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Greta Thunberg y nuestro “complejo de hijo de puta”

El complejo mencionado por el escritor Fernando González en "Los negroides" (1936) aporta una discusión a la crítica que varios sectores han realizado en contra del discurso de Greta Thunberg en Naciones Unidas.

Damián Pachón Soto /dpachons@uis.edu.co

25 de septiembre de 2019 - 07:00 p. m.
Greta Thunberg, la activista sueca de 16 años que se pronunció en la pasada Cumbre de Cambio Climático de Naciones Unidas promoviendo el cuidado y preservación del planeta. / Getty Images
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Tras el contundente discurso de la joven sueca Greta Thunberg en Naciones Unidas, increpando a los poderosos del mundo para que tomen medidas efectivas contra el cambio climático, ha salido la derecha a criticarla, pero lo que es más paradójico, sectores de las llamadas teorías decoloniales latinoamericanas “críticas”, han atacado y minusvalorado su discurso por tratarse de una joven “blanca”, “europea” y privilegiada.   

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En Los negroides de 1936, el pensador antioqueño Fernando González Ochoa habló del “complejo de hijo de puta” de los latinoamericanos, para referirse a nuestro complejo de inferioridad frente a los europeos. Ese mismo complejo de inferioridad y el correlativo fetichismo por la cultura europea, fueron denunciados en los años noventa (y en la primera década del siglo XXI) por las teorías decoloniales surgidas en América Latina de las reflexiones de pensadores como Enrique Dussel, Walter Mignolo, Edgardo Lander, Ramón Grosfoguel, Santiago Castro-Gómez, Nelson Maldonado Torres, entre otros. Pues bien, estas teorías denunciaron el eurocentrismo, el mito de la modernidad, la colonialidad del saber, del poder y del ser, la violencia epistémica ejercida por España contra los saberes indígenas, y le apostaron a una descolonización del pensamiento, de la cultura y de la universidad latinoamericanas. Igualmente, denunciaron el racismo, el logocentrismo, las relaciones de poder hegemónicas del Norte frente al Sur y, más recientemente, el patriarcado. En fin, denunciaron y llamaron a superar las llamadas “herencias coloniales”.

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En los últimos años, la decolonialidad con su gran potencial crítico, ha devenido en un nuevo “ismo”, esto es, en una nueva doctrina, que empezó a ser aplicada a los estudios históricos, filosóficos, jurídicos, artísticos, etc. Para decirlo claramente, se ha convertido en una doctrina de pensamiento de culto, cada vez más cerrado y dogmático, incapaz de valorar el aporte de otras culturas y tradiciones, incluyendo a la misma tradición europea, olvidando así, por ejemplo, que si bien el mismo Enrique Dussel ha sido un duro crítico de la modernidad y el eurocentrismo, siempre resaltó que Fray Bartolomé de las Casas -un teólogo dominico, español, europeo- fue el primer crítico de la modernidad, la cual, según la filosofía de la liberación, inició en 1492 con el llamado “sistema-mundo”, concepto creado por el fallecido sociólogo Inmanuel Wallerstein.

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Pues bien, hoy algunos seguidores de las teorías decoloniales, que pululan de Norte a Sur, sostienen que el discurso de Greta Thunberg dado el 23 de septiembre en la ONU está al servicio de los poderosos, del capitalismo verde, pues ella proviene de un país de blancos, privilegiados, que se ha beneficiado históricamente de la explotación europea del mundo periférico, es decir, de la expoliación de los recursos de los países subalternizados, razón por la cual su discurso no da cuenta de las relaciones de poder, del racismo y de los múltiples problemas que padecen las sociedades del Sur global que potencian y están relacionados con el cambio climático y la destrucción ambiental. En fin, en nombre de nuestras luchas indígenas, líderes sociales asesinados, nuestros afros, nuestros movimientos sociales del Sur, descalifican, minimizan, rechazan y señalan la lucha de Greta, como si su lucha para ser justa exigiera que hubiera nacido en Bolivia, fuera mulata o india pobre.

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A decir verdad, estas posiciones decoloniales son un exabrupto que no hacen justicia a los miles de ambientalistas asesinados en el mundo por grandes compañías o intereses corporativos, tal como el caso de Berta Cáceres y de su pareja en Honduras. Los decoloniales parecen más interesados en defender sus feudos teóricos que abrirse a la crítica y alimentarse de las luchas de los demás sectores y sus apuestas. Parecen incapaces de articularse con intereses que vayan más allá de los propios. En este sentido es acertada la crítica del pensador colombiano Santiago Castro-Gómez cuando los denomina pachamamistas y esencialistas, si bien su postura republicanista transmoderna parece subvalorar el potencial político de los autonomismos.

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Las teorías decoloniales parecen haber entrado en un serio declive debido a su fanatismo teórico, su ceguera y su incapacidad de aceptar los aportes provenientes de la misma Europa. Parece que en su ecuación ideológica maniquea “Europa” es igual a blanco y a “mal radical absoluto”. En este sentido, su resentimiento histórico frente a la metrópoli y a los europeos, les impide abrazar, celebrar y unirse al elemental llamado a defender a la madre tierra, Gaia o la “casa común” (o como quiera llamársela) que es este bello planeta. Apuntan a que estas reivindicaciones sólo son justas si las hacen y las articulan los sectores que han padecido la explotación y la dominación de la modernidad neoliberal capitalista, como si la desertificación vital del mundo no afectara también a las sociedades desarrolladas. 

Hace algunos años, yo mismo celebré en Estudios sobre el pensamiento colombiano (Volumen I, 2011) este movimiento teórico como una de las apuestas críticas más relevantes de América Latina. Hoy, desafortunadamente, frente a este debate, donde ellos, que dicen representar el pensamiento crítico, se ponen a la altura de la senadora María Fernanda Cabal quien calificó el discurso de Greta de patético, han errado el rumbo y han caído en un esencialismo epistémico y en un fanatismo ideológico y político que desdice de sus principios fundantes. El “complejo de hijo de puta” de algunos de sus miembros, para retornar a González, los ha enceguecido frente a la justa, valiente y necesaria lucha de Greta Thunberg y de millones de ciudadanos de la tierra que, por encima de sectas religiosas o teóricas, tienen muy claro quién es el adversario.

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Por Damián Pachón Soto /dpachons@uis.edu.co

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