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Tinta Club del Libro es una iniciativa que propone una experiencia de lectura mensual a través del envío de libros seleccionados por curadores invitados. Cada edición incluye un título en una edición producida especialmente para el club, acompañado de materiales editoriales que contextualizan la obra y su elección.
Este proyecto articula la figura del curador como eje de su propuesta editorial. Escritores y agentes del campo literario participan en la elección de los títulos y en la construcción de un marco de lectura que se extiende más allá del libro, mediante textos y espacios de intercambio asociados a cada edición. Tinta se plantea así como un dispositivo de mediación entre autores, obras y lectores, con una periodicidad mensual.
La siguiente entrevista corresponde a la segunda parte de una conversación con Gioconda Belli, una de las curadoras invitadas por Tinta Club del Libro en 2025. Su publicación se realiza en el marco de una alianza entre Tinta y El Magazín Cultural de El Espectador, que busca compartir con el público las reflexiones de los curadores alrededor de la literatura.
¿Cuáles han sido sus rituales como lectora? ¿Lee en alguna hora específica, subraya los libros, lee en papel?
He aprendido a leer en libro electrónico también, porque durante la pandemia, por ejemplo, y en Nicaragua, que es donde yo estaba viviendo, es bien difícil conseguir libros, y el Kindle y Amazon me daban la posibilidad de descargar un libro con Internet desde mi casa y eso es una maravilla. Además, los podés llevar fácilmente, porque antes, siempre que yo viajaba, me llevaba como tres o cuatro libros, y realmente es un montón de peso en el equipaje. Y claro, me encanta el papel, por supuesto; y a veces subrayo, pero no, tiene que ser algo que realmente me impacte de una manera tremenda. Antes subrayaba más, ahora subrayo menos; pero sí, son un recordatorio de lo que importaba en determinado momento. Eso sí, me encanta leer un libro subrayado por otras personas.
En esta novela que escribí, hay toda una reflexión sobre eso. Una mujer que llega de Nicaragua a la casa de su madre, que también es nicaragüense y que murió en España; ella llega a hacerse cargo de las cosas de la madre. Justo llega cuando declaran el confinamiento de la pandemia, entonces se queda en la casa con todas las cosas de la mamá. Y empiezan a pasar cosas extrañas; es una novela medio thriller también, pero hay una reflexión sobre los libros, donde ella empieza a abrirlos y se va encontrando cosas; a mí me pasa a mí también, papelitos, notas, recetas, los tickets de los aviones, qué sé yo. Y entonces, ella hace toda una reflexión sobre dónde han estado esos libros, cómo se mancharon de vino, de protector solar, dónde fueron estos libros con la gente. Empieza a reflexionar sobre la vida del libro en las manos de otra persona. Me parece bien linda la idea, porque sí creo que los libros tienen esa vida, y cuando uno agarra un libro usado de alguien, eso es lo que sentís, que ese libro estuvo en otras manos, que otras personas encontraron otra vida en ese libro.
¿Hay algún escritor(a) de la historia del que le gustaría ser amiga? ¿Virginia Woolf, por ejemplo?
Me encantaría, me encantaría conocerla. Aunque no sé qué tal sería una conversación con ella, porque lo que pasa con muchos escritores, creo yo, es que no es lo mismo leerlos que hablar con ellos. Si somos escritores es porque escribimos, porque el medio para decir lo que queremos es la escritura. Yo siempre pienso, bueno, a veces un escritor que te fascina, cuando lo conoces en persona, no es quien vos esperabas. Aunque tengo algunos amigos escritores que no me han desilusionado como habladores también. Por ejemplo, Juan Villoro, el mexicano, que es simpaticísimo; García Márquez era muy simpático para platicar, Cortázar, que aunque muy calladito y lento, era fantástico y decía unas cosas muy profundas… Fíjate que tuve la suerte de conocerlos y de conversar con ellos. Pero una vez me encontré con Orhan Pamuk, y fui a verlo, a hablar con él, y no me impresionó tanto, pero me encanta lo que escribe. Otro que me impresiona mucho y que tiene una gracia y un encanto es Salman Rushdie. Somos muy amigos desde hace mucho tiempo. Pero esperar que vas a encontrar en el escritor que estás viendo en persona lo que escribió es hacerse una ilusión vana.
¿Hay algún libro publicado que le hubiera gustado escribir?
Me hubiera gustado escribir un libro multitudinario como Las mil y una noches. Ese tipo de cosa que no se acaba, que se está reproduciendo y que tiene ese incentivo, que si no escribiste, morís, si no escribiste, matan, que pudiera haber tenido yo ese sultán que me va a matar si no escribiera. Eso me provoca la idea. Hay un escritor que se llama Lawrence Durrell, que me encanta; escribió El cuarteto de Alejandría, que me deslumbró cuando yo tenía como 20 años, y son varias historias, de varios protagonistas que están en Alejandría. Una se llama Justín, yo me llamé Justín en la guerra por mi amor a ese libro, y Sergio Ramírez también amaba ese libro y se llamaba Baltazar, otro personaje del libro. Y La señora Dalloway, me hubiera ganado el premio Nobel con ese libro porque es maravilloso, un libro tan trascendente sin ser trascendente, de un hecho intrascendente, como es ir a comprar unas flores, y ella lo convierte en un libro trascendental, donde cada frase es deslumbrante. Y Cien años de soledad, un libro deslumbrante también, nunca volvés a ver América Latina igual, con la misma cara; hay toda una revelación de la imaginación de Latinoamérica, es para mí la biblia de América Latina. Y Borges… es que realmente somos muy privilegiados, vivimos en una época donde hemos tenido acceso a tantísima literatura buena.
Cuéntenos de su biblioteca, ¿cómo la organiza? En este caso tan específico, ¿tiene sus libros consigo?
Logré traerme mis libros de Nicaragua; fue algo mágico. Solo cuando ya estuvieron aquí me sentí como completa; hasta escribí un poema diciendo “ahí vienen mis libros, me dan ganas de lamerlos”, como si yo fuera un perro, porque me hacían tanta falta y ahí están en mi casa, está llena de libros. Llegaron más de 300 cajas y ya sabes, no es fácil ubicarlos en estos apartamentos en España que no son grandes.
¿Mi relación con mis libros? Pues ahorita están en un desorden absoluto, porque muchos los tuvieron que poner de tres en un fondo para poderlos acomodar. Pero yo tenía una estantería de toda la literatura nicaragüense, en un espacio completo en mi biblioteca; tenía un espacio para la no ficción, para los libros clásicos y después toda la ficción, que no la tenía organizada ni alfabéticamente ni por país ni nada, era una mezcla; no tengo una gran organización para mi biblioteca. Y eso es un gran problema, porque a veces querés un libro y antes yo sabía dónde estaba el libro, porque de alguna manera en mi mente podía ubicarlo, pero ahora aquí es más difícil, pero no importa, ya están conmigo.
Es autora de poesía, cuentos, ensayos, novelas, libros para niños, además de textos periodísticos. ¿Cómo hace para elegir el formato desde el cual hablar? ¿Planea cuándo va a escribir una novela?
Se puede hacer de las dos maneras. Me ha tocado hacerlo de las dos maneras. Cuando escribí El percamino de la seducción, no tenía ni idea de que iba a aparecer Juana de Castilla ahí, pues lo empecé a escribir pensando en describir el internado donde estuve. Cuando escribí La mujer habitada, empecé con otra idea, siempre la mujer en el árbol, pero al principio era una mujer que había vivido antes de la revolución y otra que vivía después; todo eso cambió, me apareció Itzala, India, y fui metiendo todo eso.
¿Y qué he decidido yo? Son dos procesos diferentes. La poesía no la escojo, ella viene a mí y de repente siento la inspiración de una frase o algo; tengo que sentir cómo la piel se me pone más porosa por varios días. Hay un poema en el que digo que me parece que voy a estornudar flores porque sí, hay como una sensibilidad especial y de repente cruza la frase por la mente y en ese momento la tengo que escribir y no sé hasta dónde voy a llegar, qué va a salir; tengo una vaga idea y esa es una belleza. Es como una catarsis, como que todo eso que has acumulado de repente tiene que expresarse. La novela es otra cosa. La empiezo a cocinar en mi cabeza, que si voy a hacer esto o lo otro, y ya cuando me pongo a escribir también es un descubrimiento constante. Virginia Woolf decía que la novela es como una isla en la niebla y que vos haces un puente y que vas construyendo el puente y que solo en la medida en que el puente va siendo construido y que vos vas caminando para adelante en ese puente, la niebla se empieza a disipar, y esa para mí es la metáfora perfecta de escribir una novela porque es pura intuición y el mundo que empezaba a crear también tiene sus sorpresas, lo que creas va creando su propia vida y entonces esa vida la tenés que reflejar y te va dando a vos ideas y la imaginación es extraordinaria.