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¿Cómo te fue en el Festival Gabo?
Muy bien porque estuve de invitado en una mesa sobre periodistas literarios, pero lo más importante es toda la energía que se siente. Uno recuerda por qué se enamoró de este oficio hablando con compañeros de todo el mundo que comparten sus experiencias. Eso es algo impagable y no existe ningún otro lugar del mundo con un festival así.
¿Esa frontera entre periodismo y literatura, que tanto defendió Gabriel García Márquez, sigue vigente y productiva en la era digital?
Claro. He visto con placer que el festival tenía talleres de cómo aplicar las técnicas literarias narrativas a la no ficción. Como Gabo decía: el periodismo es un género literario más. Lo que pasa es que no podemos faltar a la verdad, no podemos inventarnos cosas, tenemos que ser muy rigurosos.
Desde 1991 te has dedicado a escribir sobre los libros que lees en el diario “La Vanguardia” (fundado en 1881), que tiene tantos años como “El Espectador” (fundado en 1887). Un privilegio, ¿no?
Sí. Es un privilegio ganarte la vida con lo que te gusta y a mí lo que me gustaba era leer y trasladarme a esos mundos de fantasía cuando era niño. Luego pasa el tiempo y también te sumerges en los libros periodísticos o de la realidad. El Espectador o “La Vanguardia” te dan un entorno que te facilita poder hacer eso, porque son grandes diarios que aprecian la cultura y la información rigurosa.
Te conocí por el primer libro sobre los Premios Nobel de Literatura, “Rebeldía del Nobel” (2009), y luego con “La vuelta al mundo en 80 autores” (2016). ¿Cómo surgió y se consolidó el plan de entrevistar a los grandes escritores del mundo?
En 2005 empecé casi por casualidad, porque yo trabajo con un fotógrafo, Kim Manresa, que necesitaba frases manuscritas de grandes escritores que hablaran de la importancia de la educación. Y como yo me dedicaba a entrevistar novelistas, me preguntó si podía conseguirle algún Premio Nobel. Le dije: “Hombre, no voy a llamar a un Premio Nobel para que te haga una frase. Lo que haré es pedirle una entrevista y que te haga la frase al final si le hemos caído simpáticos”. Y el primero fue Kenzaburo Oé (Nobel de 1994), en Tokio. Pasamos un día con él, fuimos a su casa, recorrimos la ciudad en el metro y salimos tan maravillados de aquel encuentro que dijimos: “Esto tenemos que continuarlo”. A partir de ahí, porque Kenzaburo fue muy amable, le pedimos que enviara un “e-mail” a Günter Grass (Nobel en 1999) y a otros amigos suyos que también eran Premios Nobel diciendo algo como “Atiende a estos chicos que son muy majos”. Así empezó la serie.
Ya has entrevistado a 32 Premios Nobel de Literatura, un récord.
Sí. Más de la mitad están muertos. Un récord difícil de superar por alguien. Pero uno no lo hace por el récord, sino por la lectura y los autores.
En breve publicarás el libro “Palabra de Nobel”, versión actualizada de esas entrevistas.
En esta edición entran el Nobel 2025, el húngaro László Krasznahorkai, y Mo Yan, el chino ganador en 2012, porque me fui a Pekín a hablar con él. También hay nuevas versiones de charlas con otros nobeles.
Más allá de una entrevista, ¿qué buscas en las vidas de ellos?
Nosotros, los periodistas literarios, muchas veces hacemos entrevistas a escritores en 30 minutos en un hotel sobre su último libro y está bien. Yo quiero ir más allá: ir a sus países, visitarlos en sus casas, pasar un rato con ellos. A veces es un día completo, a veces algunas mañanas. En el caso de Mario Vargas Llosa fueron siete encuentros en épocas distintas, incluido el día que le anunciaron el Premio Nobel y yo estaba en su apartamento en Nueva York. Son experiencias que intento transmitir, porque a la gente que lee a estos autores le gusta saber cosas de su obra, cómo viven, anécdotas de su vida cotidiana y toda esa atmósfera que los rodea.
¿Por qué en el caso del peruano tenías información privilegiada, gracias a tu conocimiento de la Academia Sueca que otorga el Premio Nobel de Literatura?
Hay que decir que la Academia Sueca es incorruptible. A mí nadie me dice quién va a ganar antes. Yo conozco a muchos jurados y el proceso de deliberación. Entonces, a finales de mayo, en la Academia Sueca solo quedan cinco finalistas entre unos 200 aspirantes que se presentan cada año. A principios de junio de 2010, en uno de los viajes que hice a Estocolmo, vi que un académico miembro del jurado abrió su maleta y tenía libros de bolsillo de Vargas Llosa en francés. Le pregunté por qué estaba leyéndolo en francés y enseguida tapó la maleta y me dijo: “Sí, yo prefiero el francés porque es más cercano al español original que el sueco. Mis compañeros lo leen en sueco, pero yo prefiero el francés”. Se le escapó esa indiscreción. Claro, podían leerlo por gusto o por casualidad, pero yo pensé que ese año era uno de los finalistas. Entonces le pedí a Mario una entrevista porque publicaba la novela “El sueño del celta”, que era la novedad de ese mes, sabiendo que era justo el día antes del veredicto. Él me dijo: “No te la puedo dar porque estoy en Nueva York”. Yo le dije: “Voy a Nueva York”. Me arriesgué, me recibió, él no sospechaba nada y al acabar la entrevista lo acompañé a la Universidad de Princeton. Vargas Llosa enseñando sobre Borges y discutiendo con sus alumnos sobre el autor argentino. Asistí como oyente y nunca disfruté tanto en un aula universitaria.
¿Qué pasó al día siguiente cuando se supo que ganó el Premio Nobel?
Lo acompañé durante todo el día anterior en Nueva York y en la noche lo dejé en un teatro donde iba a ver un espectáculo de danza. Le dije: “Mario: ¿Si mañana te dan el Nobel puedo entrar en tu casa?”. Sonrió y dijo: “No te preocupes, Xavi. Ese tren ya pasó para mí”. O sea, no creía que le dieran el premio para nada. Tampoco salía él en las listas de favoritos, porque a Vargas Llosa se lo podían haber dado décadas atrás. Efectivamente, la mañana siguiente se supo que lo ganó. Lo llamé y le pregunté si podía ir. Me respondió: “Sí, sí, por supuesto; me has traído suerte”. Llegué a su apartamento, al lado de Central Park, y había una multitud de periodistas en la puerta esperándolo. Llamé al portero automático como si fuera un vecino, me anunciaron, me abrieron y pude estar con él esa mañana mágica.
Me has contado que la entrevista más difícil y que más trascendió fue la que le hiciste a García Márquez después de mucho tiempo de perseguirlo, porque fue un momento definitivo en su vida: había decidido dejar de escribir, porque el alzhéimer ya lo acosaba. ¿Cómo fue?
Tú sabes que casi en los últimos 20 años de su vida él no dio entrevistas, pero yo era amigo de su agente literaria en Barcelona, Carmen Balcells.
Claro. Fuiste el guionista del documental que hizo la Televisión Española sobre ella, la gran dama de la literatura hispanoamericana, editora de Vargas Llosa, de García Márquez, etc.
Sí. El documental se llama “La cláusula Balcells”, que creo que todavía está en la plataforma de Televisión Española o en YouTube. El caso es que Carmen me dijo: “Mira, yo he hablado con él y no quiere darte ninguna entrevista, pero si quieres llévale mis regalos de Navidad y él te abrirá la puerta y miras a ver qué pasa allá”. Era arriesgado un viaje de Barcelona a México. En mi diario no conté que había esa inseguridad. Dije: “Voy a ver a García Márquez”. Me jugué mi puesto porque no tenía ninguna entrevista concertada con él. Fue un poco temerario por mi parte. Llegué a la calle del Fuego, la residencia que tenía en Ciudad de México, con una maleta que pesaba más de 40 kilos, cargada de regalos de Carmen Balcells y de otros amigos suyos de Barcelona. Era diciembre del 2005.
No te disfrazaste de Papá Noel.
Ja, ja, ja. No. Solo me faltó eso. Pero era un poco el Papá Noel de ese año. Antes, tuve que explicarle a mi familia por qué no iba a estar con ellos en Nochebuena. Llegué y estaba toda la familia, incluidos los hijos de Gabo, Rodrigo y Gonzalo. Cuando me abrieron la puerta, Mercedes sabía que iba de parte de su amiga Carmen, con los regalos y con el objetivo de entrevistarlo. Dijo: “Espere aquí a ver qué consigo”. Me pasaron a un salón y fue la peor espera de mi vida de periodista. Más de una hora. Empecé a sudar pensando que Mercedes no había convencido a Gabo, pero lo logró. Luego ella me explicó que le había dicho: “Es que a este chico lo van a despedir si vuelve a Barcelona sin una entrevista, porque ha venido hasta aquí y el diario le ha pagado el viaje. Tienes que recibirlo”. Entonces pasamos con Kim, el fotógrafo, y Gabo estaba mirando las noticias de El Espectador en la pantalla del ordenador. No nos hizo caso. Nos quedamos esperando que nos dijera algo y al final nos miró como si fuéramos intrusos y preguntó: “¿Cuánto le pagaron a mi mujer para que los reciba?”. Esto, que empezó de esa manera tensionante, acabó muy bien porque estuvimos más de tres horas. No nos dejó grabar la entrevista. De los 32 Premios Nobel que he entrevistado es el único del que no tengo la grabación. Tú sabes que no le gustaba que usaras grabadora, porque decía que la oralidad es muy imperfecta y que si el periodista reproduce la grabación de la cinta, ese texto no es tan bonito; que si tomas notas y después las escribes entre la memoria y las anotaciones que has tomado literariamente es más bello. Guardo esas notas como un tesoro. Después, tuvimos que enviarle por fax el texto para que nos lo aprobara. Y tardó mucho en contestar. Nos hizo sufrir también.
Ahí te cuenta que había dejado de escribir, noticia mundial.
Sí. Eso fue portada en CNN, en el “New York Times”, en todo el planeta. No quiso hacer pública la causa, ni que tenía que ver con el alzhéimer. Todo fue un poco en realidad casual, porque él no quería conceder esa entrevista y yo no paraba de preguntarle por nuevos proyectos. Me dijo: “No, es que no voy a escribir ya jamás”. Y ese fue el titular. Por la tarde habíamos vuelto al hotel y me llamó al teléfono el propio García Márquez. Me asusté y le dije: “¿Qué pasó, maestro? ¿Hice algo mal?”. Me dijo: “No, es que usted me preguntó una cosa y se me ocurrió una respuesta más bonita. Cámbiela”. Y me la dio.
¿Era sobre qué?
Sobre Barcelona y sus amigos. Yo le dije: “Es más bella, pero es cierta”. Me dijo: “Eso no importa”. Bromeaba, claro.
Ahora que nombras Barcelona, para García Márquez fue una de sus ciudades preferidas y definitivas en su obra. Allá vivió y escribió “El otoño del patriarca”, y es por eso y por tu experiencia como periodista literario que fuiste nombrado el comisario de una gran exposición el año entrante, durante el centenario del nacimiento del Premio Nobel colombiano. ¿Cómo la harás?
Primero estoy investigando, por eso te pedí venir a El Espectador, porque fue el epicentro del “Relato de un náufrago”, una historia muy colombiana, pero que se convirtió en libro en Barcelona. Gabo llegó a la ciudad y una amiga suya, Beatriz de Moura, decidió montar la editorial Tusquets y les pidió a sus amigos escritores un texto. García Márquez no podía porque ya tenía compromisos por “El otoño del patriarca”. Ella le preguntó: “¿No tendrás algo de cuando hacías de periodista?”. Y él recordó la historia del náufrago, pero le advirtió: “No sé si eso alcanza para un libro”. Pidieron los originales a El Espectador, que son de 1955, y es el libro más vendido de la historia de esa editorial, publicado en 1970.
Son los originales que te acabo de mostrar en el archivo, pero también estás en la tarea de rescatar testimonios y documentos en Barcelona, en el barrio de Sarrià, donde él vivió.
Tenemos de referencia la exposición sobre García Márquez que hizo el año pasado el comisario Álvaro Santana Acuña en Bogotá con los documentos que la familia de Gabo entregó al Harry Ransom Center de Texas, pero nos hemos dado cuenta de que hay un montón de material que tienen personas particulares sobre los años que vivió en Barcelona, de 1967 a 1975.
¿Qué, por ejemplo?
Fotografías, cartas, objetos, los overoles de trabajo que se ponía para escribir y hasta el primer ordenador Apple en el que escribía, porque él siguió viniendo a Barcelona después del 75. Siempre mantuvo un apartamento y casi hasta su muerte venía cada año porque era una ciudad que apreciaba mucho. Estamos visitando a sus amigos y conocidos para recoger los materiales para una gran exposición durante su centenario, en 2027, que se llamará “Gabo y Barcelona”.
¿Cuándo será?
La previsión es inaugurarla en abril, un poco antes del Día del Libro (que es el 23 de abril), después de la fecha exacta del centenario, que es el 6 de marzo. En España también habrá una gran exposición en el Instituto Cervantes, en Madrid.
¿Para que te nombraran comisario influyó la exposición sobre los Premios Nobel que hiciste en Estocolmo en 2017?
Claro. Soy comisario junto con Belén Feduchi, que conoció mucho a Gabo en Barcelona y fueron amigos. Lo de Estocolmo fue porque yo iba a la Academia Sueca para enseñarles lo que hacía y hubo un momento en que me dijeron que las entrevistas que había hecho a tantos Premios Nobel de Literatura nadie más las tenía y me pidieron hacer una exposición. Entonces, con mi fotógrafo llevábamos 19 entrevistas (ahora vamos en 32).
Para la exposición ya tienes fotos inéditas. ¿Cómo las conseguiste?
Por la magia de ir a llamar al timbre de las personas. Si vas a ver a diez que conocieron a García Márquez, habrá nueve que no tienen nada, pero la décima te enseñará unas fotos que jamás se han visto. Muy personales, muy íntimas, muy características, en las que además se reconocen aspectos de la ciudad que no se asocian con él, como la playa. Es una labor de paciencia en la que llevamos unos meses. Creo que alguna institución va a comprar todo ese material, porque si se queda en la casa de la gente, con el tiempo se perderá y eso sería imperdonable.
Acá en “El Espectador” hay documentos de la relación de García Márquez con Barcelona a través de su amistad con don Guillermo Cano y su esposa María Antonieta Busquets, de origen catalán; cartas que se cruzaban hablando de trasteos, cenas y hasta de “El otoño del patriarca”.
Me voy a sumergir en esos documentos. “El otoño del patriarca” es la novela que escribió en Barcelona, pero hay otros libros relacionados con esa época, como “El relato de un náufrago” y “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada”, relatos que publicó su amigo Carlos Barral en Barcelona. Después, en el 92, publicó los “Doce cuentos peregrinos”, varios ambientados en la ciudad y en Cataluña, como “María dos Plazeres”. En Barcelona se produjo su gran metamorfosis, que llegó luego de que “Cien años de soledad” fuera publicada en Buenos Aires y había sido un éxito, pero a España no había llegado. Nadie sabía quién era García Márquez y se convirtió en el escritor más famoso del mundo.
La exposición también dialogará con tu libro “Aquellos años del boom” (2013), esa gran “historia de un grupo de amigos que cambiaron la literatura para siempre”, reeditado en 2019.
Sí porque Gabo atrajo a muchos otros escritores a Barcelona. Con Vargas Llosa vivían en la misma esquina. Estuvieron José Donoso y Carlos Fuentes, entre otros. A mí, como periodista literario en Barcelona, me contaban anécdotas de ellos.
¿Como cuando a Gabo lo confundieron con un mecánico?
Es que él en Barcelona se sentía y se vestía como un obrero que iba a la fábrica a escribir, y se ponía un overol de mecánico para mentalizarse. Ya cuando era un autor muy famoso y rico, tenía un gran coche y un día que lo conducía con el overol puesto, en la gasolinera lo confundieron con el empleado del dueño del auto. Otro día, después de escribir, se fue a un estreno de cine y llevaba el overol puesto y no lo dejaron entrar porque no respondía a las normas de etiqueta. Al día siguiente volvió luego de pedir que le cosieran el logo de Yves Saint Laurent en el overol azul. Tengo fotos de eso.
Sí. Lo tienes hasta en calzoncillos.
No te puedo revelar más.
¿Qué sabes del proceso de la deliberación del Nobel de Literatura 2026?
Cada comienzo de año intento ir a Estocolmo. Las deliberaciones de la Academia Sueca son secretas durante 50 años y cada 2 de enero desclasifican los documentos de un año. Voy a ver cosas como por qué se lo dieron a Neruda o el tema de Borges. Este año no he ido y aunque fuera no se va a producir la casualidad de que un académico abra su cartera justo delante mío y tenga los libros del posible ganador. Esa fue una casualidad mágica e irrepetible. Ellos son muy discretos y celosos de su trabajo.
¿A quién la darías el Nobel este año?
Después del húngaro László Krasznahorkai, en 2025, tal vez le tocaría a un no europeo, pero eso es una especulación mía. Es una buena pregunta, porque el Nobel tiene dos tipos de premiados; los autores ya consagrados, como Vargas Llosa o Doris Lessing, y otros poco conocidos, como László o la coreana Han Kang (2024). A Orhan Pamuk (2006) y García Márquez (1982) se los dieron siendo de los más jóvenes. Yo creo que falta Salman Rushdie, y no por porque haya sido amenazado, ni porque haya perdido un ojo, sino porque realmente lo merece.
Has entrevistado a ganadoras como Toni Morrison ¿A qué escritora le darías el Nobel?
En la historia del Premio Nobel hay muy pocas. Margaret Atwood, que acaba de publicar sus memorias Libro de mis vidas, sería una excelente candidata.
¿Qué libro estás leyendo?
Antes de venir al Festival Gabo, leí a la periodista Patricia Evangelista. Su último libro, Qué alguien los mate, es sobre la guerra contra las drogas en Filipinas, que sirvió como excusa para asesinar a mucha población civil que no tenía nada que ver con el tráfico de narcóticos. No solo se arriesga, va a sitios donde no va nadie y cuenta cosas que no cuenta nadie, sino que lo hace literariamente de una forma muy bella.
¿Bueno, y a qué premio Nobel estás persiguiendo estos días?
Solo me queda uno: Bob Dylan, que lo ganó en 2016.
¿Cómo va esa búsqueda?
En el último concierto que hizo en Barcelona, me colé hasta los pasillos que llevaban a su camerino. Pensé que así le vería pasar y podría decirle algo, pero resulta que evita tanto el contacto visual con la gente que desde el tráiler en el que llegó hasta su camerino iba cubierto una con una tela. Entonces vi solo pasar la sombra de Bob Dylan. Pero sigo persiguiendo. Sabiendo que en los últimos años solo ha concedido una entrevista a Martin Scorsese, sé que lo tengo difícil.
Sé de tu perseverancia y la lograrás.
