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Francisco Rocca: Bicéfalo

Por más que Francisco Rocca (Bogotá, 1946) lleve viviendo más tiempo en Francia que el que vivió en Colombia, no por eso su presencia en el país ha dejado de ser constante, ni mucho menos indica que haya perdido el interés por lo que ocurre en su tierra ni que, en definitiva, haya cortado sus lazos familiares.

Ramón Cote Baraibar / Especial para El Espectador

03 de julio de 2008 - 03:26 p. m.
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Perteneciente a una familia de artistas, donde se encuentran reconocidos músicos, joyeros y editores, Rocca no podía menos que sucumbir ante la filial disposición de sus hermanos para aparecer cada cierto tiempo por Bogotá y dejar durante años bajo las escaleras, detrás de los muebles, en los áticos o en el fondo de los armarios, unos tubos enormes o diversas cajas de madera armadas por él mismo, o también, desmesuradas maletas de color negro, sin que estos intrusos incomodaran en lo más mínimo a sus propietarios. Ellos sabían que su hermano era pintor. Lo que no sabían es que su hermano fuera mago.
 
Gracias a ese minucioso y planeado desembarco es que podemos observar la amplia, generosa y sugerente muestra de sus obras que se exponen de manera simultánea en la galería EntreArte (Dibujos y Grabados) y en la galería Quinta Galería (Óleos recientes), las cuales abarcan cuatro décadas de trabajo y decenas de obras que ahora tendrán la posibilidad de ser apreciadas por el público.

Esa manera discreta y silenciosa de proceder es apenas un reflejo natural de su propio trabajo el cual ha girado en torno a dos ejes que marcan su transcurrir artístico: el grabado y las pinturas al óleo, sin olvidar sus dibujos, hechos tanto al carboncillo como al pastel, y sus experimentaciones con la témpera.

Las vertientes de su talento están sólidamente fundamentadas en los temas que trata de manera recurrente y obsesiva como son los cuartos y los cuerpos. En primer lugar, los cuartos de Rocca, siempre iluminados con una ventana mortificante y tocados con una luz desolada, parecen signados por un principio de inestabilidad.

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Como si se tratara de una construcción expresionista, los ángulos de visión se distorsionan, así como también el punto de vista, deformando de manera dramática los objetos que allí se encuentran: las camas, los colchones y las sillas dejan de ser


cotidianos volúmenes inamovibles para convertirse en protagonistas vivientes, exasperados por tanta dislocación continua a la que los somete.

Los hierros de las camas se doblan, se tuercen, produciendo a su vez una serie de sombras que parecen patas de insectos que se hunden en las esquinas, en esos ángulos agudos de las paredes, los cuales a su vez son recalcados por las vetas de madera del piso que el pintor sabe exagerar hasta mostrar su desplazamiento nervioso, como si se arrastraran, como si fueran animales que hubieran cobrado vida. Pero por más que Rocca los deforme, estos objetos, propios de un triste mobiliario del clásico cuarto abuhardillado donde no llegan ni el ascensor ni los amigos, nunca dejan de ser lo que son. Al contrario, son más de lo que aparentan: son organismos vivos que el ojo recorre con asombro. Y verdadera devoción.

Existen tanto en sus grabados como en sus pinturas una acción constante, un movimiento que no cesa, como si en ellos estuviera el propósito de que jamás descansaran. Si una cama y una silla son objetos inmóviles donde se realizan actos inmóviles, Rocca subvierte esta condición propia para lo cual fueron fabricados y los arremete sin desintegrarlos, los modifica una y otra vez hasta que alcanzan una nueva dimensión, para entrar al territorio del desconcierto. Y del arte.

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Pero el artista supo añadir otro elemento más a este escenografía particular de sus obsesiones: el cuerpo femenino. Seductoras mujeres aparecen tendidas o sentadas o apoyadas en los sofás, ofreciendo a su vez una iconografía del fetichismo: mortificantes zapatos de punta y agudos tacones acentúan el volumen de las piernas que si bien son una prolongación del deseo, apuntan a otra dirección, hacia el placer imposible. El pintor no se complace en sus volúmenes voluptuosos con el propósito de producir específicamente cuadros eróticos. Por el contrario, su mayor interés radica en apreciar cómo estos elementos forman un lenguaje apasionante que se presta a todo tipo de variantes, siempre novedosas, valiosas y sugerentes.

La energía descomunal de los colores, como cuando emplea los azules vibrantes, los naranjas eléctricos y los verdes ácidos de los pasteles, son una invitación sutil y suicida a captar con mayor atención estos espacios que parecen estar a punto de desvertebrarse, como si sólo allí Rocca pudiera captar, en esa vacilación, las sugerencias del movimiento y la relación infinita de todos los elementos que la conforman.

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Se ha mencionado rápidamente al expresionismo como uno de los estilos que más lo ha influenciado. Grosz, Dix, Beckmann, Kirchner, son nombres esenciales en su formación, así como Van Gogh, Rouault, sin olvidar a Picasso, Goya y Rembrandt. En todos ellos, a pesar de las diferencias temporales y estilísticas, el grabado jugó un papel primordial, algo que ha sabido aprender Rocca a cabalidad, quien a su vez continúa y prolonga con enorme calidad y rigor esa faceta del arte colombiano que tan excelentes resultados ha dado a la plástica nacional.

Como una variante adicional de su trabajo, en un reciente viaje que hiciera con sus familiares al archipiélago de San Bernardo, Rocca encontró en los manglares no solo un excelente tema para su obra sino que encontró que todo lo que


siempre había pintado ya estaba allí delante de sus ojos: una multiplicación de raíces que se sumergen en el agua y salen en busca de la luz, saturan de manera constante la atmósfera, creando con sus líneas repetidas y su desorden permanente, un estado de paroxismo vegetal inacabable. Igual que en sus cuadros. Lo había hecho la naturaleza y solo un ojo atento y un espíritu similar pudieron captar estas formas. Y así lo hizo.

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Ahora grabados y pinturas salen de sus cajas, se desperezan de sus tubos, se deslizan de sus maletas y abandonan las esquinas donde hábilmente se habían mimetizado; emergen debajo de las escaleras; se asoman del fondo de los armarios y salen a la luz pública para conformar esta exposición bicéfala y prolífica, que nos permite apreciar con claridad y amplitud una trayectoria de cuarenta años de trabajo ininterrumpido. Una obra, en definitiva, vital, proteica, de un artista que en la actualidad conserva un ímpetu imparable y mantiene una intacta pasión de acero, como si estuviera en sus inicios.

Aquí está Francisco Rocca de cuerpo entero. Exponiendo todo su talento, su calidad y su convencimiento, encarnando lo que dijera Epicteto hace mil años: “No son las cosas mismas, sino las visiones de las cosas, las que perturban a los hombres”.

Por Ramón Cote Baraibar / Especial para El Espectador

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