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“Galaxias”, relato del más reciente libro de Carolina Sanín

Cuando comienza un nuevo año siempre deseamos prosperidad, pero en este cuento a la protagonista parece sobrarle el dinero, aunque la pena por el mundo en que vive puede ser mayor que su fortuna. Fragmento de “El Sol”, en librerías bajo el sello editorial Random House.

Carolina Sanín * / Especial para El Espectador

31 de diciembre de 2022 - 05:00 p. m.
Carolina Sanín anota en su nuevo libro: “Es el último día del año y hay explosiones en el aire. Ella piensa en todo el dinero del mundo, en el dinero que es como los destellos de la pólvora”.
Foto: Getty Images
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Esto es sobre una persona que sufre grandemente. Su sufrimiento es un tamaño. No sufre siempre, sino en días señalados y separados entre sí por varios días. Lo hace rotundamente, aunque la redondez no represente ese sufrimiento erizado de picos y de puntas. Y palos sobre palos. O la redondez sí es apropiada, si es por vía la figura de un planeta. Pues esa pena es un planeta sin sol y solo. Tan moliente es, y tan inmotivada, que puede decirse que la pena es algo que la persona hace, más que algo que padece.

Ella no está así porque le haya sucedido una desdicha —porque desapareció quien la quería, o se quedó sin sus tareas, o por la pérdida del conocimiento de qué sabores le gustaban más que otros—. Padece más que eso y sin objeto, y casi con el deseo de un objeto por el que padecer, o con el deseo de su ausencia señalable. En su pena, la persona está vivísima. (Recomendamos: Reciente entrevista de El Espectador con Carolina Sanín sobre sus libros).

Da vueltas sobre sí: como un motor, como un planeta. Está vaciada de imaginación; colmada de pasión sin imaginación, hasta el borde y sin poder acabar de rebalsarse. Su sufrimiento es imposibilidad de verse en otro instante. Llega con el día y es el derrumbe de la aceptación. Ella se revoluciona. Y como no tiene fuente, el sufrimiento sufre también su propia vergüenza de no deberse a nada. Rabia y vergüenza, pues, mordientes y centrífugas. La persona siente, en sus días de penar, que algo se le oculta. Sufre el eclipse de su realidad y su destino. Siente que su realidad y su destino verdaderos y en lo oscuro son lo opuesto de cuanto ella, en los demás días, ha querido creer que son. Sufrir así es que la vida se te esconda.

Carolina Sanín y la portada de su más reciente libro.
Foto: Cristian Garavito y Cortesía

En uno de sus días de pena, la persona intenta hacer algo más que penar. No puede imaginar una casa, una compañía, una orilla a donde transportar su corazón. Resuelve, entonces, pensar en dinero, mucho dinero. En cantidades de dinero que no podría decir. En números que no sabe leer. En medidas de algo que no haya que imaginar, que no pueda imaginarse, pero en lo que ella pueda fijar la atención; solamente una suma, sin imagen.

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Ha empezado a pensar en todo ese dinero, cuando se detiene a preguntarse por qué ha elegido ese recurso; si acaso el dinero es tranquilo y más presente o más ausente que todo lo demás; si el dinero aliviará su sufrimiento por tener el oro el color del Sol o porque suena como una campana. Sabe que lo que quiere no es un contraste entre su sufrimiento y un remedio, sino ser capaz de ver la contigüidad entre su sufrimiento y todo el sufrimiento.

Se pregunta si la multiplicación del dinero aspira a la plenitud, y si esa plenitud es el contrario de su falta; si será que su dolor indeterminado es la miseria. Pero sabe que su pesadumbre no se siente como poco, sino como llenura confusa. Como un tamaño, nuevamente. Y, nuevamente, no es compensación lo que ella busca. No quiere restar ni contrarrestar, sino sumar más y más.

Busca concebir todo el dinero del mundo, porque el dinero unido y solo, y que no se convierte en otra cosa, es un aire que se asemeja a la pena que ella vive, que ella hace. No espera que el dinero pensado la detenga en el sufrimiento, ni que la interrumpa. No va a esperar. Propone entretenerse pensando que todo el dinero que cabe en el mundo, es decir, que no cabe —esa inmaterialidad material, ese espíritu que resiste y no es el alma—, es la representación de su vida y su destino, sustraídos y patentes.

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Se propone la ilusión de imaginar su pena en la figura de todo el dinero posible, al tiempo que no puede imaginarse nada. Se propone hacer dinero en la mente, no para deshacer la pena, sino para pasar dentro de la riqueza vacía, como dentro de un vehículo, por el tiempo que el sufrimiento ha creado, en el que el sufrimiento está sumido y se consume para deshacer el tiempo.

Se detiene en medio del desvío de preguntarse con qué objeto va a pensar lo que ha resuelto pensar, y se devuelve; toma el camino de regreso hacia el nacimiento del propósito de pensar en el dinero. Hace poco leyó, en una carta dirigida a ella, la frase: «Mi padre es muy rico». O quizás fue: «Mi papá tiene mucha plata». Recuerda que la frase la incomodó. Nunca ha visto a quien la escribió (fue una lectora joven que le envió una carta en la que se le presentaba y le contaba de una culpa que no se detenía y que se escurría por los resquicios de un montón de leña).

Puede preguntarse si la frase constituye un desafío o una confidencia. Puede preguntarse qué lleva a alguien a hacer tal declaración. Puede formular todas las preguntas que puede, pero no puede siquiera intentar responder una, pues para hacerlo tendría que pensar en quien escribió la frase, y considerar a otro es algo que le está vedado en días de sufrimiento.

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Se repite, entonces, la frase una y otra vez, tratando de distinguir sus partes y cambiando unas por otras. Así pasa un rato, en descentrada oración. Regresa al lugar inicial: a la propuesta de pensar en mucho, mucho, mucho dinero, para pasar por donde está y pasar a otro lado en el carro del vértigo del número.

Recuerda que cuando vivía en un país del norte tenía más miedo de morirse que viviendo en el sur. Temía estar gastándose. No emprende la reminiscencia de ese sentimiento, pues no es capaz de ponerse en otro tiempo. Tiene el recuerdo, pero no el camino del recuerdo. No puede reproducir la sensación, sino solo recordar que la advirtió y creyó darse cuenta, en ese tiempo, de que, si sus prójimos tenían miedo de la muerte, eso se debía a que usaban tarjetas de crédito y se comprometían a tener futuro para pagar, y sobrevivir es lo que nadie puede prometer.

Sus vecinos se endeudaban, y con ello se incumplían. El precio de prometer sin poder, sin creer poder, era el miedo. Ahora, en cambio, en este día sufriente, ella siente que no tiene prójimo. Tampoco tiene promesa. No hay nadie que tema morir. Lo siente como si lo supiera.

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Ha pasado un minuto pensando en el prójimo que no está, cuando el pensamiento de dinero se convierte en uno de fuegos artificiales. Es el último día del año y hay explosiones en el aire. Ella piensa en todo el dinero del mundo, en el dinero que es como los destellos de la pólvora. No ve la pólvora; solo oye el estallido, y decide que el número de chispas de la celebración, el número de fuegos fugaces que se le ocultan, es equivalente al número de dineros en existencia. Cada chispa equivale a cada dinero. O, mejor, el dinero se cuenta en chispas.

10000000000000000000000 000000000000000000000000 000000000000000000000000 000000000000000000000000 000000000000000000000000 000000000000000000000000 000000000000000000000000 000000000000000000000000 000000000000000000000000 000000000000000000000000 0000 chispas es el dinero que cabría en el mundo. Un número redondo, como un planeta, que ella no sabría leer: no sabe leer la luz ni sabe leer la riqueza del mundo, la gran riqueza del padre ajeno, del padre de su lectora. Si quisiera ensayar, tendría que leerlo así: uno cero cero cero cero cero cero cero cero cero… chispa por chispa, ninguna chispa por ninguna; una ristra de círculos que cancelan insistentemente la primera chispa, la única.

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En eso se consume otro minuto. La persona se conecta a la Internet y entra en la página del banco donde tiene una cuenta de ahorros. Se contacta con su cuenta y mira la lista de sus movimientos bancarios: los retiros por cajero electrónico, la consignación de su salario, las deducciones impositivas, las transferencias de intereses. Lee el saldo, que ha aumentado y decrecido como una Luna, y advierte que puede leer la columna de cifras sin repetirse en la cabeza los nombres de las cifras, como siguiendo una columna de humo.

Se dice mentalmente que tiene un padre rico, pero no lo imagina. ¿Lo supone, lo cree, lo miente sin imaginarlo? Declara: «Mi padre verdadero posee una gran fortuna». Y sigue mirando las cifras, que la calman de no ser capaz de ponerse en otra parte y de no poder ver nada que no tenga delante, ni siquiera a su nuevo padre. A través de las cantidades, como a través de cables y ondas, habla con él. Es como si hablara con él. (Decir «como si» no equivale a imaginar. Hacer de cuenta no es lo mismo que concebir una relación).

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No sabe de qué conversa con el padre; solo hay cuentas, dinero por aquí, dinero por allá, que si existe no se ve, y si no existe, tampoco, pues está en el banco y es por siempre la forma cambiante de la cifra. Se le ocurre definir más su nueva filiación (que no es imagen y no está en la imaginación) y determina (no imagina: dice) que, con ese dinero suyo, su padre, que quizás es también cliente del banco, o es dueño del banco, ha hecho unas inversiones y se ha hecho más rico.

Después el padre ha muerto, dejándole a ella toda su fortuna. Ella, que no ha sido rica y que tampoco ha sido lo contrario, sabe ahora (no lo ha imaginado; lo ha encontrado) cuál es la mejor manera de ponerse en otro lugar (donde no la ahogue el sufrimiento): recibir una herencia de alguien a quien no se ha conocido; recibir todo lo ajeno, multiplicado. Lo propio.

Entonces suspira, aspira largamente, hace que en sus pulmones entre un poco más de aire que en una aspiración normal. Deja atrás el ensueño o el cálculo del padre y retira los ojos de la información bancaria y de la pantalla del computador. La pena no ha pasado. No ha acabado de pasar un minuto desde que ella empezó a pensar en dinero. El tiempo, como siempre, ha ganado. O el tiempo, como siempre, se ha perdido. O no ha sido un combate entre tiempo y dinero, sino una operación financiera nula lo que ella ha hecho con su día de sufrimiento.

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Es la noche del año nuevo, del año viejo. No celebrará con gente, pues sentiría solamente ganas de llorar al ver que las personas se desean, unas a otras, prosperidad: buenas cosechas, más dinero. Y ella ya conoció todo el dinero. Y cada año que pasa siente ganas de llorar al despedirse, aunque la última fecha no caiga en uno de sus días de sufrimiento.

Piensa en el tiempo que va quedando atrás, que se retrasa. Se le ocurren, entonces, las galaxias. No las recuerda exactamente. Se pone a ver galaxias, con los ojos cerrados, y aunque con eso tampoco pasa el sufrimiento, siente —como al sentir el dinero y al sentir al padre— que ha encontrado algo para hacer sentada y hacer que pase el tiempo mientras está en el planeta sin sol donde su pena no puede detenerse.

Las galaxias están en el primer lugar, remotamente. Es necesario que las haga ella, pues no sabe cómo son. Junto al brillo, un extinto destello; no la redondez del planeta de la pena, sino las curvas de los caminos: una espiral, una elipse, rueda, concha. En el deslumbre, la púrpura fulgurante. Aquí, la fidelidad de la sombra que sale a la luz, el iris nebuloso y colorido y, en el centro del centro, el agujero negro, la pupila de cada ojo, de la que nada puede escapar, de la que todo se puede esperar.

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* Se publica con autorización de Penguin Random House, Grupo Editorial. Carolina Sanín, escritora nacida en Bogotá, es autora de las novelas Todo en otra parte (2005), Los niños (2014) y Tu cruz en el cielo desierto (2020); del libro de relatos Ponqué y otros cuentos (2010); de los libros de humor Yosoyu (2013) y Alto rendimiento (2016); de los libros para niños Dalia (2010) y La gata sola (2018); del ensayo biográfico Alfonso X, el Rey Sabio (2009); de Nueve noches para la Navidad (2020), ilustrado por Powerpaola, y de Somos luces abismales (2018). Obtuvo un Ph.D. en literatura hispánica de la Universidad de Yale. Ha sido profesora de literatura en SUNY Purchase, la Universidad de los Andes y la Universidad Nacional de Colombia, y columnista de El Espectador, Semana, Credencial, Vice, Arcadia y Cambio. La antología Pasar fijándose (2021) recoge algunas de sus columnas. Además, @SaninPazC es uno de los personajes más influyentes en la red social Twitter en Colombia.

Por Carolina Sanín * / Especial para El Espectador

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