Goethe y Schiller se conocieron en el verano del año de 1788, porque tuvieron la voluntad de conocerse. En aquella decisión importó bien poco que pensaran o sintieran distinto, y que hubieran tenido alguna discusión por medio de terceras voces. Los dos eran conscientes de la trascendencia de sus diferencias, y de lo diferente. Los dos se buscaban mucho antes de saludarse por vez primera, de decirse que se admiraban y respetaban. Se necesitaban. Tomaban el uno del otro. Se robaban, en aquellos tiempos en los que las ideas, las palabras y las imágenes eran de la humanidad, no de aquel que las registrara en un departamento de derechos de autor y creyera, por aquel registro, que eran suyas y que podía comerciar con ellas.
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Schiller y Goethe eran una de las más acabadas muestras de aquellos años y, en particular, de la germanizad. Como escribió R. W. Emerson cinco décadas más tarde, “A la inteligencia germánica le falta la desenvoltura francesa, el fino entendimiento inglés y el espíritu de aventura americano; pero tiene una especie de probidad que jamás se contenta con una realización superficial, sino que pregunta constantemente: ¿Para qué fin? Un público alemán exige sinceridad a toda prueba. Bien; ahí tenemos actividad del pensamiento; pero, ¿para qué? ¿Qué quiere decir ese hombre? ¿De dónde, de dónde proceden todos esos pensamientos? El talento solo no puede formar a un escritor. Tiene que haber un hombre detrás del libro…”.
Emerson hablaba de Goethe, y de Schiller también, aunque no lo nombrara. Los describía cuando decía que se requería una persona que le diera validez “a las doctrinas que sostiene, y que exista para ver las cosas de ese modo y no de otra manera”. Minimizaba el método, e incluso, la forma. “¿Qué importará que tropiece o balbucee? ¿Que su voz sea áspera o sibilante? ¿Que su método y sus metáforas sean inadecuados. Su mensaje hallará métodos e imágenes, articulación y melodía. Aunque fuese mudo, hablaría. Si no -si no existe semejante palabra de Dios en un hombre-, ¿qué nos importará que sea diestro, facundo, brillante? Constituye una gran diferencia para la fuerza de un pensamiento que haya detrás de él un hombre o no lo haya”.
Había un hombre detrás de las palabras de Goethe, y uno tras las de Schiller, y uno más tras las que escribieron juntos en un ensayo que titularon “Über epische und dramatische Dichtung”. Y como decía, gritaba Fausto, “Dos almas ¡ay de mí!, imperan en mi pecho y cada una de la otra anhela desprenderse. Una, con apasionado amor que nunca se fatiga, como con garras de acero a lo terreno se aferra; la otra a trascender las nieblas terrestres aspira, buscando reinos afines y de más alta estirpe”. Cada uno era mil o más hombres en uno, y quería y buscaba serlo. En la diversidad estaban el conocimiento, la sabiduría. Schiller, afirmaban y aseguraron quienes lo conocieron, era la pasión. Y Goethe, la mesura, la razón, el pensamiento.
Schiller huía de su condición de niño terrible de la literatura y la cultura alemanas, y buscaba ser, de alguna manera, más Goethe. Por eso le escribió el 13 de junio de 1794 para invitarlo a que colaborara con algunos de sus textos en la revista Die Horen, que saldría un año más tarde con escritos de Hóllderling, Alexander von Humboldt, Herder y Goethe, por supuesto, entre otros. A finales de julio se encontraron por vez primera. Pese al revuelo que había causado Die Raüber (Los bandidos) entre la crítica y el público, Schiller sentía que le hacía falta concentrarse, y de alguna forma, volver a sus orígenes, a las fuentes. No quería pasar a la historia como un “exitoso” poeta de su tiempo, si no como un inmortal.
En septiembre visitó a Goethe en su casa y estuvo dos semanas allí, tratando de mantener sus viejas costumbres de dormir hasta tarde, escribir en las noches, y hacerlo solo si había “olor a manzanas podridas”, como dijeron sus múltiples biógrafos años más tarde. Necesitaba enemigos, fuego, incendios, odio, así fueran inventados. Goethe sonreía ante aquella necesidad. De alguna manera, él vivía en su propia caldera, pese a que no hablara con Schiller de ello, o no mucho. El resumen de su vida, la gran verdad de su vida, “He vivido, amado y sufrido. Eso es todo”, lo dejaba más para sus escritos que para sus conversaciones, más para su obra que para el posible chismorreo que podría desencadenar una sentencia como aquella.
“Cualquiera que conozca el carácter y la obra de ambos escritores, sabrá que esa conjunción amistosa no podía estar sino llena de dificultades -escribió en El Cultural Antonio Colinas-; sin embargo, triunfaron el mutuo estímulo, la complementariedad. Schiller, diez años menor que Goethe, encarnaba el drama romántico europeo con su exaltación de lo heroico y lo mítico. En Goethe pesaba más el pensamiento y el orden y, ya entonces, estaba destinado a ser el paradigma no sólo de la literatura, sino de la cultura alemanas. Pero todo en la vida es dualidad, como nos enseñaron los maestros orientales y ésta se acusa en la amistad de estos dos genios, para cuyos fines intelectuales podían estar destinados los versos que escribió uno de ellos, Goethe: ‘y lo que ha sido dado a toda la humanidad/ quiero gozarlo yo mismo en mi interior, / asir con mi mente lo más alto y lo más bajo…’”.
Lo más alto y lo más bajo fueron la felicidad para Goethe, más allá de que le convinieran, de que estuviera de acuerdo con lo ‘alto’ o lo ‘bajo’, o de que le sacaran una sonrisa. Sabía, lo dijo mil veces y lo enfatizó en Fausto, a través de Mefistófeles, que las palabras en infinidad de ocasiones reemplazaban las ideas, y que con ellas, muchos ‘doctos’, ‘leguleyos’ y ‘politicastros’ confundían a sus oyentes, y a la gente en general. “Pues precisamente allí donde faltan las ideas se presenta una palabra en punto y sazón. Con palabras se puede discutir a las mil maravillas; con palabras es posible erigir un sistema; en las palabras se puede creer a ciegas”. Goethe pretendía trascender las palabras, sobre todo cuando eran una simple etiqueta, un sello y un arma de engaño, aunque fuera consciente de que no podía decir lo que pensaba sino con palabras.
Conocía lo más alto y lo más bajo a través de sus sensaciones y pensamientos y desde las palabras, e intentaba plasmar su paso por esos estados con sus palabras. Junto a Schiller con él y a veces por él, profundizó en dimensiones literarias que no había conocido, precisamente porque Schiller era pasión y fuego, y hielo y depresión. Es decir, lo más alto y lo más bajo desde la sensibilidad y los sentimientos. Entre los dos crearon una pequeña sociedad de búsqueda, de preguntas, de dudas, y en más de una ocasión traspasaron esos objetivos y cayeron en lo que tanto criticaban, la crítica y la burla. Sin embargo, y en cualquier circunstancia, para Goethe y Schiller la palabra era sagrada, y esa sacralización le dio más peso y mayor credibilidad a sus obras. Si ellos escribían o decían algo, detrás de sus expresiones había horas de diálogos y discusiones e ideas de absoluta honestidad.