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Grecia, antes de la democracia (Rumbos de democracia III)

Varios milenios tuvieron que transcurrir en las tierras de la antigua Grecia para que surgieran allí las primeras formas de gobierno y la democracia. Las guerras, el comercio, las conquistas, los dioses, los consejos de los oráculos y la voluntad de los hombres fueron forjando aquel mundo que, de muchas maneras, fundó el actual.

Fernando Araújo Vélez

13 de mayo de 2026 - 02:00 p. m.
Imagen de referencia.
Foto: Ministerio de Cultura de Grecia / EFE - Ministerio de Cultura de Grecia
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En Delfos, desde los años del siglo VI, e incluso más allá, el dinero y los bienes circulaban por doquier. Las riquezas que llevaban aquellos que lo consultaban, a veces para pagar sus sesiones, a veces como forma de agradecer los favores de la Pitia y los sacerdotes, hicieron que el oro, el mármol, los templos, las telas y las piedras preciosas se acumularan y multiplicaran. De la mano de los consultantes, y llamados por los tesoros, llegaron los mercaderes, y con los mercaderes, los prestamistas y cambistas, los intermediarios y agiotistas, que prestaban diferentes bienes y recibían a cambio algunos extras de la paga concedida. También se ofrecían para guardar a buen recaudo los tesoros de los que estuvieran interesados.

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Según las historias de Heródoto y Tucídides, entre algunos otros, los primeros bancos de la historia funcionaron en Delfos, por lo menos, los primeros sistemas bancarios, aunque más de un siglo antes, hacia los años dos mil antes de Cristo, en la India, en Asiria y Sumeria ya existían los cambistas de mercancías, y de modo rudimentario, las funciones que harían famosos a los bancos. Pese a que entonces la cultura de la riqueza no se había expandido tanto como ocurrió tiempos después, los dueños del comercio y los acumuladores tenían cierto poder. Era inferior al de los gobernantes y al de los sacerdotes, e incluso al de los sabios de cada cultura, pero tenía su peso, y ese peso se iniciaba con la política.

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La historia de Grecia comenzó a escribirse hacia el año 6.500 a. C., cuando se establecieron en Tesalónica los primeros pobladores, provenientes de las estepas rusas. Eran, ante todo, cultivadores, y ya conocían el bronce y lo trabajaban. Habían dejado a un lado las dagas y fabricaban espadas. Era el primer paso de su fortalecimiento, que se vio potenciado por la geografía de aquellas tierras a las que llamaron Hélade, repletas de penínsulas y de islas, y que con el correr de los años se transformaron en ciudades-estado, o polis. Desde aquellos lugares, los primeros pobladores se dedicaron a conquistar el mar, a conocerlo, y luego, a comerciar con los pueblos de las comarcas cercanas de lo que después sería Asia menor, fundamentalmente.

Poco a poco se fueron consolidando distintas civilizaciones. La primera fue la minoica, durante los años del tercer milenio a. C., en la isla de Creta, que tomó su nombre del rey Minos, el hijo de Zeus según la leyenda. Los minoicos o cretenses eran agricultores y artesanos; sabían de arquitectura y, de acuerdo con distintos investigadores, ya tenían un sistema propio de escritura, aunque no haya sido descifrado del todo. En la misma Creta, cien años más tarde, surgieron los aqueos, el primer pueblo griego como tal para algunos historiadores, que también fue conocido como el de la civilización micénica, pues su principal ciudad era Micenas, un centro político, guerrero y económico desde donde las autoridades, esencialmente religiosas y militares, gobernaban todo el territorio.

Los micénicos trascendieron el tiempo, en gran medida, por los poemas de Homero, La Ilíada y La Odisea, que relataron algunas de sus distintas historias, y que se fueron convirtiendo en las fuentes de la literatura occidental. Aquellos veintiocho mil versos hicieron que los griegos se refirieran a ellos como luego lo harían con la Biblia o el Corán, los cristianos o los musulmanes. Para Peter Watson, los personajes de Homero eran dioses y guerreros, héroes con “dotes excepcionales”, más allá de que sus historias no fueran absolutamente verdaderas, o por lo menos, no hayan podido ser demostradas. “Al componer sus poemas, Homero aprovechó una enorme cantidad de poemas y cantos que se habían estado transmitiendo oralmente durante generaciones. Estas composiciones se basaban en mitos y ‘mythos’, la palabra griega de la que deriva nuestra expresión, significa en realidad “palabra”, en el sentido de “última palabra”.

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El pueblo de Micenas era y tenía que ser de guerreros, y su gran golpe de autoridad fue la toma de Troya. En los siglos posteriores padecieron diversas invasiones de pueblos y ejércitos provenientes del norte, especialmente el de los Dorios, y cayeron en una larga etapa de oscuridad que duró más de trescientos años, hasta el 800 a. C., aproximadamente, cuando surgieron las polis, o estados-nación, independientes unas de otras, y versadas tanto en agricultura como en artesanía, arquitectura y letras. Los principales terratenientes eran quienes ostentaban el poder, y una de sus prioridades fue la expansión de sus territorios por el Mediterráneo, lo que los llevó a nutrirse de diversas lenguas y saberes, relaciones, intercambios, y al mismo tiempo, enemistades.

Durante este período comenzaron a surgir en la antigua Grecia dos modos esenciales de gobierno, las aristocracias y las oligarquías. Las aristocracias estaban constituidas por los “más capacitados”, los “aristoi”, que heredaban el poder y el saber gobernar de generación en generación. Las oligarquías, el gobierno de unos pocos, del griego “oligos”, eran una variante de la anterior, en la cual había cabida para unas cuantas personas más. De una u otra manera, y según uno u otro sistema, el gobierno de las polis estaba en manos de los personajes más poderosos de cada región y era hereditario. Las familias que ostentaban los poderes educaban a sus hijos para manejar el gobierno y gobernar, para organizar al pueblo, relacionarse con las divinidades y enfrentar a los enemigos, que siempre estaban al acecho.

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Las guerras y la posibilidad de que sus riquezas desaparecieran de un momento a otro, o de una toma a otra, llevaron a los aristócratas y oligarcas a ir cambiando sus valores con respecto a los tipos de gobierno que sus pueblos debían tener. Si antes los reyes-sacerdotes eran los que dictaminaban lo que debía y no hacerse, de acuerdo con la voluntad de los dioses, luego de las invasiones de los Dorios, fundamentalmente, los nobles empezaron a inclinarse por darles su poder a los guerreros, “arcontes”, jefes de guerra independientes que conocían el mundo de las armas, de la geografía y la estrategia, y más allá de aquello, que eran férreos cultores de la disciplina. El antiguo rey sacerdote fue reemplazado por el rey guerrero.

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Como lo reseñó Peter Watson en su libro de “Ideas, historia intelectual de la humanidad”, “Según la tradición, el primer arconte fue Medón, que ocupó el cargo de forma vitalicia y a quien sucedió su familia. El rey perdió poder, pero continuó siendo el principal sacerdote de la ciudad. Las tareas judiciales se separaron. Mientras que el arconte pasó a ocuparse de los litigios por la propiedad, el rey se encargó de los casos relacionados con la religión y los homicidios”. Unas líneas más adelante, Watson escribió que aquel sistema tenía “cierta similitud con el que estaba teniendo lugar en Mesopotamia”, y que como en tantas otras ocasiones, la guerra era el escenario que estaba siempre de fondo para las determinaciones que tomaban o dejaban de tomar los pueblos antiguos.

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Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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