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Filosofía y academia: la urgente necesidad de una renovación educativa (Sobrepensadores)

Como bien lo decía Bertrand Russell, en el mundo hoy (y era válido tanto para el suyo hace 80 años como para el nuestro), la educación debe ofrecer algo más que una oportunidad de crecimiento personal.

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Roberto Palacio
11 de abril de 2026 - 12:00 a. m.
"La escuela de Atenas", de Rafael Sanzio, tomó como tema central la filosofía clásica, que fue un elemento clave en los nuevos currículos humanistas que se impulsaron durante El Renacimiento.
"La escuela de Atenas", de Rafael Sanzio, tomó como tema central la filosofía clásica, que fue un elemento clave en los nuevos currículos humanistas que se impulsaron durante El Renacimiento.
Foto: Rafael Sanzio
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Para mi amigo José Luis González, un maestro que ha enseñado existiendo.

Es difícil poner una fecha exacta al proceso, pero el impulso más importante para lo que los griegos llamaron Paideia vino al tiempo de la consolidación de las primeras Ciudades-Estado, alrededor del siglo VI a. C. El concepto de Paideia no es fácil de definir porque no tenemos nada similar. Implicaba una formación integral del individuo, bajo la cual se le educaba en preceptos que iban desde mandamientos que se debían obedecer ciegamente, tal como no robar del erario público, pasando por normas de conducta adquiridas a través de generaciones, como las que nos recuerdan sobre la prudencia en la acción, hasta la inculcación de lo que los griegos llamaron tecné, la transmisión de conocimientos y habilidades para saber hacer algo. Esto no quiere decir que el fin de la educación fuese la utilidad. Sabían muy bien los antiguos que sin que se ofrezca al espíritu un ideal, la educación corre el riesgo de convertirse en una serie de preceptos vacíos que no se conectan con la realidad y que no ofrecen ningún atractivo. El verdadero maestro enseña existiendo como bien decía George Steiner. Lo fundamental en esa educación era un concepto de belleza, que no ha de ser entendido en el sentido limitado de un curso de apreciación artística. Lo bello se refería también al cultivo de una excelencia particular.

Como ahora, los griegos sabían que “empujar” a los niños (pai, de donde viene Paideia, significa “niño”) a semejante búsqueda demandaba un esfuerzo constante. Por ello, en algún momento, yo diría que en tiempos del Pericles, la Paideia se volvió el fin entero de la sociedad. Nada más importante podía haber que ese propósito: educar. No se podía formar al ciudadano sin una imagen de lo que se quería ser. Para ello, se demandaba auscultar algo que no era público: el yo interior. Todos hemos escuchado el “conócete a ti mismo”. Ahora podremos agregar que no se trataba de un ejercicio egocéntrico o budista, sino en últimas de una ambición de construcción de lo público. Si un chico no puede examinarse a sí mismo, toda lealtad al Estado sería un acto de fuerza, un rasgo que los griegos veían en las tiranías imperiales que aborrecían, como la de los persas.

Contrástese esta riqueza de pensamiento con las vociferaciones barbáricas de personas como María Fernanda Cabal que gritan a viva voz “¡La Salud y la Educación no son fines del Estado!”. Más allá de la simplificación desmedida, lo que se sigue es el absurdo de que los fines del Estado son la política, por la cual se entiende construir las formas de llegar a dominar el Estado. Pero la política es un resultado, no un fin electorero ni esta absurda máquina autoreferencial.

Por siglos olvidamos estos preceptos. Si bien la Edad Media cultivó selectivamente la educación, no la convirtió en un proyecto de toda la sociedad. Al fiel se le incitaba a la devoción ciega; al clero se le daba educación a menudo en demasía. Esta tensión entre ignorancia desmedida vs. educación en exceso para una élite académica la hemos vuelto a revivir hoy bajo el modelo de la educación contemporánea como un negocio que se cotiza en las bolsas de valores y a la que accede sólo una minoría.

Fueron los Ilustrados los que retomaron 2.300 años después de los griegos los viejos ideales de una educación con miras a la formación del ciudadano. Se convenía en esta idea de fondo de que la sociedad como un todo debía estar centrada en la Paideia, pero ahora, la ciudad misma debía ser educadora. Ella era un instrumento poderoso no solo capaz de contener y suplir nuestras vidas, sino un aparato de subjetivación, de introyección de valores no por medio de la fuerza, sino de un poder superior, la convicción propia.

Es por ello que en el pensamiento de Rousseau el tema de la mirada es crucial. Debemos construir entornos en donde el robo del dinero público –demos por caso- sea visto de tal forma que sea insostenible. Se trata de un ostracismo ya no físico sino moral. Parte de esta educación, lo sabía bien Rousseau, tenía que ver con inculcar la vergüenza que debe producir la indecencia. El “descarado” es el que no puede dar la cara por sus acciones; las fuerzas sociales subjetivadoras no actúan sobre él. Pero al mismo tiempo, sabía bien el autor del Emilio, esa novela desmedida sobre la educación, que esa no podía ser el único capítulo de la educación. Si sólo se nos educase en la vergüenza, terminaríamos con individuos temerosos y al tiempo despóticos que confundirían la mentira con la privacidad, el robo con la competencia, la astucia con la inteligencia. Eso ha sido en gran medida lo que ha producido el sistema educativo en Colombia en los años 50 y 60. Se debía poder educar también en la desobediencia, en aquello que nos concernía más íntimamente, lo que Kant llamó uso privado de la razón.

Al igual que en tiempos de la Paideia, la educación ilustrada no se reducía a un fin práctico. Era en realidad una educación para la libertad porque se educaba de cara a la posibilidad de lo que se pudiera ser dentro del marco de unos derechos: los del ciudadano. Debemos construir un hombre “abstracto”, decía Rousseau, queriendo con ello decir que el fin de la educación era forjar un hombre universal, tomase el rol que tomase y estuviese en la circunstancia en que estuviese.

Hoy lo que tenemos son una serie de conocimientos con los que el que aprende no sabe qué hacer. ¿De qué le servirá al estudiante saber que el vidrio es en realidad un fluido o que alguna vez entre dos enormes ríos floreció una civilización? Hemos optado más bien por una “educación emocional”, un nuevo campo de “competencias”, con las cuales muchos centros educativos se han vuelto muy redituables. El Instituto Merani, paso silenciosamente de ser un centro para “superdotados intelectuales” a uno para “superdotados emocionales”. El dinero de los padres que ven a sus hijos como ambas cosas llega de una forma o de otra bajo el motor del gasto desmedido con los niños que facilita la culpa de no haberle explotado todo su potencial… como hicieron conmigo.

Pero el problema va por otros caminos. Como bien lo decía Bertrand Russell, en el mundo hoy (y era válido tanto para el suyo hace 80 años como para el nuestro), la educación debe ofrecer algo más que una oportunidad de crecimiento personal. Debemos poder descifrar en alguna medida “las leyes del laberinto” y la complejidad de lo que nos rodea. Sin embargo, no sabemos muy bien cómo educar en ello. Se nos ha olvidado para qué es la educación, cómo se articulan sus partes: ¿por qué, por ejemplo, insistimos tanto en las matemáticas frente a otros saberes? Por un lado le exigimos al que aprende que tenga una serie de datos con los que nada podrá hacer porque el mundo en el que se desempeña ningún descubrimiento que no implique un acelerador de partículas parece posible, pero por otro lado le exigimos a ese individuo a través de la noción de “educación por competencias” –esa aborrecible noción de “conocimiento en contexto”- que sepa poner su comprensión al servicio de un fin laboral, como si el saber que no se aplica no tuviera sentido. En poco, no sabemos qué hacer con nuestro saber.

Todo es una cuestión de enfoque. Hace unas décadas Amartya Sen y Martha Nussbaum forjaron el concepto de “capacidad”. Cuando se educa por capacidades nos centramos no en lo que creemos que el individuo hará, sino en todo lo que puede ser. Se trata de una educación más cercana a la Paideia de los antiguos y los Ilustrados dada su amplitud. Haríamos mucho más dándole al estudiante lo que la filósofa Mary Midgley llama “mapas del pensamiento humano”, derroteros conceptuales que le ayuden a entender no los datos sin sentido sino la forma en que él encaja en la sociedad y en la historia de su especie, lo que en Colombia Estanislao Zuleta llamaba una “educación filosófica”. Bajo esta educación y la noción de capacidad, el dato no es algo suelto sino algo que tiene sentido de cara a su propia vida como posibilidad. Si fuera posible ver la educación no como una “capacitación” centrada en lo que tenemos que hacer para un mercado laboral sino en lo que podremos ser en el sentido amplio, como ciudadanos y seres universales, habríamos dado un paso enorme en la implementación de una nueva Paideia y en la construcción del ciudadano.

Por Roberto Palacio

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