Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.

Fragmento del libro “Relatos del conflicto” (Extractos literarios)

El periodista Orlando Supelano González, el mismo del podcast Relatos de Supe, en Spotify, presenta “El camino no es rendirse”, libro que narra las historias de superación de los soldados heridos en combate, para quienes la vida cambió a raíz de las discapacidades que adquirieron. El Espectador reproduce un fragmento del capítulo dedicado al soldado John Jairo Vanegas Triana. Libro disponible en www.autoreseditores.com

Orlando Supelano González

13 de diciembre de 2022 - 08:31 p. m.
Portada del libro "El camino no es rendirse".
Foto: Archivo particular
PUBLICIDAD

Soldado voluntario Batallón Cazadores 36 III compañía, Base de Larandia (Caquetá).

A veces digo que mi vida es un milagro. Cuando tenía año y medio mi mamá intentó suicidarse y a su vez asesinarnos a mi hermanito, tres años mayor que yo, y a mí. Nos dio un veneno y luego ella lo ingirió ¿por qué? Vivía furiosa con mi padre porque era muy mujeriego. Él trabajaba en una ciudad de hierro. Alguien que no tengo claro quién fue, se dio cuenta de lo que pasaba y nos llevó de urgencia a un centro de asistencial.

Lograron salvarnos a los tres, pero mi mamá perdió muchas neuronas por el elemento tóxico y a partir de ese día se convirtió en una enferma mental. El mejor recuerdo que tengo de mi padre es en un parque en Piedecuesta (Santander), sentado en sus piernas chupándome un helado y mi hermanito al lado haciendo lo mismo. Seis meses después papá fue asesinado por el esposo de una de sus amantes. La vida se nos complicó bastante.

Le sugerimos leer: Escribir sobre la capital, una propuesta de “Bogotá en 100 palabras”

Mi mamá jamás pudo recuperarse de su enfermedad mental. De hecho, esta es la razón por la que jamás tuvimos la posibilidad de conversar con ella sobre esos momentos confusos que la llevaron a tomar la decisión que por porco nos cuesta la vida. Jamás le guardamos rencor por lo que pasó.

Nuestras vidas tomaron un giro muy complicado. La familia de mi madre nos trajo a Bogotá, mi mamá quedó con una de mis tías, mi hermanito fue llevado para La Vega (Cundinamarca) donde unos conocidos, y yo terminé en Pacho (también en Cundinamarca) con mi abuela, Delfina Camelo de quien conservo los mejores recuerdos. Allá en Pacho tenía que ayudar recogiendo café, naranjas y desarrollando actividades de campo, con mi abuelo y mis primos, puedo decir que trabajo desde que tenía ocho años, allí no pude estudiar sino hasta cuarto de primaria.

Mi abuela, tan bonita siempre, era muy estricta con mis primos y conmigo. Ellos se fueron a buscar oportunidades a Bogotá. Quedé solo en la finca con mis abuelos. Un día ella me mandó por unos huevos para ponerle en el nido a una gallina, los que teníamos no servían para sacar pollitos ¿La razón? No había gallo. Yo debía comprarlos en una finca donde sí eran buenos para este fin, allí los gallos pisaban a las gallinas. Me dio pereza ir tan lejos y los compré en una tienda donde no servían. Para colmo me encontré con un amigo y nos pusimos a jugar futbol todo el día. Para resumir al enterarse mi abuela de mi mal proceder enfureció tanto que me figuraba una señora paliza, porque, dicho sea de paso, era una persona muy estricta. Mi temor y mi sentimiento de culpa fueron tan enormes que decidí escapar, tenía once años.

Read more!

Un primo me dijo que había una oportunidad en Chía (Cundinamarca) ayudándole a un pequeño propietario de una finca a ordeñar vacas y a hacer todas las tareas del campo. Allí duré apenas un mes. El señor de la casa llegaba borracho a molestar a la señora y el ambiente era terrible, de allí también me fui.

Encontré un amigo con el que jugaba microfútbol, hicimos buena amistad y me invitó a vivir en su casa. Fui sin saber lo que venía para mí a partir de ese momento. En esta casa vivían él, sus dos hermanas y sus padres.

Read more!

Ilustración 1: John Vanegas en la época en que sobrevivió a la intoxicación. Meses más tarde fue asesinado su padre.

No ad for you

Ellos eran una familia completa, papá, mamá y los tres hijos, lo que pasa es que el dominio pleno lo tenía la señora, muy drástica con todos, durísima conmigo. Si bien me ayudó, también me hizo mucho daño. El señor y sus hijos hacían lo que ella dijera, de ellos jamás recibí maltrato, pero de la señora sí.

Podía vivir con ellos, me dijo, pero tenía que aportar cada quince días para el mercado. En consecuencia, no pude estudiar, debía madrugar a los cultivos de flores a ofrecer mi trabajo y a que me pagaran lo que quisieran, para reunir el dinero que debía entregarle a la señora.

Cuando cumplí trece años para que yo trabajara, la señora falsificó unos papeles y me hizo pasar por su hijo. Logró que una empresa me contratará. Allí me llamaban César, el nombre del hijo de ella. Del sueldo que ganaba solo disponía de un 5%, el resto lo cogía ella para el mercado.

Trabajé así hasta los 14 años. Cada quince días desde que empecé a vivir con ellos tenía que aportar el dinero que conseguía, la oportunidad que me dieron de vivir allí, me tocó pagarla con trabajo. Tuve una tía que me amenazaba con que me iba a entregar a Bienestar Familiar. Yo no podía ni ir a buscar mi registro civil a Pacho porque me daba miedo.

No ad for you

La señora, por otro interés económico decide darme los apellidos, por eso desde entonces me llamo John Jairo Vanegas Triana, porque mi verdadero nombre era John Adolfo Martínez Camelo. Dijo que yo era un hijo de ella y que necesitaba trabajar. De esta forma yo podía ir ante la alcaldía municipal de Chía y solicitar un permiso para trabajar ya que era menor de edad.

Ella ya tenía hablado con una empresa dónde por fin iba a ganar el salario mínimo, pero igual de eso solo me quedaba el 5%, porque el resto me lo quitaba.

Allí con ellos vivía en una permanente discriminación. Recuerdo que la señora me preparaba todos los días una sopa de pasta con cabezas de pollo, que me la entregaba en un recipiente de plástico de los de la manteca. Ellos sí comían seco, yo todos los días con esa aburrida sopa, que siempre estaba fría.

A veces me escondía en el trabajo porque me daba pena que me preguntaran por qué comía lo mismo siempre, no sé cómo pude soportar tanto esta situación. Si llegaba a la casa a las 8 de la noche y ya habían cerrado la puerta, no podía entrar, a pesar de que tocara, no me abrían. Por eso pasé muchas noches en la caneca del perro compartiendo el costal sobre el que el animalito dormía.

No ad for you

Podría interesarle leer: Historia de la literatura: “De ratones y hombres”

Cuando cumplí los 18 años estaba tan aburrido que vi la oportunidad de cambiar la vida y me fui para el ejército a prestar mi servicio militar. Llegué al batallón Mecanizado Número 10 Tequendama (Bogotá), en calidad de soldado raso porque no tenía sino hasta cuarto de primaria.

Pese a que en el ejército el trato es fuerte, pera mí era un oasis porque finalizaron todas las inequidades que padecí.

Ilustración 2: Prestar su servicio militar le permitió nuevas oportunidades que jamás había tenido en la vida.

Tenía garantizado que lo que comían todos era lo mismo que me servían a mí, por fin disfruté de platos de seco y de porciones de carne iguales, antes creía que no era digno y sentí que recuperé la dignidad como ser humano.

En el ejército todo depende del comportamiento, si uno se porta bien, la vida no es una maravilla, pero el trato es bueno. Yo me porté bien y llegué a ser dragoneante, tenía algo de mando y ayudaba a hacer formar a los que ingresaban seis meses después de mí, era como el auxiliar del cabo.

No ad for you

Había que formarlos y estar pendiente del aseo de las botas y detalles así. Económicamente el sueldo era bueno, un soldado ganaba 29 mil pesos y un dragoneante 45 mil. Para mí era una bendición porque no tenía de quién recibir recursos.

Terminé mi servicio militar y me convertí en soldado voluntario, equivalente hoy a un soldado profesional, mi sueldo era de $360000 pesos, para mí era asombroso, nunca había visto tanta plata junta que me llegara. Recuerdo la primera vez que me pagaron, como a los tres meses porque tocaba hacer un reentrenamiento en la base militar de Larandia (Caquetá), y me llegó más de un millón de pesos, era como si hoy me dieran unos $3500000 pesos.

Para mí eso era muy emotivo, recuerdo que podía comprar desodorante de marca, los que usé siempre fueron los de sobres más baratos en las tiendas, que tenía que hacer aguantar lo máximo. Me pude comprar una máquina de afeitar fina de esas en que uno conserva el mango y puede cambiar las cuchillas. Igualmente, adquirí un walkman en el que escuchaba noticias y música.

No ad for you

Recuerdo que otra cosa que compré fue una cámara fotográfica. Todo esto me permitía distraer la mente en los momentos de ocio. Para mí fue algo espectacular. Pude comprar zapatos, esto era increíble, porque cuando era niño un par debía durarme mínimo un año.

Cuando salía libre me dirigía a Chía donde la señora que me dio su apellido allí estaba mi ropa por eso no tenía oportunidad, debía ir a allá.

Si bien ella fue muy dura conmigo sus hijos siempre me trataron bien siempre y con ellos hice muy buena amistad. Lo primero que hacía era entregarle $200000 a la jefe del hogar. Así ya me podía quedar tranquilo.

En julio del año 2000 nos dijeron de una operación de gran impacto que debíamos desarrollar. Recuerdo que ese día había lavado las cobijas y acababa de pescar, me encantaba hacerlo con toldillo.

Los pescados que frité se los compartí a varios compañeros que eran mis amigos, los nombres de ellos no los sé, en el ejército uno conoce la gente por apellidos o por apodos, recuerdo algunos: Porreoso que era José Zubieta, mi

No ad for you

Ilustración 3: Con sus compañeros como soldado voluntario. John es el primero de derecha a izquierda.

lanza. Otro que le decíamos la Guala. A mí me decían Flaco, yo era muy delgado en esa época. También me decían el Rolo porque cuando cocinaba les preparaba arroz y agua de panela porque no me gustaba el tinto. Cuando uno está en territorio, debe hacer de todo, una contraguerrilla está conformada por 36 hombres en cuatro escuadras de nueve uniformados comandados por un oficial y dos suboficiales, esto implicaba que casi todos teníamos que cocinar, prestar servicio de centinela, lavar la loza, la ropa, las ollas, traer agua y todo ese tipo de cosas.

Nos llevaron en helicópteros desde Puerto Rico a Valparaíso norte del Caquetá. Estábamos en un caserío de unas cien viviendas. Gente pobre y humilde la mayoría de las construcciones eran de madera. No había luz eléctrica. Un terreno de hondonadas que se conectaban con la selva, aunque esta no era espesa como tal. Estábamos más exactamente en el kilómetro 18 en la vía, desde Valparaíso.

No ad for you

El olor a la brisa que tiene el campo por la mañana es algo espectacular. Uno se vuelve muy creyente cuando está en el ejército. En mis turnos de centinela siempre rezaba el rosario, pidiéndole a Dios porque me fuera bien siempre.

Cuando uno está en un lugar solo, con la brisa nocturna, el aroma de las plantas y de todo lo que es campo, piensa, Dios me puede escuchar acá. Es muy lindo para hacer una oración.

Llevábamos varios días de operación en la zona y la guerrilla nos mandó un mensaje con dos personas en una moto, para hacernos enojar. Nos decían que estábamos ´cogidos de la mano´. El oficial a cargo les respondió que si eran tan ´machos´ vinieran y nos diéramos plomo ahí.

Al otro día instalamos un retén de control, nos pusimos a revisar vehículos. Estábamos inspeccionando un bus y en ese instante llegó un campero desde el que cuatro subversivos nos empezaron a disparar ráfagas, de ahí en adelante todo fue confuso, yo tenía mi fusil y una de las armas de apoyo, un mortero, en mi pecho las granadas de mano y de las que se disparaban.

No ad for you

Reaccioné, hicimos una maniobra para que avanzaran los equipos de combate. En un momento de esos se pone a prueba la valentía del ser humano, en los entrenamientos todo el mundo reacciona bien, pero en el ataque real las cosas son diferentes.

Aquí está en juego la vida, uno lo ve cuando le zumba una bala cerca de la cabeza, cae y se entierra el proyectil. Ahí se da cuenta del daño que puede causar. Esto no es un juego, aquí en todo momento está de por medio la vida.

Recuerdo que por la forma como se dio el ataque, yo quedé en la primera línea de avance. En los entrenamientos, por el arma que yo llevaba tenía que estar atrás protegiendo a los de primera línea, apoyando para que pudieran avanzar. Es una forma de prestarles seguridad y apoyo. No fue un error que yo estuviera allí donde no me correspondía, nos habían tomado por sorpresa y teníamos que responder. Lo

cierto es que los que estaban conmigo y yo, recibíamos la mayor parte del fuego cruzado.

Podría interesarle leer: El retrato de William Shakespeare, una fuente de misterio y controversia

No ad for you

La guerrilla se nos estaba viniendo encima. Pese a nuestra difícil situación teníamos otras contraguerrillas del mismo batallón que nos brindaban apoyo. En los entrenamientos desarrollamos maniobras en que unos se van por el flanco derecho y otros por izquierdo para cumplir una tarea de envolvimiento al enemigo, protegiendo a los que están en primera línea. Aquí las cosas eran diferentes.

Estábamos recibiendo plomo de todas partes, la guerrilla en ese momento tenía fusiles AK 47. Nosotros teníamos fusiles Galil. Recuerdo que en esa confusión nuestro comandante le daba instrucciones a varios compañeros que estaban como perdidos, ellos tenían que estar apoyando y se quedaron atrás, donde quedaba el retén.

En primera línea, quedamos solo cinco, un muchacho de apellido Oviedo, que maniobraba la M-60, este tipo de ametralladora hace más disparos que un fusil por minuto. Con nosotros otros tres compañeros que también llevaban cananas, para los que no saben es una unión de proyectiles enlazados por eslabones que a manera de cinturón se cruzan en el pecho como vemos en las películas de acción.

No ad for you

Lo que hice fue empezar a disparar granadas de mortero, unas a gran distancia apuntando bajo para obligarlos a retroceder y otras a corta distancia disparando alto para generarles confusión en la fuga, así frenaba el avance de la guerrilla porque no podían mantener las líneas de ataque.

Hacer esto quizá me hizo más visible ante el enemigo. Se me acabaron las granadas y le pedí a mi compañero que me pasara una, esta debía estar completamente limpia porque el tubo es muy exacto, si tiene arena, la granada no pasa el

tubo y se queda ahí, para poderla sacar toca tener cuidado porque nos podemos matar todos, desafortunadamente me dio una granada que estaba sucia.

Yo estaba en un cerrito, disparé, pero el proyectil se quedó dentro del tubo, mientras hice la operación para sacarlo, recibí el primer disparo, que impactó en los proveedores que llevaba en el cinturón. No me hirió, pero lo sentí muy duro como cuando le sacan a uno el aire. Reaccioné en segundos, levantando el brazo izquierdo. En ese instante me entró un disparo. Este sí me hirió. La trayectoria de la bala de un fusil es ondular similar a la ruta que sigue un alambre en un resorte, tuve suerte que no me perforó el corazón. Después de esto, los médicos me dijeron que si la bala hubiese entrado por el otro costado yo habría muerto de manera instantánea. Lo que sí hizo la bala fue perforarme los pulmones. Este último disparo me quedó alojado debajo del otro brazo a la altura de la axila derecha, la verdad tuve suerte, a pesar de estar gravemente herido, me salvé de morir, por eso digo que mi vida es un milagro.

No ad for you

Quedé tirado en el piso y no me podía levantar, lo que hice fue preguntarle al compañero que tenía al lado que me revisara los brazos, porque pensé que los tenía heridos, las balas seguían llegando en este momento tan confuso incluso a mí me seguían pasando cerca, pero ninguna más dio en el blanco. Hoy pienso que quien me estaba disparando no tenía buena puntería.

Otro compañero me jaló para atrás de un pequeño barranco y me escondió. Él me preguntaba “¿dónde le pegaron dónde le pegaron?” Me revisaba los brazos y no veía nada. En ese momento me retiraron el chaleco y la guerrera. Yo les decía, revísenme el brazo porque me pegaron. Lo cierto es que tenía sangre por todas partes.

Ilustración 4: John Vanegas asumiendo el reto de ser soldado voluntario, que hoy equivalente a soldado profesional.

Escuché que llamaban al radio operador, que vinieran que le habían dado a Vanegas, todo pasaba en segundos, un compañero me pegaba en la cara y me decía no me durmiera porque me moría. En ese instante comencé a sentir una sed que jamás había tenido en mi vida y un olor a gaseosa manzana, no sé por qué esa sensación.

No ad for you

Recuerdo que a un soldado le pedí que me vendiera la gaseosa que tenía ahí. Yo me desvanecía y sin decir mentiras sentí como si mi alma se saliera del cuerpo y creo que me elevé unos 30 metros, sentía que me moría con una tristeza enorme. De inmediato empecé a llorar, por esa época estaba enamorado de una chica no se si era el amor por ella, o el deseo de reencontrarme con mi verdadera familia, algo raro, en un momento así los vínculos sanguíneos lo llaman a uno. Quizá esto fue lo que no permitió que muriera.

Ese día pasaron muchas cosas, por el radioteléfono escuché que se había caído el helicóptero que venía a rescatarnos, esto complicaba aún más la situación porque era necesario brindarle apoyo a esa aeronave además del combate en que estábamos. Pedimos otro helicóptero que viniera por nosotros.

Mis compañeros me dieron una pastilla, que yo la llamo la pasta de la vida, la verdad fue que me reanimó bastante, la tomé con un pequeño sorbo de agua. Con tanta sed que sentía, mis compañeros no me dieron abundante, hicieron bien, hoy sé que en un momento así no hay que tomar tanto líquido porque uno puede bronco aspirar y fallecer, no olvidemos que mis pulmones estaban perforados.

No ad for you

Desde el instante que quedé herido preguntaba por mi lanza que era Zubieta, él llegó rápido, como a los quince minutos porque el combate no lo permitía. Me preguntó “¿Qué necesita?”. Le dije que me cuidara las cosas del morral, mi walkman y una cámara fotográfica. La sed era persistente y yo les pedía a mis compañeros con mucha insistencia que no me dejaran morir.

45 minutos después llegó el otro helicóptero. Recuerdo que me cogieron dos soldados de los brazos y dos de las piernas, esto lo hacían mientras otros prestaban seguridad porque seguíamos en combate. Otro helicóptero protegía el que se había caído, desde él disparaban ráfagas contra la guerrilla.

Los compañeros que me llevaban me dejaron caer, porque nos disparaban y era confuso el momento, me tiraron en el piso de la aeronave. Mientras se elevaba sentía vibraciones en mi nuca. Ya habían recogido a los otros compañeros heridos, el último fui yo, uno de los que estaban ahí, que yo medio lo alcanzaba a ver, me puso un pie en el pecho y me despertaba, me decía “no se duerma, no se muera, que ya vamos a llegar”. Me llevaron a Florencia (Caquetá). Fue muy bonito ver el ánimo que me daban los uniformados heridos. Nos recibieron en el helipuerto. Ese día no tuvimos muertos en nuestras filas, a los guerrilleros les causamos doce bajas, me enteré luego.

No ad for you

Me llevaron en una ambulancia al hospital, era un camino pequeño yo iba en una camilla. Me iban desvistiendo en el camino, esto denotaba la urgencia y el estado de gravedad que yo presentaba. Entré a sala de cirugía, vi la luz del quirófano y ahí perdí el conocimiento.

Podría interesarle leer: Wendy Carlos, la compositora que se mantuvo oculta tras su cambio de sexo

Recuerdo que me hirieron como a las 10:00 am, esto fue un jueves. Cuando desperté eran como las 5:00 pm. Iba en una ambulancia camino al aeropuerto de Florencia, tenía un tubo en la boca, cuatro tubos en el abdomen, fiebre y escalofrío, lo peor es que no podía hablar por el tubo en la boca, no les podía decir lo que estaba sintiendo, es algo muy horrible lo que se siente en un momento así.

Quería contarles que mi alma se había salido del cuerpo cuando me hirieron y que tenía miedo de morir, eso me preocupaba y me daba una melancolía indescriptible. Ante todo, quería que me ayudaran, lloraba todo el tiempo. Yo sentía que tenía una deuda con la vida y con mi familia.

No ad for you

Nos esperaba una avioneta y me indicaron que me iban a trasladar para el Hospital Militar Central de Bogotá donde me podían brindar la atención que yo requería en ese momento. Llegamos luego al aeropuerto de CATAM en Bogotá y me subieron en una ambulancia. Me acompañaba una enfermera que me empezó a dar oxígeno por bomba, yo no podía hablar por el tubo para decirle que me estaba ahogando, con mis manos trataba de explicarle que no me hiciera eso, pero creo que no entendió, el trayecto al centro asistencial fue muy incómodo.

La llegada al Hospital Militar me marcó para toda la vida. Eran como las 6:00 p.m. y el lugar estaba lleno de gente. Cuando todos me vieron entrar en la camilla, comenzaron a aplaudir. Fue tan bonito que me hicieron llorar. Ese momento fue único, yo en una lucha de querer salvarme y recibir el aplauso de unas personas que jamás había visto, todos se pusieron de pie y me animaban. Que lindo fue eso.

Entré por la sala de urgencias y me llevaron a la sala de cirugía, eso fue un jueves, quedé en coma hasta el sábado. Desperté a las 12 del día aproximadamente. No recordaba bien, trataba de ubicarme, miraba para arriba y una enfermera se acercó, me dijo que estaba en el Hospital Militar Central de Bogotá. Me indicó que yo estaba bien y que mi estado de salud era estable. Le pedí que me trajera una hoja y un esfero para escribirle. Me soltó porque mis brazos estaban atados a la cama para que no fuera a intentar sacarme el tubo de la boca. Cuando trajo lo que le pedí le solicité el favor de llamar a la casa en Chía, afortunadamente recordaba el teléfono. Los llamó y llegaron como a las 7:00 p.m.

No ad for you

El domingo me des entubaron, recuerdo que yo tenía mucha hambre, me dieron una gelatina y luego se fue la visita, después de eso tuve un paro respiratorio. Me entubaron nuevamente como veinte días más, Me alimentaban por sonda, he tenido muchas cicatrices en el cuerpo, pero de las cosas difíciles, casi una tortura fue esa entubada.

Pasó un tiempo largo casi dos meses y medio, pensaba que iba a quedar cojo, cuando finalmente me dijeron que usaría silla de ruedas. Me acuerdo tanto que vi llegar al residente de medicina interna, noté que traían por el pasillo una silla de ruedas, y el galeno me dijo señalándola, es que usted tiene que empezar a sentarse ahí. Y yo le dije enfáticamente “NO”.

Vi también que me traían un corse para enderezar la columna, y el galeno insistió sí, porque usted va a quedar en

Ilustración 5: Uno de los momentos más difíciles de su recuperación, se debilitó tanto que nuevamente fue hospitalizado.

silla de ruedas. Él pensó que yo ya sabía. Luego precisó, usted va a quedar en silla de ruedas, no sé por cuanto tiempo o si es para toda su vida.

No ad for you

Ese día sentí que se iba una parte de mí. Nunca en mi vida creo que he llorado tanto, como lloré ese día, como lloran los hombres, desde las doce del día hasta las doce de la noche. No quería que nadie me mirara, que nadie me viera, sentía que se iba una parte de mí y que venía un proceso muy difícil en mi vida.

La familia mía ya tenía contacto conmigo, mi hermano, mis tías y mis primos. Me visitaban con frecuencia en el Hospital Militar. Ya me sentía un poco más acompañado. Pese a todo ello, no quería vivir más, después de todo lo que había vivido, ahora inválido. Creía en ese momento que no era justo que esto me estuviera pasando esto a mí. Me decía, no puede ser que la vida me premie con una silla de ruedas.

He pagado lo que no sé, lo que no hice o no he hecho. Pensé que era muy duro lo que había vivido para seguir soportando algo que era muy difícil. Y tomé la decisión de no comer, descuidar mi salud y dejarme morir.

En esos momentos Dios pone ángeles en la vida, me cambiaron de enfermera y ella me trasladó de habitación porque yo estaba acompañado por un soldado que estaba en el mismo proceso, si él no comía yo tampoco, eso no nos ayudaba a ninguno de los dos. En el otro cuarto, me acompañaba un uniformado que estaba en silla de ruedas, pero con una disposición muy positiva. De él aprendí a ver este nuevo mundo.

No ad for you

Salí del hospital en noviembre, la señora de la casa en Chía había hecho los cobros que me correspondían como soldado profesional, todo eso lo perdí. No tenía ni un peso, me tocó salir y pedir 200 mil pesos prestados para dirigirme donde ella. En ese tiempo mis tías y primos me ofrecían vivir con ellos, pero no tenían como sostenerme.

Desde Chía me tocaba venir a rehabilitación al Hospital Militar. Fueron momentos muy difíciles. La señora quien me dio el apellido me decía “John todo lo que tenga póngalo a mi nombre”, siempre insistía, seguramente pensaba que mis días de vida eran muy pocos. En enero fui a terapias al Hospital, la fisioterapeuta me vio y me dijo que me veía muy mal. Sin dudarlo llamó a doctor sin autorización, dada la urgencia que veía en mí. Tan mal estaba que no me dejaron hacer terapia ese día. El doctor me dijo, “tengo que hospitalizarlo porque usted está muy desnutrido lo veo muy mal”.

Esa decisión me salvó la vida, porque la señora de chía al parecer me estaba dejando morir, la verdad allá me daba una changua al día, esa era mi alimentación.

No ad for you

La terapista mandó a llamar la gente de Chía, pensando que eran mis padres y hermanos. Cuando la señora tirana se vio descubierta, de que no teníamos ningún parentesco familiar, enfatizó que no era nada mío. Que me había salvado porque mi mamá me iba a botar desde un puente. Que ella no era nada mío y que no la volvieran a llamar por temas de mi salud.

Podría interesarle ver: En fotos: lo individual y colectivo en “Servidores de la imagen”

Quedé totalmente solo en el hospital. Pero Dios me puso en el camino a otra señora, esposa de un sargento quienes tenían un niño de ocho años enfermo de cáncer. La terapista le habló. Le preguntó señalándome “¿usted no puede dejar vivir a ese muchacho en su casa?” Le explicó que yo no tenía familia. Un día estaba yo en terapias y la mamá del niño me dijo, “oiga muchacho, las puertas de mi casa están abiertas para usted”, me dijo, “no tengo lujos, no tengo nada, pero yo vengo todos los días al hospital, él hace terapias con ustedes” señalando a su hijo, y continuó “Si quiere puede irse a vivir allá con nosotros”.

No ad for you

Cuatro meses más tarde vino mi hermano a visitarme, yo estaba desesperado, le propuse que se retirara del ejército, él también era militar, que con lo que me daban de indemnización podíamos vivir o montar un negocio.

Un primo que estaba ahí me dijo, “John no sea egoísta su hermano, también necesita hacer algo en la vida y no puede depender de usted”. Fue dura la realidad, pero me ubicó muy bien, comprendí que era acertado. Finalmente, solo me quedó la opción de aceptar la invitación de la señora del niño enfermo.

Mi hermano me hizo el favor de ubicarla en el hospital y le preguntó que si seguía en pie la posibilidad de que yo fuera a vivir con ellos y ella dijo que sí, fue muy emotivo para mí, en ese instante lloré. Fue una bendición vivir con ellos un tiempo, jamás me echaron en cara un plato de comida, siempre me trataron muy bien, me atendían súper, hasta me ayudaban a cambiar de ropa y a bañar.

Viví como año y medio con ellos, después un primo me dijo que me fuera a vivir con él y su familia, pero era en un segundo piso, muy complicado el lugar. Regresé con el sargento y su esposa. Dios vio el corazón de esta hermosa familia y le dio un premio maravilloso, el niño con cáncer sanó por completo. Hoy en día dicen que yo soy un integrante más de la familia.

No ad for you

A los dos años de haber regresado con ellos, decidí independizarme, me fui a vivir al barrio Galán en Bogotá con otro sargento. También él en silla de ruedas, por primera vez salí solo a una calle sin que nadie me empujara, para mí fue una sensación indescriptible.

Luego de eso me fui a vivir solo, adquirí gran dominio y seguridad, incluso me beneficié de un subsidio de vivienda a través del INURBE, logré comprar un apartamento. Pero luego de eso tuve una recaída, generada por las enfermedades urinarias. Me hicieron una colostomía. Con tantos problemas de salud me colgué en las cuotas y perdí esa vivienda.

Cuando fui herido en combate perdí el control de los esfínteres, entonces a mí me toca utilizar, no solo la silla de ruedas sino también una sonda para poder orinar cada seis horas, es decir sacarme la orina de la vejiga.

Esto ha sido un problema porque hay momentos en que me ha tocado comprar las sondas con mi salario, con lo que gano de mi pensión. Hay momentos en que he tenido que interponer tutelas, lo que se ha convertido en un proceso muy engorroso.

No ad for you

Es de las cosas que lo dejan a uno triste en el tema de salud por varias razones, si no saco esa orina me puede dar una enfermedad urinaria, o se me sale la orina después de las

Ilustración 4: John Vanegas con el presidente de la república Iván Duque Márquez, durante la celebración del día del veterano en 2019.

seis horas, para mí son vitales las sondas. En varias ocasiones he tenido que hacer este tipo de requerimientos.

Es uno de esos momentos en que se percibe como una infinita soledad y en cierto modo abandono del Estado que lo puso a uno en ese escenario de combate, que, si bien cuento con una jubilación, siento que esa patria por la que tanto luché no está conmigo.

Le sugerimos leer: “Mi relación con el cine es existencial”

Con las sillas de ruedas ha sido lo mismo, me han obligado a interponer tutelas ante el ejército para que me entreguen este elemento que es esencial para mí. Hace un año me autorizaron una silla y no me la han podido entregar porque han estado cortos de presupuesto y nuevamente me veo en la obligación de interponer otra tutela, para acceder a la silla de ruedas porque es la única forma de movilizarme.

No ad for you

Estas son de las cosas tristes y de las luchas que uno no sabe hasta cuándo va a tocar con ellos para obtener estos elementos que son esenciales.

los problemas que afronto, seguramente los tendrán muchos otros soldados heridos en combate y parten de un simple precepto. Nosotros no hemos sido declarados víctimas por parte del estado colombiano. Para los gobiernos que hemos tenido somos héroes de guerra, pero esta connotación no implica un apoyo constante a necesidades básicas que merecemos por haber cumplido con nuestro deber ante la patria.

Decidí estudiar y retomé desde el grado que quedé, cuarto de primaria, validé en una institución para personas mayores, cursé mi primaria, mi secundaria, aproveché una oportunidad de beca en la Universidad Militar Nueva Granada, con muchas dificultades, saqué adelante mis estudios en economía, me hice profesional en Economía, hoy estoy estudiando una maestría en economía y política de la educación en la Universidad Externado de Colombia. Actualmente trabajo en la Universidad Militar Nueva Granada, institución que prácticamente cambió mi vida para bien.

No ad for you

Tengo novia, vamos muy bien, es posible que nos casemos y algo muy especial hasta el momento es que he empezado a tener una leve sensibilidad en mis piernas, de la vida espero lo mejor. Mi hermano falleció hace varios meses por Covid-19, fue un golpe muy duro para mí. Otro golpe duro fue el fallecimiento de mi mamá, atropellada por un vehículo en esos días en que me hirieron. Fue imposible ir a su funeral. Ella fue abusada hace muchos años y de este acto nació otro hermano, quien fue llevado por Bienestar Familiar, quizá entregado en adopción a alguna familia y de ahí no supe más de él, lo estoy buscando en la actualidad. (Vanegas, 2021).

* Libro disponible en autoreseditores.com

Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖

Por Orlando Supelano González

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.