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Francisco de Goya y el lado oscuro de la Ilustración (El teatro de la historia)

Para los historiadores profesionales, las obras de arte no son tan confiables como los documentos escritos, y con frecuencia olvidamos la riqueza de las imágenes como fuente para entender el pasado. Hace poco me llamó la atención la pintura de Francisco de Goya, y sospecho que he aprendido más sobre su tiempo que en muchos libros sobre la Ilustración española.

Mauricio Nieto Olarte

18 de junio de 2025 - 07:00 p. m.
Francisco de Goya, “El sueño de la razón produce monstruos”, 1799.
Foto: Wikimedia Commons
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Francisco de Goya (1746-1828) vivió en un momento histórico al cual los historiadores se han referido como “El siglo de las luces”. Los términos Ilustración, Iluminismo, Enlightenment o Lumières son todas expresiones que aluden al triunfo de la luz del conocimiento sobre la oscuridad de la ignorancia, de la ciencia y la razón sobre la superstición. Es el siglo de la enciclopedia francesa, de Rousseau, Voltaire y Montesquieu, de pensadores como David Hume y exploradores como Alexander von Humboldt. Es el tiempo de Immanuel Kant y su famoso ensayo “¿Qué es la ilustración?”, en el cual nos recuerda la célebre sentencia “Sapere Aude” (“Atrévete a pensar por ti mismo”).

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La Ilustración también suele asociarse con la emergencia de una nueva autoridad secular, y si bien la gran mayoría de sus grandes pensadores no se identificaron con el ateísmo, las expresiones anticlericales se hicieron frecuentes entre afamados intelectuales del siglo XVIII.

Durante el período de la Ilustración se proclaman ideales de libertad e igualdad, pero al mismo tiempo se exalta el poder imperial y la superioridad técnica y científica de Europa Occidental. En Francia se derrocó la monarquía con la guillotina como uno de sus notables protagonistas, mientras al otro lado del Atlántico se dieron las guerras de independencia y la emergencia de las nuevas naciones americanas. Un período histórico complejo que no admite definiciones simples, pero con el cual hoy sentimos una profunda identificación: nos guste o no admitirlo, somos sus herederos directos.

Durante ese tiempo Goya se convierte en un reputado pintor al servicio de la Corona española de Carlos III, quien, de la mano de sus cercanos colaboradores -como el marqués de Esquilache, Pedro Rodríguez de Campomanes o el amigo cercano de Goya, Gaspar Melchor de Jovellanos-, lideran lo que se conoce como el despotismo ilustrado: un intento por implementar en España ideas de la Ilustración europea que evocan el uso de nuevos conocimientos científicos y avances tecnológicos al servicio del imperio. Un ejemplo de los grandes proyectos de la Ilustración española, con impacto sobre la historia americana, son las Reales Expediciones Botánicas, que aprovechan la riqueza natural del Nuevo Mundo, una de las cuales es liderada por José Celestino Mutis en el territorio de la Nueva Granada.

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Cercano a las cortes borbónicas, Goya comparte los ideales reformistas de los ilustrados y es testigo directo de grandes acontecimientos de la historia de España y Europa a finales del siglo XVIII. Su obra es un espléndido retrato de su tiempo, pero el controvertido artista no solo es un observador pasivo, sino que su pintura es una expresión crítica que no solo celebra los ideales de la Ilustración, sino también recuerda la violencia y la irracionalidad de sus contemporáneos.

En esta serie de “El teatro de la historia”, que escribo con cierta frecuencia para los lectores de El Espectador, he querido hacer uso de imágenes para viajar al pasado. Mi intención nunca ha sido hacer aportes novedosos a la historia del arte, sino más bien motivar la reflexión histórica, generalmente centrada en documentos escritos, haciendo uso de materiales visuales. Los grandes artistas siempre han sido testigos reflexivos de su tiempo que descubren facetas de la realidad, muchas veces invisibles, en las tradicionales fuentes escritas.

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Mi compromiso con El Espectador ha sido elegir una única imagen para cada texto, lo cual no siempre resulta fácil, y cuando se trata de pintores tan prolíficos y complejos como Goya, la elección de una única pintura es una tarea destinada a la frustración. Goya dejó centenares de pinturas, grabados y dibujos difíciles de encasillar dentro de un estilo o género, algunas de ellas responden de manera directa a las demandas de sus mecenas, pero la mayoría de sus obras son el resultado de una mente inquieta e independiente que, de manera íntima y crítica, nos invita a pensar sobre la condición humana.

En su biografía podemos reconocer un momento definitivo, una crisis de salud que le causa la pérdida del oído en 1793. La carencia de uno de los sentidos necesariamente estimula el desarrollo de otros y, en su caso, resulta evidente: en el aislamiento de su sordera, el artista hace de la pintura un lenguaje cada vez más poderoso. Tengo que confesar que una vez supe que Goya había perdido el oído, vi su pintura de otra manera. En el silencio propio de las imágenes, irrumpe una potente voz que nos muestra la complejidad, la belleza y, sobre todo, la brutalidad de la naturaleza humana. Tal vez el lector recuerde afamadas pinturas del pintor español, los clásicos retratos de sus mecenas, Las majas, desnuda y vestida, Los fusilamientos del 3 de mayo, Saturno devorando a sus hijos, El aquelarre y múltiples grabados satíricos que evocan con crudeza las pasiones humanas.

Para este caso elegí uno de los grabados de Goya que es parte de una serie conocida como “Caprichos”, en la cual no solo muestra su tormentoso mundo melancólico, sino que invita a una reflexión sobre los ideales del siglo XVIII que se contraponen a los brutales actos de violencia humana perpetrados en nombre de ideales filosóficos y causas políticas.

“El sueño de la razón produce monstruos” es el título con el que se conoce este grabado, una frase que el pintor deliberadamente incluye como parte de la pintura, seguramente para provocar en el observador una mirada más reflexiva.

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La figura central del grabado es un hombre vencido por el sueño sobre un escritorio, muy posiblemente el mismo pintor o un escritor, rodeado de murciélagos, búhos y gatos, criaturas de la noche algo diabólicas. Así, una obvia y posible interpretación de esta imagen y la leyenda que la acompaña es la visión clásica de la Ilustración que celebra el triunfo de la razón sobre la superstición.

“El sueño de la razón produce monstruos” podría recordar que, cuando la razón duerme, las alucinaciones humanas se liberan y la realidad y la ficción se confunden. Como este, numerosos grabados de Goya abordan temas como la demencia, la bujería y la presencia de seres sobrenaturales, pero su significado es más complejo que una simple crítica a la imaginación o a la superstición. Hay una deliberada ambigüedad tanto en la imagen como en la leyenda. La palabra “sueño” puede interpretarse como el acto de dormir o de imaginar una falsa realidad producto de la alucinación y la irracionalidad, pero también puede interpretarse como el anhelo o deseo, y la frase y la pintura permiten suponer que la pesadilla y los monstruos que acompañan al protagonista son el producto de los deseos y pretensiones de la razón misma.

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La obra de Goya es una maravillosa expresión de las contradicciones de la Ilustración europea que, por un lado, proclama los ideales de verdad, fraternidad y libertad, pero al mismo tiempo es el escenario de acciones brutales y atrocidades cometidas en nombre de la razón y la verdad. Para un observador del siglo XXI es inevitable ver en la obra de Goya un retrato del horror de la violencia que no nos abandona a los fieles herederos del “Siglo de las luces”.

Por Mauricio Nieto Olarte

Mauricio Nieto Olarte es filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en Historia de las Ciencias de la Universidad de Londres.
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