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La fantasía proverbial, que ya es un lugar común, excepcional en sus libros, ariscos para adaptarlos al cine, surgió con plenitud literaria para Gabriel García Márquez, en parte como un reclamo del amante despechado al que no consintió el cine después de estudiar en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma hacia los años 50, y de conocer los riesgos de dimensiones titánicas que exige realizar una película.
“Estaba completamente desilusionado de las posibilidades de trabajo en el cine”, dijo en una entrevista concedida a Cine Cubano en 1969. “Fue así que en el año 1966 me dije: ¡Carajo, ahora voy a escribir contra el cine! Me puse a trabajar de nuevo en esa novela que comencé cuando tenía diecinueve años y no pude con ella. Estuve trabajando dieciocho meses y esta vez sí la terminé. Escribí una novela con soluciones completamente literarias, una novela que es, si tú quieres, las antípodas del cine: Cien años de soledad”.
La novela resolvió los que habían sido años de soledad en el cine y lo situó en el mundo de millones de lectores. Pero la idolatría por los fantasmas filmados no lo dejaría en paz. El crítico insatisfecho que sería García Márquez a finales de los años 40 y principios de los 50 en periódicos como El Universal de Cartagena y El Espectador de Bogotá, cómplice de un espectador uruguayo llamado Bonifacio Nieves, acerca del que escribió aplaudiendo los disparos que hizo a la pantalla donde aparecía un actor excesivamente cursi, se prolongó en el tiempo con la intención de escribir guiones —en los que importaba más “lo que se leía, no lo que se veía”, como explicó Carlos Fuentes después de trabajar con él adaptando a Juan Rulfo según Robert Gavaldón, en El gallo de oro (1961).
Animando con el poder de su instinto, capaz de abrir cualquier puerta para la ficción, proyectos tan solidarios como la Escuela de Cine en San Antonio de los Baños, inaugurada a finales de los años 80 en Cuba, García Márquez siguió extendiendo el arco de su influencia, multiplicada en las historias que suman un centenar de aventuras, adaptadas bien o mal a la pantalla.
Tiempo de morir le dio vida al director mexicano Arturo Ripstein cuando debutó en el cine a mediados de los años 60. La historia fue aún mejor cuando a mediados de los años 80 el director colombiano Jorge Alí Triana reinventó la película, acompañada en la década por otra excepción a la dificultad de llevar las historias de García Márquez al cine: Milagro en Roma (Lisandro Duque, 1988). Para Triana y Duque, dos tramas que escaparon al original literario y triunfaron por su autonomía del universo escrito, fluyendo sin la carga que lastra el recuerdo del lector cuando ve una adaptación, revisando con suspicacia lo que enseña la pantalla.
Un risco difícil de escalar, pero no imposible, que agradece la directora colombiana Libia Stella Gómez, ilusionada hace algún tiempo con adaptar un cuento de García Márquez que bordea la locura y sus miedos, Sólo vine a hablar por teléfono, anticipándose en el tiempo, a finales de los años 70, el director mexicano Jaime Humberto Hermosillo, que decidió titularlo para su versión en cine María de mi corazón.
Tres películas que honran la pasión de García Márquez, en contraste con una legión de historias que nos hacen leerlo antes que verlo en el cine y celebrar que haya escrito lo que ahora es memoria, desmesurada y fantástica.