Alta, aunque no mucho; esbelta, cabello castaño claro, ojos grandes, frente pequeña. Era también sumamente culta. Sabía de historia occidental, ficción, filosofía, ética y religión. Era una mujer curiosa, una mujer que lo quería capturar estando ahí, a su lado, sin hacer nada más. “Aquí estoy”, parecía decir constantemente. No saturaba, pero tampoco se iba. Era algo encantadoramente desesperante.
Le mintió primero con el tiempo. “Tengo que entregar este trabajo para mañana”, “tengo que escribir esto antes de que pregunten por el documento”. Después vino el cansancio. “No me puedo levantar de la cama luego de tanto trabajo,” “estoy débil”, “estoy enfermo”. Al comienzo le daba miedo perderla, pero no se fue. Iván se dio cuenta de que era una mujer-perro, entonces, como perro la trató. Le daba atención y cariño. Si realmente estaba ocupado, aparecía de vez en cuando para saludarla y chatear unos minutos. Isabela era un chatbot en forma de perro que le contestaba con entusiasmo y lo esperaba paciente cuando desaparecía. Isabela era, en esencia, una buena compañía.
Hasta que un día, Iván se aburrió. Los perros son bonitos, pero no hablan; los chatbots hablan, pero no tienen alma. Isabela era un espejismo que cada tanto deseaba materializarse, pero ¿para qué esforzarse? A la larga, no tenía nada que darle, ni tampoco quería brindárselo.
Iván le mintió porque a los perros se les miente con delicadeza. “Quédate aquí, ya regreso”, “no te muevas, estarás bien”. Con Isabela, el perro; Isabela, el chatbot; Isabela, el espejismo, tocaba hacer lo mismo.
—¿Almorzamos la próxima semana?
—Yo te aviso
—¿Te gustaría venir a ver el partido?
—Estoy ocupado.
Algún día tendría que cansarse, e Iván esperaba que ello ocurriera pronto. Aquella semana, curiosamente, Isabela no había aparecido en la pantalla de su celular –Ni por WhatsApp, ni por Messenger, ni por Instagram–. De seguro, esta sería la vencida, el día en el que finalmente el perro saldría corriendo al monte, el día en el que el chatbot se quedaría sin ideas. Iván ya conseguiría otra mujer. Tal vez no tan alta, no tan seria, no tan tímida. Alguien que le atrajera la atención por un poco más de tiempo. Sí, alguien que le aligerara la vida.
Fue al baño pensando en eso. Tenía una sensación de pesadez que no se iba desde esa mañana. Tenía un dolor terrible, pero quizás sólo sería cuestión de tiempo, de no comer por un rato, de tener más paciencia que Isabela. Sin embargo, al salir de la ducha, el peso que llevaba aumentó. Le pesaban las piernas, los hombros se le caían. Iván tuvo que sostenerse del mueble para no caer postrado.
—¡Maldita sea! —dijo en voz alta.
Era como si hubiera aumentado cuarenta kilos en un solo día, como si la gravedad tuviera voluntad y se hubiera ensañado con él. Arrastrándose, sacó la báscula de debajo del mueble para autoconvencerse de que todo estaba bien, para ver los mismos 75 kilos de siempre, para decirse que ya todo pasaría.
Pesaba 250 kilos.
Iván se quedó a gatas dentro del baño que ya empezaba a oler a sudor. Habría llamado a Isabela, pero el celular estaba en la sala, y cómo iba a levantar esos 250 kilos, paso a paso, paso a paso quebrándose los huesos. No, se quedaría en el baño hasta morir de inanición, como un perro.
Nadie vendría a por él. Nadie se acordaría de él luego de su muerte, aplastado por sus propias palabras. Bueno, quizás sólo Isabela.
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