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Imagine por un momento un mundo en el cual nadie supone que nuestra infancia tenga que ver con el adulto que somos; en el cual todo lo que tengo en la mente es claramente consciente, y no hay caso de decir que arrastro ideas, temores, deseos de los que poco sé; en el que se supone que hay una línea diáfana entre la locura, que se considera comportamiento sinsentido y la cordura, que se asocia con la rectitud, la racionalidad, el propósito. Ese mundo era el mundo anterior a las ideas de Sigmund Freud. Se nos hace increíble que hubiera un tiempo en el cual estas ideas, hoy grabadas con fuego en la conciencia y la cultura popular, no se hayan conocido. Pero ese era el medio de la sociedad victoriana en la cual Freud comenzó a desarrollar el psicoanálisis.
La locura tenía entonces diversas explicaciones. La más conocida, que se remonta a la Edad Media, era la de la posesión demoníaca. Dado que el alma era una sustancia simple, indivisible como lo enseñó Platón —de lo contrario se descompondría con el cuerpo en el momento de la muerte—, cualquier cambio abrupto de carácter, cualquier acceso de ira o incoherencia debía haberse causado por un demonio o entidad maligna que apresaba nuestra conciencia. Un comportamiento era voluntario y tenía sentido o era involuntario y como tal no tenía sentido. Freud descubrió que esto era un falso dilema; había comportamientos involuntarios que sin embargo pueden ser leídos con significatividad.
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El psicoanálisis, el invento de Freud para leer lo que los demás médicos y psiquiatras de su tiempo tomaron por mera “locura”, puede ser visto como un esquema de traducción del sinsentido al sentido. En cierta forma, una disciplina naciente tiene éxito cuando permite “ver” en los fenómenos que se tienen ante los ojos lo que otros no han visto.
Esta idea de leer lo ilegible se ve claramente en el caso de la histeria, término proscrito de la psicología, políticamente incorrecto, que hemos sustituido hoy por “neurosis conversiva”, pero sobre la cual Freud derramó tinta sin contención. En los y las pacientes “neuróticos conversivos” —la “histeria” se da en hombres y mujeres—, los síntomas no son un mero disparate, sino que pueden ser leídos.
La paciente más conocida de Freud se referencia en la literatura psicoanalítica como “Anna O”, una joven mujer que ocasionalmente tenía episodios convulsivos en los cuales se paralizaba parte de su cuerpo, perdía la visión de un ojo y el habla. Luego de los ataques volvía a la “normalidad” con plena funcionalidad. Las pruebas médicas mostraron que no había una causa fisiológica a la base de su sintomatología. Por medio de la hipnosis y de la conversación con su paciente —el psicoanálisis se conoce en inglés como “the talking cure” (la cura del habla)—, Freud descubrió que detrás del comportamiento de Anna O había algo a lo que ella se resistía, un trauma muy doloroso para expresarse con palabras, pero que no obstante clamaba por manifestarse.
Freud se dio cuenta de que las manifestaciones histéricas eran la re-actuación de un suceso de violencia sexual ocurrido tiempo atrás. Como psicoanalista, estaba viendo a Anna O actuar al tiempo el papel de víctima y de violador, sin hablar de manera manifiesta de lo ocurrido. Este momento “eureka” marca el inicio del psicoanálisis, y la caída de la barrera que los victorianos habían erigido entre la cordura y la insanidad: todos arrastramos traumas, por lo tanto, ninguno está curado de la “locura”.
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¿Cómo es posible que Anna O no recordara conscientemente lo que le había pasado y sin embargo llevara consigo escaras psicológicas del evento? Debía haber detrás de los síntomas manifiestos un contenido oculto, latente. El concepto de inconsciente sale a relucir. No somos sólo un yo que registra todo en un medio transparente. Freud divide la psiquis en tres grandes procesos: un Yo que se fundamenta en un principio de realidad y es el origen de la conciencia; un Super-yo o subconsciente, una internalización a-crítica y controladora de las reglas de los padres; y un Inconsciente, movido por el principio de placer y el deseo incontrolado.
La idea de un yo, un inconsciente y un subconsciente castigador no son un invento de Freud. Las vemos ya en germen en las figuras de Dios, El Diablo y el Hombre en la religión católica. Nietzsche ya había dado pasos en esta dirección al señalar dos formas de ser en El Nacimiento de la Tragedia: lo apolíneo, racional, clarividente vs. lo dionisíaco, orgiástico, cercano a la pulsión del placer y de la muerte. Pero con Freud estas dimensiones adquieren una clara explicación en materia de su funcionamiento y sus manifestaciones en la vida diaria. Pasa que a veces el inconsciente se “cuela” en la vida diaria, en los sueños y en psicopatología de la vida cotidiana a través de episodios como el olvido y los actos fallidos.
Hacemos todo para ocultarlo y conservar un equilibrio, pero a veces no funciona. Hacen su aparición entonces mecanismos de defensa para ocultar y desviar ese inconsciente peligroso. Por un lado, está la Sublimación: los impulsos destructivos y los deseos de las profundidades inconscientes los convertimos en actitudes socialmente aceptables… el niño que ama jugar con cuchillos toma la profesión de cirujano, demos por caso. También está el Desplazamiento, la transferencia de un estado o deseo concerniente a un objeto o persona a otro objeto o persona: odio al perro en lugar de odiar a mi esposa. En el mismo curso de ideas, Freud identifica la Proyección, tomar los propios deseos y proyectarlos a otros para no reconocerlos como míos: dejo que Trump odie a los inmigrantes por mí. Cuando Racionalizamos, otro de los mecanismos de defensa freudianos, damos elaboradas explicaciones lógicas de nuestros prejuicios y odios: a los palestinos hay que destruirlos por su vínculo profundo con el terrorismo. Y si todo esto no basta, siempre hay la Regresión, el puro y simple retorno a etapas de desarrollo anteriores.
Todo lo acá mencionado puede ser polémico, desagradable de reconocer, políticamente incorrecto o simplemente inadecuado para proyectar una terapia… no lo discuto. Pero para volver a las primeras líneas de este texto: imagine por un momento un mundo en el cual la obra de un Freud no nos hubiera regalado estas ideas tan poderosas y fructíferas para entendernos a nosotros mismos.
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