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Cuando tenía 60 años, Gustavo Angarita dijo que moriría en 2007, que su semblante de viejo sabio —conjugación de barba muy blanca, cabello también blanco pero escaso y ojos oscuros— desaparecería. Ha sobrevivido, entonces, siete años más que cuanto esperaba; ha sobrevivido a su esposa —murió el año pasado— y la ausencia de su hijo, que hace tiempos se fue de casa: suele decir que cuando estuvo con toda su familia bajo el mismo techo fue uno de sus momentos más divertidos. Por ese mismo tiempo, dijo también que se retiraría de la actuación, y aun así presentó en el pasado Festival de Cine de Cartagena un filme dirigido por Víctor García: Encerrada. Gustavo Angarita ha sabido eludir sus predicciones e incumplir sus promesas.
Angarita tiene ahora 70 años y una carrera extensa en teatro, televisión y cine. Lo suyo, entonces, no es el medio: es la imagen, el cuerpo. Su complexión —altura mediana, barba siempre abundante— le ha permitido ser viejo incluso en su juventud: en 1980 interpretó a Rasputín y en 1991 al padre Luis en La estrategia del caracol. Ambos papeles permiten encontrar cierta luz antigua en él, cierta sabiduría impresa en su voz grave y en sus maneras suaves. Angarita ha tenido, incluso desde su juventud, cierta aura de experiencia. "Toda la vida me la he pasado haciendo papeles de viejo —dijo a Kienyke el año pasado—, ya me acostumbré, inclusive cuando teníamos veinte años, uno pensaba que interpretar un personaje era hacer de viejo, entonces decían: 'qué maravilla de actor, como hace de bien esos papeles'".
En los años sesenta, Angarita tenía ya esa barba que lo caracteriza y ese afán por el hecho artístico; estudiaba Filosofía y Letras en la Universidad Nacional y actuaba en el campus de la universidad. Decidió dejar la carrera y dedicarse a la actuación del mismo modo en que lo haría los cincuenta años siguientes: con la pretensión de interpretar personajes que tuvieran sorpresa, fondo, una forma que permitiera moldearlo y mostrarlos en todos sus modos. "Tengo la necesidad de aparecer con una identidad diferente a la mía —dijo en la revista Alo en 2003—. Por eso no sufro de vanidad". Por ese entonces, su carrera siguió bajo ese signo: tuvo papeles en Bajo la tierra, Tiempo de morir —donde interpretó a Juan Sayago—, La casa de las dos palmas, Pisingaña —en escena con Víctor Hugo Morant y Consuelo Luzardo—, La potra zaina, Hombres, La dama del pantano y Pena máxima.
Poco a poco, Angarita fue alejándose de la televisión y divagando más en el cine. La afición al trago, que antes le hacía perder la cabeza por momentos en ocasiones extensos, fue mermando; en su apartamento, junto con su esposa, prefería una vida tranquila, escuchando música clásica, leyendo a Paul Auster. "La depreciación del amor define el paso del tiempo, uno es viejo porque ya no ama" dijo con respecto a su cercanía con la televisión y también quizá sobre la vida entera. "Yo soy muy mal consumidor de televisión —dijo en Kienyke—, pero últimamente, en vista de la soledad, me da por canalear y a ratos veo lo que están haciendo, entonces veo que la gente hace 'falsos positivos' en la televisión; están interpretando un cliché, no hay una creatividad genuina, los clichés se repiten y se repiten, y pienso: '¡Qué bien! me perdí de hacer lo mismo'".
Sus papeles fueron transformándose, y cada vez más no había otra opción que interpretarse a él mismo. Quizá por ello, por esa aura inmediata, Angarita hubiera querido interpretar a personajes con una gran hondura de pensamiento: Sigmund Freud o Albert Einstein. No sólo personajes con sentimientos explotados, sino hombres que piensan. A pesar de tantos cuerpos que había tomado, de tantos seres distintos que había sido, Angarita hubo de aceptar una condena venturosa: con la vejez, no hay más solución que ser uno mismo. Quizá por ello, en cada estreno de una serie o un filme en el que participaba, Angarita eludía verse en la pantalla: porque allí estaba, escondida en ocasiones o visible en otras, una parte de sí mismo. "Claro que extraño actuar —dijo en 2009 en El Tiempo, cuando se estrenaba La casa, una adaptación dramática de Cien años de soledad—, pero no golpeo puertas porque no quiero que nadie se sienta presionado. Los personajes que he ido a buscar no me han salido bien. Es mejor cuando lo buscan a uno, porque eso quiere decir que así es como lo requieren".
Por eso sus papeles se ajustan ahora a esa premisa: en Sofía y el terco —dirigida por Andrés Burgos— y en Encerrada es posible ver esa necesidad, esa total identidad consigo mismo. Todos los angaritas que es Angarita, el actor que después de que murió su esposa dice que se ha quedado sin público. "Ahora —dijo dos años atrás— todos los personajes que hago son de despedida. Adiós, adiós".