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Giotto di Bondone y el descubrimiento de la naturaleza

Giotto di Bondone pintó la vida de san Francisco de Asís: un relato en imágenes que nos ayuda a entender la emergencia de una nueva filosofía natural que marcó el arte y la ciencia del Renacimiento.

Mauricio Nieto Olarte

10 de mayo de 2026 - 09:00 p. m.
“San Francisco predica a las aves”, fresco en la basílica de Asís, atribuido a Giotto di Bondone (1300).
Foto: Wikimedia Commons.
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“Las vidas de los más excelentes arquitectos, escultores y pintores italianos” (1550) de Giorgio Vasari (1511-1574) se ha convertido en una fuente ineludible y la obra más citada por los historiadores del arte del renacimiento italiano. Vasari introdujo la expresión “rinascita” (renacer) para referirse al florecimiento de las artes en Italia y es, de cierta manera, responsable de la idea misma del renacimiento del arte italiano.

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Entre sus entretenidas biografías de todos los artistas que consideró relevantes de la Italia moderna sobresale la de Giotto di Bondone (1267-1337) a quien le atribuyó el mérito de haber dado a la pintura un nuevo rumbo que recuperaba el virtuosismo perdido del arte de la antigua Grecia.

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En su nota biográfica de Giotto, Vasari cuenta la historia de cómo, en un paseo por los alrededores de Florencia, el célebre maestro Cimabue (1240-1302) vio un joven pastor dibujando sobre una piedra plana una de sus ovejas con impresionante realismo.

Deslumbrado con el talento del niño, el maestro Cimabue pidió permiso a su padre de llevarlo a Florencia para entrenarlo en el arte de la pintura. El joven pastor se convirtió en el pintor italiano más afamado del siglo XIV, quien, según Vasari, “desterró el tosco estilo bizantino y resucitó el buen arte de la pintura moderna”.

Poco importa si esta leyenda del descubrimiento fortuito del talento del joven Giotto es o no verídica, es uno más de los muchos testimonios sobre su extraordinario talento. Su virtuosismo fue exaltado con vehemencia por grandes figuras de las artes, las letras y la política italiana del temprano renacimiento.

En su “Divina comedia” Dante Alighieri (1265-1321) escribe: “Cimabue creía que ostentaba el triunfo de la pintura, y ahora el éxito es de Giotto…”. En el “Decamerón”, Giovanni Bocaccio (1313-1375) se refiere a Giotto como “una de las luces de la gloria de Florencia” cuya pintura “había hecho volver a la luz aquel arte que durante siglos había estado sepultado por el error de algunos que creían que se debía pintar para deleitar la vista de los ignorantes en lugar del intelecto de los sabios.” Francesco Petrarca (1304-1374), quien al parecer poseía una de sus obras, lo llamó “el primer pintor de nuestra época”. Los hombres más ricos de Padua, el rey de Nápoles, los poderosos banqueros de Florencia, e incluso el Papa, quisieron contar con sus servicios. Lorenzo de Medici hizo grabar el siguiente epitafio sobre una efigie en mármol de su admirado artista:

“Yo soy quien volvió a dar vida a la pintura, arte extinguida, /tuve una mano tan segura como hábil, / y a mi arte solo le faltó lo que le faltara a la naturaleza, / y a nadie se le permitió pintar más ni mejor…. En fin, yo soy Giotto ¿para qué decir todo esto? / Mi nombre valdrá como un largo poema.”

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La mayoría de estos elogios provienen de sus paisanos florentinos que se suman a la celebración de un renacer de la cultura en su propio tiempo y ciudad. Los superlativos sobre la genialidad de un individuo que sobrepasa a sus contemporáneos y la idea de un padre fundador de toda una tradición estética deben ser vistos con cautela.

Para empezar, los expertos siguen debatiendo si la prolífica obra que se le atribuye es realmente suya. Como ocurre con otros afamados artistas es importante entender el papel de los talleres y labor colectiva que requiere la manufactura de una obra tan profusa e imponente como la atribuida a Giotto; tampoco podemos olvidar la influencia de su maestro y otros artistas que en su tiempo empezaban a tomar distancia de los cánones de la pintura bizantina.

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No obstante, los más cuidadosos historiadores del arte no pueden negar la importancia, la novedad e influencia de la obra atribuida a Giotto y seguimos leyendo expertos que destacan su capacidad de narrar escenas bíblicas o históricas con un realismo inédito, su capacidad de evocar profundos sentimientos, la dignidad y humanidad de sus personajes, el novedoso uso de la perspectiva y para una larga tradición historiográfica se le sigue señalando como el punto de partida del celebrado naturalismo del arte del renacimiento.

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La cercanía de Giotto con la orden franciscana y su fascinación por la vida de su fundador nos ayudan a entender el sentido filosófico de su obra. San Francisco de Asís (1181-1226) es una de las figuras más seductoras del cristianismo y hoy es el santo patrón de los ecologistas. Hijo de un acaudalado comerciante, Francisco decidió renunciar a sus bienes y tener una vida ejemplar en la más absoluta austeridad predicando el voto de pobreza como una virtud del buen cristiano. Una de las famosas escenas de la vida del santo pintada por Giotto es “El despojo de los bienes” en la cual, ante la sorpresa de notables testigos, San Francisco renuncia a su herencia paterna despojándose incluso de su ropa como señal de desapego de lo material. Solo dos años después de su muerte, San Francisco fue canonizado por la Iglesia Católica y pronto la orden tendría un creciente poder con varios papas franciscanos. El éxito de la orden en las altas jerarquías de la Iglesia resulta paradójico: la historia del catolicismo romano no ha sido exactamente un modelo de austeridad y el mismo Giotto se convirtió en un próspero empresario divulgando la filosofía franciscana.

Entre los numerosos frescos que decoran la basílica de San Francisco de Asís con escenas de la vida del santo está “La predicación de las aves”, que llama la atención por su conmovedor mensaje: una temprana expresión de ideas decisivas para el arte y la ciencia modernas. Con Giotto, los fondos dorados recurrentes en la iconografía religiosa bizantina son sustituidos por escenarios naturales y realistas, literalmente “descubriendo” la naturaleza. Las escenas no solo evocan realismo por el uso de la perspectiva y la cuidadosa representación de entornos naturales, sino también porque con frecuencia tienen lugar en un entorno social específico, donde aparecen testigos verosímiles que, con sorpresa, parecen corroborar la veracidad de los hechos.

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Con la aureola que denota su santidad, descalzo y con un gesto y unos atuendos humildes, San Francisco se dirige a un grupo de aves que parecen estar atentas a sus palabras. La escena nos enseña que el encanto de sus sermones no se limitó a los humanos, sino a todas las creaturas de Dios. Este episodio es narrado por san Buenaventura, quien dice que les dijo a las aves: “Hermanas aves, alabad al Creador, que os ha dado vuestro bello plumaje y alas para volar…”. No solo los hombres, sino todas las criaturas de Dios deben alabar la belleza de la naturaleza y de su propia creación.

La pintura es una bella expresión de la devoción franciscana: además de la Biblia, la naturaleza es el gran libro de la revelación. Una idea central para la tradición hermética y para los humanistas neoplatónicos, como Marsilio Ficino o Pico della Mirandola, quienes predicaron que la diligente observación de las maravillas de la naturaleza es el mejor camino hacia la verdadera religión y la adoración del Creador. Se trata de una idea fundamental de la temprana modernidad europea, que se repite en grandes protagonistas de la revolución científica como Kepler, Galileo y Newton.

Por Mauricio Nieto Olarte

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