los problemas que ya teníamos como humanidad hace miles de años.

De acuerdo. La naturaleza humana no ha cambiado en los últimos 2000 años; seguimos lidiando con enfermedades, desesperación, amor, preocupaciones por el dinero y, a veces, situaciones políticamente difíciles. En esencia, nada ha cambiado. Hay algunas cosas que son únicas del mundo moderno, pero no son tantas ni tan diferentes como la gente suele pensar. Si uno lee la literatura —en particular la de la antigua Roma, quizá no tanto la de Grecia, que es un poco más temprana—, encuentra a personas describiendo exactamente los mismos problemas y desafíos que enfrentamos hoy. Personas demasiado ambiciosas, gente que pasa su vida trabajando y nunca se retira para disfrutarla; personas obsesionadas con el dinero hasta el punto de que les causa más problemas que beneficios; personas que se sienten desgraciadas. Todos esos temas siguen ahí: nada ha cambiado.

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Una de las respuestas que se ofrece para lidiar con todo esto es el estoicismo como filosofía de vida, que pregona, entre otras cosas, una vida en la que se suelte aquello que no se puede controlar y que todo lo que hagamos debe estar encaminado a la tranquilidad del alma. ¿Por qué cree que la gente se ha inclinado a aprender más sobre esta rama?

Es difícil saber por qué se ha vuelto tan popular últimamente, puede haber muchas razones, pero parece que la gente está buscando algo: algún tipo de guía o significado en sus vidas. ¿Qué es lo correcto? ¿Cómo se deberían priorizar las cosas? La religión ofrece algunas respuestas, pero cuando eso no está queda un vacío. En ese sentido, el estoicismo ofrece una forma de pensar sobre los valores que pueden ayudar a estructurar la vida, pero lo hace sin ser dogmático. Es una filosofía que no dice “debes escuchar esto porque tenemos todas las respuestas”, sino que propone ideas, explica por qué considera que son válidas y deja que cada persona piense por sí misma y decida qué puede serle útil hoy.

¿En qué punto de su vida encontró usted esta filosofía? Y, ¿la vio como una oportunidad de examinar su propia vida o solo una corriente más de la que debía aprender?

Encontré estas ideas a una edad temprana, al comienzo de mi vida adulta, más o menos cuando entré a la universidad. Desde el principio, supongo que estaba buscando algo, una forma diferente de pensar sobre el mundo. No lo veía en términos de autoayuda, pero sí sentía que vivía en una cultura un poco superficial y que necesitaba algo más profundo. Como no tenía un trasfondo religioso fuerte, la filosofía me ofreció una manera de pensar con mayor profundidad sobre las cosas. El primer texto estoico que leí fue de Marco Aurelio, probablemente cuando tenía unos 20 años. En ese momento estaba estudiando filosofía en la universidad, lo que me dio un contexto muy adecuado para profundizar en esas ideas.

Hay un estereotipo de que los filósofos solo son gente que se sienta a pensar en temas inútiles todo el día. ¿Por qué cree que hubo ese cambio después de que en la antigüedad los consideraran “médicos para el alma”?

Esa es una pregunta muy interesante. Por ejemplo, en el caso de Aristóteles, se habla de la vida teórica como una vida de contemplación, dedicada a pensar. Ese ideal influyó durante siglos y, en parte, es lo que ha construido esa imagen del filósofo como alguien desconectado, dedicado únicamente a la reflexión. Pero, los estoicos nunca adoptaron ese modelo. Siempre defendieron que las personas debían estar activamente involucradas en la política y en sus comunidades. Por eso, esta filosofía tuvo tanta resonancia en Roma. De hecho, dos figuras clave como Cicerón y Séneca estuvieron profundamente implicadas en la vida política. Su visión del estoicismo era que ofrecía un marco para enfrentar problemas reales, no que fuera solo un ejercicio de pensamiento aislado en el estudio.

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¿Cree entonces que todos deberían animarse a leer filosofía independientemente de que no sea su campo principal de estudio?

Bueno, si la filosofía trata de aprender a vivir una buena vida, entonces es relevante para absolutamente todos. Todos están, de una u otra forma, intentando aprender a vivir lo mejor posible. En ese sentido, el estoicismo ofrece un marco para ayudar a navegar ese problema. Y si todos ya estamos enfrentándolo, entonces sí: puede ser útil para cualquiera.

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Su último libro “El líder estoico” se enfoca en cómo esta filosofía puede ayudar a formar líderes (empresariales, gubernamentales, etc.). ¿Por qué cree que se trata de una corriente que puede ser útil para personas con poder?

Escribí el libro con un buen amigo mío, Justin Stead, que es CEO y ha dirigido varias empresas. Él está muy interesado en el estoicismo y era muy consciente de cómo estas ideas le habían ayudado en su propia carrera. En ese sentido, él fue una fuerza impulsora del proyecto: decía que el estoicismo podía ayudar realmente a mucha gente. Y la razón por la que quisimos enfocarnos en los líderes es que suelen ser quienes determinan la cultura dentro de una empresa u organización. Si ellos cambian su mentalidad y la forma en que hacen las cosas, eso puede tener un efecto enorme en los demás y beneficiar a muchas más personas. No se trata solo de impactar a un individuo, sino a un grupo mucho más amplio.

¿Cuáles cree que son los desafíos que enfrentan las personas actualmente que evitan que puedan adoptar esta filosofía de vida?

Creo que, para aplicar una mentalidad estoica, es fundamental aprender a crear un espacio entre la información que recibimos del mundo exterior y los juicios o decisiones que tomamos en respuesta a ella.

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En nuestra cultura contemporánea, que es muy rápida y exige respuestas inmediatas, casi no dejamos lugar para la reflexión. Recibes una notificación en el teléfono y respondes enseguida; alguien dice algo en redes sociales que no te gusta y reaccionas de inmediato, muchas veces con angustia. Somos muy rápidos y reactivos, y la tecnología acelera aún más ese proceso.

Ahí está el reto: cómo salir de esa dinámica y decir “recibí esta información, pero no voy a responder inmediatamente”. Se trata de detenerse y tomarse un tiempo para pensar cómo eso se alinea con nuestros valores y cuál es el juicio correcto. Así, la respuesta se vuelve una elección calmada y reflexiva, en lugar de una reacción emocional inmediata.

Por Santiago Gómez Cubillos

Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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