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‘Geppetto’ con alma clásica

El guitarrista norteamericano Eliot Fisk está en Colombia para ofrecer recitales. Con más de 25 años de vida artística sigue pidiendo cuerda.

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Juan Carlos Piedrahíta B.
21 de mayo de 2008 - 10:16 p. m.
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Para él tocar guitarra es más o menos lo que hizo Geppetto con Pinocho. En ambos casos se toma un pedazo de madera y gracias a la destreza de las manos el objeto deja de serlo para adquirir vida propia. Con más de 25 años de vida profesional, el norteamericano Eliot Fisk ha hecho de ese tradicional trozo de madera su más cercano amigo, ya que le ha dado la posibilidad de entrar en contacto con el mundo, debido a sus múltiples recursos y a los efectos de sonidos similares al arpa, al violín o al piano.

De niño nunca se imaginó llegar a ser concertista. Sin embargo, con el paso de los años encontró en la música un vehículo importante para expresar todas las cosas que le habían llamado la atención a lo largo de su vida. Por un lado logró desarrollar la parte atlética y no sólo por 10 ó 20 años, sino por mucho más tiempo, ya que sus manos realizan movimientos totalmente individuales, pero siempre deben estar coordinados.

También consiguió abordar la historia, porque con su repertorio hace un viaje a lo largo de cinco siglos. Y, finalmente, su faceta intelectual evoluciona cada vez que se enfrenta a un público exigente que percibe los sonidos, los tonos y las melodías.

“La música es como los seres humanos. Existe una sola raza, pero dentro de esa unidad hay varias culturas, muchos intereses y múltiples acentos. Es un concepto general cuya diversidad es su principal virtud”, comenta uno de los discípulos más aventajados del maestro español Andrés Segovia. Y es que Eliot Fisk se ha movido con responsabilidad y convicción por estilos tan disímiles como la música clásica, el flamenco, los ritmos étnicos y las sonoridades turcas.

Con su guitarra ha tenido acceso a un portal inmenso en el que se encuentra ubicado el lenguaje humano, porque él puede estar en cualquier país y a través de la música consigue establecer comunicación diáfana y directa con el público.

“Ese contacto con la gente es inmediato, porque la guitarra es un instrumento desnudo y eso es lo más sensual que existe. Con él no hay control remoto como en el piano, ni intermediarios como con el violín y la viola. Por eso, con la guitarra toca conocer el pasado, el presente y el futuro de la pieza”, afirma el artista que tiene su casa entre Boston, Salzburgo y Granada.

Su pasión por los recitales se ha incrementado desde que comenzó su labor docente, actividad que Eliot Fisk compara con estirar un brazo y dar sangre, porque es lo más agotador y desgastante que hay. Él es el último representante de los románticos, ya que pertenece a una generación que trató de quitarle adornos a ese complejo período y por eso combina el estilo moderno con las tradiciones románticas.

“En la partitura se dice solamente la mitad… es como Lázaro en la tumba y la función del intérprete es pronunciar las palabras mágicas: levántate y anda. Todo depende de la intensidad con la que se haga ese trabajo y si no se lleva a cabo correctamente, el que termina en la tumba es el músico”, dice este hombre mientras mueve sus manos sin parar. Con la derecha, de uñas largas, rasga al estilo flamenco. Con la izquierda, de uñas cortas, lleva el compás. Y con las dos es capaz de hacer que un trozo de madera tenga vida.

Por Juan Carlos Piedrahíta B.

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