Fiódor Dostoyevski tuvo la revelación de su tiempo y de los venideros luego de su exilio por haber sido portador de propaganda subversiva en la antigua Rusia. Desde el nihilismo como una corriente que puso en duda todos los preceptos éticos y políticos, el autor de Crimen y castigo develó cómo el ser humano podía aniquilar a los otros en defensa de una idea propia.
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Aunque a lo largo de su obra literaria se encuentran vestigios de un totalitarismo que no había sido nombrado hasta ahora, pero que ya se había visto en otras épocas de la historia, es quizá en Crimen y castigo donde más se puede acercar a ese susurro que hizo Dostoyevski sobre el triunfo del pensamiento y el estado totalitario que gobernaría un siglo después.
Sin embargo, como lo dijimos al principio, lo que llevó a Dostoyevski a señalar el rompimiento con una moral tradicional y al asentamiento del nihilismo, fue su experiencia del exilio. Y así lo hizo ver en los diarios donde cuenta cómo escribió Crimen y castigo: “El sentimiento de ser extraño, de estar divorciado de toda la Humanidad, que experimenta a raíz de cometer su crimen, lo tortura de manera indecible. Triunfan la ley de la Naturaleza, la ley de los hombres... Y el criminal decide sufrir todos los martirios con tal de expiar su culpa”.
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“Triunfan la ley de la Naturaleza, la ley de los hombres”. Una frase que nos acerca al distanciamiento de Dostoyevski con la idea de Dios, que invita a repensar entonces la idea de la libertad y que justamente nos lleva a la famosa cita que dice que “Si dios no existe, todo está permitido”, mencionada en Los hermanos Karamazov. Una sentencia que por su fuerza abruma al pensar que todo puede suceder bajo el abandono de un ser superior que puede castigar, que condena las manifestaciones del mal.
El mal, otro tema que ocupó a Dostoyevski, y que nos regresa a Crimen y castigo, al asesinato de Aliona Ivánovna por parte de Raskolnikov. Lida Villa, profesora de filosofía, escribió en el artículo Sobrepasando los límites: una lectura de la racionalidad del daño, publicado en la edición número 81 de la Revista de Filosofía de la Universidad de Zulia (2015), que “Para Raskolnikov, este bien implica de alguna manera la eliminación de una persona que se aprovechaba de la pobreza, y que en función de la misma engañaba y atropellaba al prójimo. Este asesinato busca la “eliminación del mal”, pero ante todo tomarse la justicia en sus propias manos. Este pensamiento pone a Raskolnikov en un estado de agitación interior, pues en medio de sus monólogos silenciosos se convence de que este crimen está justificado y que es además un acto ético. (...) Matar es la solución para salir no solo de sus problemas, sino de salvar a la humanidad. Esta idea lo enloquece, le produce asco y fascinación, lo estremece pero también lo robustece. Dentro de sus razonamientos no existe el mínimo vestigio de duda en el acto a realizar. Por el contrario, asesinar, dañar al otro se justifica en sí mismo en el sentido de querer donarle al mundo un futuro mejor. Este pensamiento elimina cualquier consideración de culpa, pues ella no hace parte del modus vivendi de la consciencia de Raskolnikov”.
Del desprendimiento de la culpa, de una ética que haya sus fundamentos en la religión, el novelista ruso personifica ese instante en que el ser humano justifica el asesinato o la violencia hacia el otro como un acto necesario para defender su idea de bien, escenario que se vio en repetidas ocasiones un siglo después con los totalitarismos en Europa. Y ese descubrimiento, naciente de la obsesión de Dostoyevski por la confrontación del hombre con la idea de Dios, no solo abre la ventana para comprender cómo la idea del mal se convierte en un tema político, sino también abre el espectro para que el realismo ruso se reafirme en el contexto literario del siglo XIX y el nihilismo se muestre como una corriente de pensamiento que siguió poco tiempo después Friedrich Nietzsche y que terminó de reafirmar “la muerte de Dios” en una sociedad que por siglos había estado bajo los mandatos del cristianismo y el catolicismo.