¿Qué es una residencia de estudiantes? Una colección de pasillos silenciosos de día y ruidosos de noche; hileras de puertas que esconden claustros diminutos donde se estudia, se duerme, se conversa, se ama. Una residencia de estudiantes se parece a un convento, a un hospital psiquiátrico y a una prisión (a veces), pero también tiene lo propio: en ella duermen, solapadas, las ideas.
Por estos días España celebra el centenario de una de sus reliquias modernas. La dirección: calle Pinar, 21-23, a pocos metros de la encopetada calle Serrano en Madrid, con sus casonas amuralladas y palacios diplomáticos. Allí está la Residencia de Estudiantes: ladrillo sobre ladrillo, de simplísima arquitectura (funcional, la llamaron), fundada en octubre de 1910 y durante décadas —hasta que el franquismo le cayó encima con todo su peso— alcahueta de algunos de los encuentros más interesantes en la historia de la cultura española.
¿Aquella banca de cemento con dos torrecitas de ladrillos donde se lee: “Regalo del Duque de Alba”? Ahí mismo se sentaba Miguel de Unamuno. ¿Y ese jardín, entre las dos torres de dormitorios? Lo diseñó y plantó con sus manos Juan Ramón Jiménez. ¿Y ese piano de cola negro, mudo, allá en la esquina del salón de encuentros? Ah…, repiten hoy los empleados del curioso hotel en el que se ha convertido el recinto, ese era el piano de García Lorca.
Fundada en octubre de 1910 por un grupo de científicos e intelectuales madrileños, defensores de la libertad de cátedra y la modernidad académica —posiciones que le habían costado el puesto a más de uno— la Residencia de Estudiantes fue parte de un proyecto enorme y visionario, creado tres años atrás: la Institución Libre de Enseñanza, una organización privada que quiso conectar a las mentes jóvenes españolas con las convulsiones científicas y artísticas que de Nueva York a Moscú sacudían al mundo.
Y fueron convulsos. Por estos pasillos se escuchó el piano de Stravinski y el bolero de Ravel, Calder puso a prueba el circo más pequeño del mundo, Marie Curie investigó y expuso sus hallazgos sobre la radiactividad y en un cuarto, hoy sin número, sin nombre, un grupo de jóvenes estudiantes se reunieron durante años a hablar de vanguardias, de luces y de formas: Federico García Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel.
Los tres
Buñuel llegó a la Residencia de Estudiantes en 1917; era vigoroso y tan atlético, que pasaba horas practicando boxeo en su habitación. Federico García Lorca apareció dos años después, en 1919; el poeta andaluz se robó tempranamente el alma del lugar, su carisma era ineludible, era el centro del universo y en torno a él gravitaban las inquietudes del grupo de estudiantes de artes, letras y humanidades que durante esos años habitaron el recinto.
Dalí, en cambio, no podía sino desentonar con este par de arrolladores machos alfa. El adolescente catalán llegó a la Residencia en 1922: pantalones holgados, camisas escurridas y a rayas, no demoraron en llamarlo El marinero polaco, El checo, apodos que su timidez devoradora no sabía contrarrestar.
Si la vida se basara tan sólo en los dictámenes del carácter, no habría habido manera de que estos tres hicieran buenas migas. Pero pronto Lorca y Buñuel supieron que ese lánguido individuo, encerrado en el caos de su pieza, pintaba cuadros cubistas. Entonces, el descubrimiento del talento y la intuición del joven estudiante de bellas artes le abrió las puertas del grupo, llegando a extremos que, el mismo Dalí, años después, describió en su Vida secreta con cierta desparpajada arrogancia: “En una semana la hegemonía de mi pensamiento empezó a hacerse sentir. Siempre que estaban presentes los del grupo, la conversación era salpicada por “Dalí dijo…”, “Dalí contestó…”, “Dalí piensa…”, “¿Qué le pareció a Dalí…”, “Parece cosa de Dalí”, “Es daliniano…”, “Dalí debería verlo…”. ¡Y Dalí esto y Dalí aquello y Dalí todo!”.
Las vidas de Buñuel, García Lorca y Dalí son un manjar para el especialista o el curioso. La relación de amistad entre el pintor y el poeta, siempre al borde de un homoerotismo nunca confirmado; los veranos en Cataluña; sus discusiones y debates sobre el destino de las vanguardias europeas que quedaron consagradas en decenas de cartas, servilletas, hojas de cuadernos y entradas de diarios; la tácita rivalidad entre Buñuel y García Lorca por los afectos de Dalí, cuyo último round terminaría ganando Buñuel, con la grabación, en 1929, de Un perro andaluz, hijo primogénito del surrealismo en el cine, realizado en colaboración con Dalí y cuyo título habría sido tomado por Lorca como un insulto directo a su manera de abordar la poesía (un año antes había publicado Romancero gitano).
De alguna u otra manera, muchos fragmentos de estas historias se ven por estos días en las paredes de Caixa Forum, en el corazón de Madrid. Tomando como excusa el centenario de la institución, la exhibición Lorca y Dalí en la Residencia de Estudiantes relata casi una década de debate intelectual entre el escritor y el pintor —siendo Buñuel una invisible y constante presencia, entre otras, porque fue el que más temprano abandonó el lugar, hacia París, en 1925—.
La exposición es a su vez un fiel testimonio de lo logrado por aquellos primeros fundadores de la Institución Libre de Enseñanza: durante los años 20 esta discreta colección de habitaciones estudiantiles se convirtió en el corazón intelectual de un país que a tientas buscaba la modernidad.
Templo sobre templo
Por acá pasó John M. Keynes, un año después del crash de la Bolsa en Nueva York, y habló de crisis económicas y Estado de Bienestar. Pasó Howard Carter, quien reveló los detalles del descubrimiento de la tumba de Tutankamón. Pasó Einstein, en 1923, y conversó con los presentes —traducción cortesía de José Ortega y Gasset— sobre su teoría de la relatividad (cuentan acá que en el auditorio estaban Lorca y Dalí, y que quedarían tan impresionados por las teorías del científico alemán, que luego éstas se verían reflejadas en los relojes derretidos de Dalí o “las cinco de la tarde en todos los relojes” del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de García Lorca).
Cien años después, sin embargo, el aire que se respira al caminar un fin de semana en los primeros días de invierno por estos predios solitarios dista mucho de suscitar la vibrante energía evocada por la Residencia en sus viejas glorias. “Es una institución que vive de exprimir a sus muertos y el jugo que les saca es realmente pobre. Las actividades son aburridísimas y el público está compuesto básicamente por tres o cuatro viejitos que vienen a comer bocaditos gratis”.
Quien habla es Juan Sebastián Cárdenas (Popayán, 1978). Vive en Madrid hace muchos años, es escritor. Recientemente finalizó una estancia de dos años en la Residencia de Estudiantes con una beca de creación de esta institución y el ayuntamiento de Madrid. Gracias a ella publicó este año su primera novela: Zumbido (451 Editores). Dice que no puede ser malagradecido, que en efecto en la Residencia encontró a gente “estupenda, brillante”, pero que del pasado no hay rastros, “ni si quiera quedan los fantasmas”.
No debe ser fácil volver a empezar. “Durante muchos años quedó olvidada, la voluntad del franquismo fue que desapareciera”, explica Alicia Gómez Navarro, directora actual de la Residencia.
En 1936, los estudiantes salieron de sus habitaciones y entraron las enfermeras, y sus pasillos se convirtieron en sede del hospital para carabineros republicanos, coordinada por quien antes fuera el médico de la casa y director del Laboratorio de Anatomía Microscópica, Luis Calandre.
Decenas de antiguos residentes tuvieron que exiliarse; otros, como García Lorca, murieron en la guerra. Ayudado por su antiguo amigo, John Maynard Keynes, el fundador del instituto, Alberto Jiménez Fraud, se refugió en Inglaterra, donde vivió gran parte de su vida. Ese exilio debió ser devastador. Desde la distancia tuvo que atestiguar cómo su proyecto era convertido por Franco en comedor para las tropas de las Fuerzas de Aviación que habían tomado Madrid el 28 de marzo de 1939.
Alguna vez un ministro conservador le había preguntado, refiriéndose a la Residencia: “¿Usted cree que esto es España?”. Y él había respondido “No, pero lo será”.
En los meses sucesivos la Residencia de Estudiantes fue convertida en sede del Centro Superior de Investigaciones Científicas y su distinguida vocación de vanguardia intelectual y científica quedaría por décadas sepultada bajo las férreas directrices de la España franquista. Sólo hasta 1986 un grupo de españoles se dieron a la tarea de rescatar la herencia histórica y la vocación pedagógica de la antigua institución. Le devolvieron su nombre y reiniciaron aquí programas de vivistas y conferencias de artistas y científicos del mundo.
Caminar por sus jardines y las calles que lo circundan, en una tarde fría de noviembre, arrastra cierta soledad que impide al visitante ocasional sentir la alegría y el entusiasmo con el que hoy se quiere reivindicar el centenario de la institución. Puede que sea el hecho de conocer esta historia de antemano lo que sesga la mirada del visitante. Puede que sea, también, la presencia aún de ciertos símbolos que han quedado para siempre enclavados en el paisaje y que producen inevitables escalofríos.
Es el caso de un templo construido a unos doscientos metros de la Residencia, una inmensa edificación de ladrillos con la forma de una caja de leche, emplazado sobre la calle Serrano. Es la iglesia del Espíritu Santo, construida sobre las ruinas de la Institución Libre de Enseñanza, del mismo modo en que construyeron los conquistadores sus iglesias en América, sobre las bases de los antiguos templos sagrados de las civilizaciones nativas.
Cualquiera que se acerque y lea la placa que se encuentra al lado de la puerta puede verificarlo: “Este edificio está situado sobre el antiguo auditorium de la Residencia de Estudiantes, obra racionalista de Arniches y Martín Domínguez, del que se conservan partes de sus muros… 1942-1943”.
García Lorca, Dalí y Buñuel, residentes
La Residencia de Estudiantes está cumpliendo 100 años. Este espacio de la capital española , truncado por la guerra y el franquismo, fue el lugar donde se conocieron tres de las figuras más importantes de la historia del arte y la cultura.
El Espectador
26 de diciembre de 2010 - 04:52 p. m.
PUBLICIDAD
Read more!
Read more!
Conoce más
Read more!
Read more!