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Gabo y los secretos del perdón

La escritora uruguaya Claudia Amengual, quien presentó este año su novela “Cartagena”, asegura que pertenecer al colectivo literario Bogotá39 es un gran honor.

Ángel Castaño Guzmán

25 de octubre de 2015 - 09:00 p. m.
Claudia Amengua dice que quería escribir una novela que comenzara en Montevideo y terminara en una ciudad colombiana. / Lucía Alegre
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El veterano periodista Franco Rossi, una gloria marchita de la reportería latinoamericana, viaja a Cartagena de Indias y allá, en medio del color y la sensualidad del trópico, encuentra el perdón. La novela Cartagena (Alfaguara, 2015), de la uruguaya Claudia Amengual, reflexiona sobre la manera de enfrentar los demonios del pasado al tiempo que, en palabras de Jorge Franco, es un bello tributo al mundo literario de García Márquez.

En alguna entrevista usted dice que Cartagena ha sido la novela cuya escritura más felicidad le ha deparado. ¿Qué le dio este libro que los demás no? ¿Qué hay en él que le produzca esa sensación?

Nunca había trabajado tanto con la imaginación a la vez que reflexionaba sobre el tema central de la novela. En mis ficciones anteriores había partido de un tema y lo había analizado antes de ponerme a escribir. El proceso creativo de Cartagena fue distinto. El tema –la culpa y el perdón– surgió casi a la vez que los elementos primordiales de la trama, esto es, los personajes protagónicos, el hilo de la historia y, por supuesto, los lugares de ambientación. En este caso, Montevideo y Cartagena de Indias. La posibilidad de crear una historia que comenzara en mi ciudad natal y terminara en esa ciudad colombiana que tanto amo fue una primera alegría y significó el desafío estético de trabajar lejos de mis sitios habituales. La sensualidad, los colores, los aromas y los sabores cartageneros, así como la posibilidad de dialogar con la literatura de Gabriel García Márquez transformaron el proceso creativo en pura felicidad.

Detengámonos un momento en ese punto: el diálogo con el universo literario de García Márquez. ¿Cuál ha sido su relación con la obra del Nobel colombiano? ¿Qué cualidad resalta de los libros del fabulista de Aracataca?

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Lo he dicho cada vez que he podido: nunca he sido más feliz como lectora que ante un texto de Gabriel García Márquez. Reconozco virtudes excepcionales en autores como Julio Cortázar, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño o Jorge Luis Borges. De esos y de otros he aprendido técnicas narrativas. Con ellos me he emocionado y he reflexionado acerca de los asuntos de la vida. Con Gabriel García Márquez ha sido todo eso y algo más: la felicidad pura de leer. Sus historias operan a varios niveles que admiten grados de lectura con distinta profundidad. Es posible hacer una lectura entretenida, amena, llevada por una trama plena de fantasía. De esa reverencia, ese respeto, esa admiración y esa gratitud, Cartagena puede ser leída como un tributo al gran escritor colombiano y a su pueblo.

Pedro Ángel Pastor, uno de los personajes del libro, le comparte a Franco Rossi los dos elementos de su poética: la mirada y la experiencia. En su calidad de cultora de las letras, ¿qué papel han desempeñado ambos elementos en su trabajo?

Es, en efecto, una cuestión importante porque nos interpela acerca de conceptos como la originalidad, la copia, la influencia, el homenaje y el plagio. Concebida cualquier historia como la conjunción de un tema y una anécdota –es decir, de qué se habla y qué se cuenta– el creador debe aceptar que siempre está trabajando a partir de su peripecia vital. De hecho, la historia de la literatura es la historia de las recepciones y el creador –que antes es lector– revisita los grandes temas ya tratados en los Clásicos. ¿Qué hace, entonces, que valga la pena continuar escribiendo? La mirada y la experiencia de vida, ambas únicas. De ellas nace el estilo. Y el estilo es el autor, su sello.

En el libro Franco Rossi casi conoce a una novelista uruguaya que supongo es usted. También hay varias alusiones al grupo de Bogotá39. ¿Qué le aportó a su trabajo esa experiencia?

Pertenecer a Bogotá39 es un honor. Ese grupo formado en 2007 ha continuado cosechando reconocimientos, lo que debe ser una fuente de orgullo para todos, porque el éxito de uno es el éxito del grupo. Nuestra visita a Bogotá implicó reflexionar juntos acerca de los vínculos con nuestros padres literarios –a quienes debemos estar agradecidos– y preguntarnos hacia dónde va la literatura latinoamericana. Al final, coincidimos en que la diversidad era lo que nos distinguía y donde, aunque parezca paradójico, confluíamos. Nos permitió, además, recorrer de otro modo Bogotá y estar en contacto con su gente. He ido varias veces a Colombia y cada día me enamoro más de este país, por su pueblo aferrado a la vida a pesar de todas sus penas. Bogotá39 ha afianzado mis lazos de afecto hacia los colombianos.

Por Ángel Castaño Guzmán

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