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García Márquez leyendo a Rimbaud en la Ciudad Luz

La lectura de El coronel no tiene quien le escriba es una mina para deducir detalles acerca de los días en que él lo estaba redactando, quizá le puso punto final el día de San Sebastián de 1957, pues menciona dos veces el 20 de enero, esa fiesta pagano-religiosa con toros y gallos que da comienzo a la temporada del carnaval en la Costa Caribe colombiana.

Julio Olaciregui/ Especial para El Espectador

20 de junio de 2008 - 11:20 p. m.
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La nacionalización del Canal de Suez por Nasser en Egipto, hecho ocurrido en julio de 1956, figura en la primera plana de los periódicos que el coronel lee, “Europa le daba la impresión de un mundo en sus postrimerías: no en vano escribía sobre la crisis de Suez, y por algo la usó como trasfondo en El coronel no tiene quien le escriba, como señala el profesor francés Jacques Gilard.

La acción de la novela comienza en octubre y el narrador omnisciente —sabe lo que piensan los personajes— es denso y creíble porque alude al clima y al tiempo en referencia a las tripas, a los intestinos; los estados de ánimo —“cantar es bueno para la bilis”— están relacionados siempre con alguna víscera.

Tachia insiste en que Gabriel, en París, sólo vivía para su trabajo de escritura, todas sus energías y su tiempo eran para escribir sus libros y sus artículos periodísticos, afinando la visión, la pesca del detalle.

Tal vez fue en esa época cuando se afirmó en él la convicción de que si la gente compra cada mañana el diario para leer historias sucedidas la víspera, narradas en un lenguaje eficaz, algo se podía intentar contando historias imaginarias con el mismo lenguaje, atadas con un hilo mágico-religioso-poético-onírico, alimentado quizá por la contemplación de la Luna, las canciones de Brassens, los libros de Rimbaud, los refranes de la gente y hasta la desaforada manera de consumir a diario relatos sobre el drama barroco mundial.

“Antes de penetrar a las tripas urbanas que los conducirán por veinte francos desde cualquier lugar de París a otro, los habitantes de la ciudad se acercan a los puestos de periódicos (…) están acostumbrados a que los periódicos les digan lo que está pasando. La libertad de prensa es ilimitada. El obrero que compra un periódico antes de meterse al metro, sale por el otro extremo completamente informado de lo que está sucediendo en el mundo”, observa Gabriel en una nota escrita en esa época.

La función del periodismo, las cortapisas a la libertad de prensa —la censura acababa de cerrar su diario, El Espectador, en Bogotá— están presentes en la historia que cuenta en El coronel no tiene quien le escriba.

Vivir en la capital francesa le hizo tomar conciencia de su pertenencia al mundo “latinoamericano”, compartiendo su vida cotidiana con gente como el poeta cubano Nicolás Guillén. Su vivencia aquí le serviría también, 30 años después, para recrear


“la larga estancia en París” del estudiante de medicina Juvenal Urbino, personaje del Amor en los tiempos del cólera (1985). Pese a la “lluvia perpetua y los tenderos sórdidos”, aparece como una de las ciudades más hermosas del mundo “porque se quedó vinculada a la nostalgia de sus años más felices”.

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París es para los del trópico el aprendizaje vivaldiano de las primaveras y los inviernos, llegar en mayo con las flores o en diciembre con la nieve te marcará para siempre sirviéndote de santo y seña en tus futuros escritos sobre la ciudad-mito, la ciudad santa plantada en Occidente, como dice Rimbaud.

“Los habitantes de París, que empiezan a transitar libremente con la anticipación de la primavera después de un mes helado, recorren los bulevares con un pan de dos metros bajo el brazo”, escribía el cronista ya con su exageración macondiana.

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García Márquez tal vez anduvo ese primer día por la calle del santo señor de las artes, Saint André des Arts. “Para esta época París es una ciudad desocupada, a veces es preciso utilizar el tren subterráneo para conseguir medio kilo de pan”, cuenta en otra nota de ese año.

Ese primer día en París, me imagino, Gabriel se lanza a la calle, va por el bulevard Saint Michel y lee los afiches de las boutiques, los anuncios de cabarets, de perfumerías y quesos, contento por estar ahí de “escritor enviado especial a Europa”, descifra todo lo que lee en francés, va caminando y de repente ve el libro, ¡le Bateau ivre de Rimbaud!, como quien dice ahora si estoy en una de las matas de la literatura. ¿Y adivinen lo que encontraría en ese poema ? —nada menos que la imagen de los “pescaditos de oro” del futuro héroe macondiano Aureliano Buendía— esa imagen pescó, sí, Rimbaud habla de “poissons d’or” en ese poema que tanto le gusta (ver recuadro).

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El hombre había aterrizado en París en un super-constellation procedente de Barranquilla, el sábado 16 de julio de 1955, —“el betún de las calles comenzaba a fundirse con el calor”— pero sólo durmió una noche aquí y al día siguiente salió en un tren para Ginebra a su trabajo de reportero, cuenta su biógrafo Dasso Saldívar. Volvería desde Roma en diciembre, en pleno invierno, para quedarse casi dos años... “Las calles empezaban a cubrirse de una espuma luminosa. Tardé un instante en entender que estaba nevando, porque era la primera vez que lo veía... fue una noche mágica… qué maravilla, nevaba sobre las cúpulas doradas, sobre los barcos iluminados, ya en plena tormenta de nieve se quitó los zapatos”, cuenta Graciela, su alter ego en el monólogo Diatriba de amor contra un hombre sentado, la obra de teatro que publicó en 1994.

Aunque va a pasar trabajo esos años, figuran ahora en la crónica de sus días de cuando era “feliz e indocumentado”, quiere decir un muchacho en busca de su noble destino, aquí va a dedicarse de lleno a vivir su sueño de escribir en una buhardilla, acariciando durante largas horas las teclas. De esas 28 letras y más signos de su máquina Remington que perderá una tecla clave (“le falta la AAA”) van a salir La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba, pero el extrañamiento, el ostracismo, el sentirse lejos de su aldea, el intuir el complejo entramado del mundo y sus gobernantes —Francia la colonialista se

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encontraba en el ojo de la tormenta con la guerra de independencia en Argelia y el problema del canal de Suez era candente— le harán comprender que su tema no sólo es Colombia, sino el drama, la acción del barroco acontecer “de este mundo y del Otro”.

La poética de las supersticiones populares, alimentada por la de los libros, le hará ir más allá del discurso eficaz del periodismo, dejando percibir las grietas de lo inusual, esas imágenes de los sueños en la vigilia.

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Si evoca a un comerciante de Macondo de origen sirio lo llama Moisés “salvado de las aguas”, si habla del avión intercontinental que lo trajo de América a Europa durante una noche lo asociará con las alfombras mágicas.

En ese libro, que estaba escribiendo los muertos, hablan entre ellos, las casas están habitadas por espíritus, hay una tristeza en los ojos de los sapos que se nos puede contagiar, el trueno estalla en el cielo y luego pasa por debajo de las camas, la cara del santo es la que hace los milagros, como afirma la vox populi, a la que García Márquez siempre presta oídos.

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Hace poco lo visitamos en su casa de Cartagena de Indias y al ver su silueta recortarse contra el mar nació el deseo de escribir acerca del contraste entre “la ilusión de vivir frente al Caribe”, y los entretelones imaginarios de su cocina de brujo, cuando estaba en ese proceso de descubrir el mundo... él tenía 27 años y por primera vez se alejaba tanto tiempo del mar... así que la lectura de ese largo poema de Rimbaud lo transporta, qué mejor medio que esa lancha o barcaza que cuenta un descenso mítico, una aventura por las inestables praderas marinas hasta los abismos y cataratas... ese es el gran “poema del mar no visto”, ahí están esos peces de oro, un chorro de imágenes desatadas, salidas de madre.

Todo eso es lo que quizá le gusta a Gabriel García Márquez en Le bateau ivre, como lo reveló un domingo de 1984 en Bogotá, en casa de Roberto Burgos Cantor y Dora Bernal. Ese domingo, recuerdo, habían pintado una paloma blanca en la Plaza Bolívar, el presidente Belisario Betancur le había puesto guardaespaldas a Gabo... Habían pasado casi 30 años desde que él llego a París como enviado especial de El Espectador, y daban ganas de llamarlo “don Gabriel”, porque era de la misma generación de don Guillermo Cano, ahora director del periódico que enfrentaba las letras de sus editoriales contra las armas de una estrella de luz fósil, Pablo Escobar.

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Aquel domingo, don Gabriel pidió a la muchacha francesa que andaba de paseo por Colombia, Catherine Bardot, que le recitara unas estrofas del barco ebrio de Rimbaud. A lo mejor dijo Le bateau ivre, este título puede prestarse para juegos de palabras entre los literatos, que se atreven a barajar traducciones iconoclastas como “la nave borracha”, “la lancha beoda”, “la canoa afumada”, “la barcaza embriagada”, “el planchón en pedo”, “la canoa engrifada”...

Entre ese mar Caribe que él aprende a querer en Cartagena y la nieve en París podría decirse que se levanta el imaginario de García Márquez.

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* Lea la versión completa de “García Márquez leyendo a Rimbaud en la Ciudad Luz ” en www.elespectador.com

Por Julio Olaciregui/ Especial para El Espectador

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