El Magazín Cultural

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11 Apr 2021 - 9:15 p. m.

Goethe, sus tribulaciones y su obra (V)

Cuando Napoleón Bonaparte se encontró en la ciudad de Erfurt con Goethe, el 2 de octubre de 1808, le dijo “Usted es un hombre”, como si aquel escritor a quien admiraba hubiera sido producto de la ficción.
Fernando Araújo Vélez

Fernando Araújo Vélez

Editor de Cultura
Goethe, sus tribulaciones y su obra (V)
Foto: Nátaly Londoño Laura

Goethe comenzó a vivir por sus libros y sus obras de teatro el día que murió, 22 de marzo de 1832. Su funeral fue un cúmulo de homenajes y de solemnidad, y la noticia de su fallecimiento se dispersó por Alemania y por Europa lenta, pero efectivamente. Fausto, y Werther, y Wilhelm Meister y Poesía y verdad, se empezaron a reeditar una vez más, y La selva negra y El gran copto se volvieron a presentar en el teatro de Weimar, como el más sincero reconocimiento al hombre que había marcado un punto de no retorno en la literatura y la cultura de su país, y en general, en el pensamiento y el arte de Occidente. Desde hacía 50 años su nombre y su apellido habían sido ungidos con el Von de la aristocracia, en parte por su trabajo, por sus frases, sus personajes, en parte por sus labores como consejero del duque Carlos Augusto.

En medio de sus búsquedas, Johan Wolfgang Goethe había pasado a ser Von Goethe, casi sin buscarlo. Años atrás se había mostrado partidario de un cambio en Europa, aunque escribiera que prefería una injusticia al desorden, y sentenció que Napoleón sería el único que podría darle cierto orden a lo que había provocado la Revolución Francesa. El 2 de octubre de 1808 se encontró con él en la ciudad de Erfurt. Con el tiempo, diversos escritores y filósofos, como R.W. Emerson, Paul Valery y Talleyrand se refirieron a aquel momento. Hicieron sus análisis, recrearon la escena y sacaron sus conclusiones, con alusiones al pasado y múltiples hipótesis. Cuando se vieron, Napoleón miró a Goethe con una mezcla de admiración y sorpresa, y le dijo: " Vous êtes un homme! (¡Usted es un hombre!)”.

Le sugerimos leer la primera parte de esta serie dedicada a Johann Wolfgang von Goethe: Goethe, sus tribulaciones y su obra (I)

Pasado un tiempo, Goethe dejo constancia de algunos detalles de aquella charla. “Debo hacer notar, en general -escribió-, que en el curso de nuestra conversación hubo de impactarme la diversidad de sus manifestaciones, pues rara vez escuchaba sin moverse, sin menear la cabeza pensativamente o decir Oui o c´est bien o algo por el estilo, así como tampoco debo olvidar que después de decir algo añadía: Qu´en dit Monsieur Goethe?” Aquel “¿Qué dice usted, señor Goethe?” era, fue la manera en que Napoleón Bonaparte le hizo reverencias a Goethe. Palabras más, palabras menos, parecía necesitar de su aprobación. El hombre de las mil y una batallas, que había doblegado a media Europa y que pretendía conquistar a la otra media, también vivía y se desvivía por encontrar algo de sabiduría, o más sabiduría.

Goethe era el hombre para él. El hombre, como aquel que tanto anhelaba Diógenes, un hombre sin falsas posturas. El hombre, y solo un hombre, también, muy a pesar de su profunda y vasta obra. Napoleón había leído en reiteradas ocasiones Las tribulaciones del joven Werther. Incluso, tenía subrayadas algunas páginas. Cuando se vieron, le preguntó a Goethe: “¿Por qué escribió usted eso? Es contrario a la naturaleza”. Sin embargo, su respuesta quedó en el misterio. Ninguno de los dos habló de ella. Lo más cerca de alguna pista fue lo que le comentó Goethe a Johann Peter Eckermann para su libro Conversaciones con Goethe: “Quizá se le pueda perdonar al escritor el que se valga de un recurso difícil de descubrir con el fin de producir ciertos efectos, que no podría lograr por vías sencillas y naturales”.

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Eckermann había buscado a Goethe siendo muy joven para aprender de él, para tomar todo lo que pudiera tomar. Para robarle por las buenas algo, un poco de su hálito y un mucho de su sabiduría. Goethe lo acogió. Le enseñó. Conversaron, convivieron, y juntos fueron construyendo una de aquellas amistades que añoraban, más razón y voluntad que sentimientos, más entender que juzgar. Eckermann tomó notas de todo lo que pudo, y fue por la vida con el firme propósito de escribir sobre su maestro. Sus charlas, por supuesto, pero también sus silencios, sus lecturas, su humor. Antes de que se conocieran, el 10 de junio de 1823, Eckermann había intentado ser pintor y estudiar dibujo, y de aquel anhelo había pasado a desear ser abogado y a intentar matricularse en la Universidad de Gotinga para graduarse de filólogo.

Sin embargo, como escribió en su blog de notas Alejandro Cernuda, “poco a poco fue quedándole la literatura. Escribió un cuadernillo de versos que al parecer eran un guiño a Goethe y se lo envió. El autor de Fausto, con casi setenta y cuatro años, le contestó positivamente. Eckermann, sin pensarlo dos veces, se puso en camino a Weimar”. En algunos de los cientos de folios que llenó con la vida y las ideas de Goethe, reseñó el encuentro de su maestro y Napoleón, y por supuesto, parte de los comentarios que suscitó aquel momento, así como millares de otros grandes sucesos. El día después de su muerte, como lo reseñó en sus “Conversaciones”, escribió: “A la mañana siguiente de la muerte de Goethe, me entró un vivo deseo de ver una vez más su terrenal despojo. Friedrich, su fiel criado, me abrió la cámara en la que estaba expuesto el cuerpo”.

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Goethe, reseñó, “Descansaba tendido boca arriba, como si estuviera dormido; una profunda expresión de paz y de fuerza reinaba en los rasgos de su noble y sublime rostro. Su poderosa frente parecía que todavía pensase. Hubiera deseado tener un rizo de su cabello, pero un respetuoso temor me impidió cortarlo. El cuerpo yacía desnudo, envuelto en una sábana blanca. A su lado, habían puesto grandes bloques de hielo para conservarlo fresco el mayor tiempo posible. Friedrich apartó la sábana y me quedé estupefacto ante el divino esplendor de esos miembros. El pecho abombado, potente y ancho; los brazos y los muslos,, carnosos y delicadamente musculados; los pies, delicados y afinados, y ni un rastro de grasa, flaccidez o caducidad en todo el cuerpo. Ante mí descansaba un hombre completo, en la plenitud de su belleza”.

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Eckermann estaba tan embelesado en la contemplación del cadáver de su maestro y amigo, que por instantes olvidó que había fallecido. “Olvidé que el espíritu inmortal se había retirado de aquellos restos mortales. Puse mi mano en su corazón -todo era silencio- y me di la vuelta, para dar rienda suelta a las lágrimas que había estado reteniendo hasta entonces”.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual es editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.Faraujo@elespectador.com
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