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GG (Cuentos de sábado en la tarde)

Cierro los ojos. Imagino la habitación de GG. Su pequeño universo dentro del gran universo.

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G Jaramillo Rojas
19 de diciembre de 2020 - 09:10 p. m.
Yo estaba sentado en la cama de GG, sí, ahí, quieto, esperando a que pasaran cosas.
Yo estaba sentado en la cama de GG, sí, ahí, quieto, esperando a que pasaran cosas.
Foto: Archivo Particular
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El recinto es totalmente blanco. Hay una ventana, enrejada, que da a un descuidado jardín por el que puede advertirse el tránsito imprevisible de los extraños.

Ahí está GG, sentada en un sillón minimalista, frente a un espejo, vestida con un delicado pijama de seda. GG colorea su rostro con polvo de arroz. Proyecta su mirada pantera. La delinea.

GG no puede verme, pero estoy detrás de ella, reclinado, con las piernas cruzadas, en una de las equinas de su cama. Una zona fantasma me resguarda de su teatro. GG canta pedazos aislados de Saturday Night, la vieja canción de Misfits:

There’s 52 ways to murder anyone / One and two are the same / And they both work as well.

Su voz trae a mi cabeza un sabor. Un olor. Miscelánea frutal. Y una imagen, también: un día fuimos niños. Un día nos cruzamos. Ella más niña y yo más grande. En algún centro comercial. En un cine. Un parque. Una sala de espera odontológica. Qué se yo. Nos contemplamos, como un par de cachorritos ante un hueso que los separa. Éramos chicos y la música no era tema. El aburrimiento tampoco (esa cosa terriblemente adulta). El torbellino era el único juego posible. La verdadera transparencia. Y no nos exploramos. No pudimos. Éramos chicos. Custodiados por cordilleras de fascinación. Disolutos entre sedantes naturales. Dos infantes incógnitos. Algún cristal zanjó nuestras memorias, alguna nieve nos escarchó. Ahora ninguno lo recuerda cabalmente. Le invitamos a leer: Brevísimos relatos sobre el teléfono y la ropa (Cuentos de sábado en la tarde)

Continúo: imagino la habitación de GG. Sí. Sobre su biblioteca veo la celebración de un funeral: la muerte celebra la vida. Obvio. La vida nunca celebra la muerte. Creo. Es extraño, pero sucede: justo frente a las novelas del siglo de oro español que tanto le gustan a GG: la muerte cruza una calle, resbala y cae bajo las ruedas del coche que debe transportarla. Tiempo real. La belleza de la muerte muerta es satánica. GG y yo nos miramos. Ella no sabe que me mira. Yo imagino. Y esto es lo que imagino. GG sigue cantando:

I know when you’re home / I was thinking about you.

Afuera la calle estéril. Los humos blancos de las nubes descendían. Alientos de altiplano tibio inundaban el vacío.

Una hirviente pareja se refugiaba detrás de un árbol. Tú, GG, escuchaste sus susurros y te pusiste de pies, para observarlos detenidamente. Ellos se tocaban las espaldas, desde los hombros hasta las caderas. Tú internaste tu mano derecha en tu ingle y te besaste interminablemente. Yo seguía mirándote. Mis párpados ardían. Creo que sentiste deseos de invitarlos a pasar, a tu cama, para verlos debatirse entre sus respectivas sombras, hasta alcanzar el paroxismo final. La noche vestía de bronce. El amor ajeno era secundado por incineradas espadas de hielo. Delicadas hebras de metal orgásmico engalanaban los dedos de tu mano. Creo que también sentiste deseos de ser invisible, de anegarte en la desconocida otredad y recibir un poco de anonimato, pero eso no puedo comprobarlo. Tampoco puedo describir la sicalíptica paradoja de tu rostro. No.

Le invitamos a leer: Columpiarnos juntas (Cuentos de sábado en la tarde)

Nunca prendiste la luz ¿para qué? Así, a oscuras, parecía que te encontrabas más que bien. Aunque alguna tarde (alguna tarde) yo ya había notado la belleza del sol reflejada en la piel de tu espalda. GG. Entonces me dieron ganas de fabricar ese sol. Traértelo. Solo para verte bañada en él. Acostada y balsámica. Quería hacer viento. Además. Para acariciarte los pómulos. Yo, por medio de él. Bueno, me fui un poco a la mierda. Cuando empecé a escribir esto prometí no usar la palabra ceniza. Ni citar el fuego. Porque lo único que no se pulveriza, nunca, jamás, son los dientes. No sé por qué eso. No lo sé. Pero bueno, no he cumplido. Cenizas y fuegos. Y dientes.

El lenguaje brilla y tú lo ofreces. Es perla en movimiento. Vueltas de río.

La habitación de GG empezó a convertirse en una playa, inmensa, sin fin, casi inmaculada. Un mar verdoso arrullaba sus pies. GG se iba despacio. Sin afán. Nunca miró atrás. Se guardaba pedazos de mar entre las uñas. Le sobraba el tiempo. Para todo. Para nada. El dramatúrgico sol, el artificioso viento, mis manos tocantes imposibilitadas para tocar: la relajación de GG. Tú, GG, empezaste a reír. Después a llorar. Fue hermoso. Dejaste de cantar. Fue horrible. Volviste a la soledad de tu habitación. ¡Truco! La pareja de enamorados seguía afuera, arremolinándose en los insignificantes haces de fosforescencia que les suministraba la luna. Me puse a recordar cosas tan lejanas, pero tan lejanas, que empecé a pensar que realmente nunca habían sucedido. Como esa extravagancia de nuestro encuentro. En el centro comercial. En el cine. En el parque. En la sala de espera odontológica. Otra vez. Me volví a ir a la mierda. No obstante, nunca me fui de la habitación de GG. De la habitación que imagino que es la de ella. Con su cuadrícula anímica de suburbio extraviado. Y un afiche de Michale Graves teñido de rojo. Del mismo rojo del cabello de GG. Y una veintena de calzados. Heterogéneos calzados. Para caminar sobre campos, nubes, vías lácteas y paredes.

Una plantita sobre el escritorio de GG, manchada aquí y allá con florecitas amarillas, se roba mi atención. GG sintió algo porque fue por ella, la agarró, la mimó y empezó a decirle: Sí, lo que soy yo, yo estoy muy bien aquí, en mi playa, recostada sobre la arena, mirándome el cuerpo, mirándome la mirada con tus ojos amarillos, con una pausa tan ceremonial y rigurosa, que me siento observando una obra de arte.

Una obra de arte que es una planta. Una obra de arte que es GG. No comprendo. Eres vanidad. Lo sé. Lo sabes. Lo dijiste. Lo repito. Por un momento creí que me habías descubierto y, antes de emprender mi huida, me acerqué a tu cerviz, para decirte, suavemente: Lo que soy yo, yo no vuelvo a salir de este lugar. Callaste. Y ese silencio fue tu respuesta a una pregunta inexistente. A un unicornio embutido, a las malas, en un figurado y vulgar poema.

El espejo, un poco turbio, te devolvía una imagen íntima, tuya, muy fiel a tu sospecha de no soledad. Gritaste, lo más duro que pudiste, haciendo un gesto de ira que disipó la indolencia de la sordina adyacente. La indolencia de la sordina adyacente. ¡Já! Qué porquería. ¿Puede estirarse o ridiculizarse tanto el lenguaje? Ahí va. Sentí un puñetazo directo a la ociosidad de mi expectación. Con los vivos a veces no se puede hablar. Me dije. Siete veces seguidas.

Además: La flauta (Cuentos de sábado en la tarde)

Durante los siguientes minutos solo se oyó el zumbido de algunos insectos, un par de chasquidos de un perro callejero y el interminable ronroneo de la ciudad. GG es muy audaz. Muy sensitiva. Me reveló sin haberme capturado. ¿Viste cómo funcionan las cámaras instantáneas GG? Bueno. Yo mismo me descubrí ante ti. Me disparé. En tu habitación imaginada por mí. Bajo tu propio cielo de estrellas. Se acercaba la media noche y no pudimos movernos de tu acuarela. O quizás sí, pudimos habernos consumido a bocanadas. Hasta la embriaguez absoluta. Hasta descomponer el mediocre rubor de nuestras mejillas. Estábamos atados a imágenes compartidas y, en el fondo, muy en el fondo, sabía que tocarte era tomar muy a pecho el sueño. Mi sueño. Dañar todo. Por eso el lugar común ese del viento. Y la ordinariez de unas manos que tocan sin tocar. Es la cobardía. El karma. Una filosofía de la vastedad ¿o del miedo? Una pomposa elaboración para saber a GG. Para hacerla barroca. Y también simple. Minúscula. Trastocarla en su realidad. Sacarla de su zona de confort. Investigar sus labios. Llevarla de ningún sitio a ninguna parte. Con velocidad de crucero. Y después dejarla intacta. Macerándose en fantasías que ocurren en la aislada habitación que es mi cabeza y que, por momentos, habitas tú, GG, para después irte, y volver, en cualquier instante, sin saber que vuelves, y quedarte a fumar un cigarrillo hasta la nueva desaparición.

Yo estaba sentado en la cama de GG, sí, ahí, quieto, esperando a que pasaran cosas. Suponiéndolas, mejor dicho. Perdido en su paisaje desdoblado, en sus ojos húmedos, en su voz ceñida al sigilo. Permanecí allí, contemplándola, engañado por la fluctuación que lega la posibilidad de una revelación. Una revelación fugitiva. Un intervalo de absurda infinitud. Me vi ahí. Medio triste, medio solo. Y desde entonces no me importa nada. Nada. Ni siquiera la lejanía. O la frívola displicencia de un chat. O el desencuentro de un pensamiento. Somos ficción GG. Caótica filigrana. Frases cúbicas carentes de tiempo verbal. Alegorías con peso de fractal. Y entonces vuelvo, porque esto es un caracol, un rizo, una sortija: cuando me di cuenta de que era un invasor, prácticamente un okupa, me inventé un roce en tu sien (un beso ácrata, le llaman en Rusia) y, armándome un tabaco, abandoné la esquina de tu cama, pero no tu habitación. Entonces terminé haciéndome un lugar, en tu armario, entre abrigos y bufandas y, cuando me decidí a abrir los ojos y dejar la parafernalia, descubrí que ese era el lugar perfecto para imaginar uno de los tantos espacios que, por lo menos esta noche y sin que lo sospeches (estés donde estés), te pertenecen, a ti, y solo a ti: GG, desquiciado recuerdo. Fantasma prematuro.

Y entonces, abro los ojos. Y te arrojo un clavel.

Por G Jaramillo Rojas

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hector(30389)22 de diciembre de 2020 - 02:19 p. m.
Excelentes cuentos. esta es otras de las cosas que me gustan del espectador
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