Cultura

1 May 2019 - 2:00 a. m.

Hackmed: transformando el veneno

Luisa Steffens “Lu” (voz), Andrés Muñoz “Snake” (guitarra) y Jesús Zárate “Jd” (batería) son los integrantes de la banda bogotana.

Andrés Gómez Morales

“Despertar”, “Control virtual” y “Veneno” hacen parte de la discografía de Hackmed. / Cortesía
“Despertar”, “Control virtual” y “Veneno” hacen parte de la discografía de Hackmed. / Cortesía

Además del placer y el estímulo intelectual que ofrece, la música tiene poderes terapéuticos, incluso sanadores. Sobre el tema ha escrito el pianista clásico inglés James Rhodes en su libro Instrumental (2015): la música cura, ofrece una posibilidad de redención. Se trata de una de las pocas cosas (que no es de índole química) que puede llegar a los últimos recovecos de nuestro corazón y nuestra mente y tener un efecto verdaderamente positivo. A partir de esa premisa aprovecha para hablar sin tapujos de la manera como Bach, Prokofiev, Schubert, Rachmaninov… lo ayudaron a superar las aflicciones emocionales, adicciones y problemas mentales por los que tuvo que pasar a causa de la violencia sexual de la que fue víctima a los seis años.

Lejos de buscar simplificar un trauma, el libro de Rhodes hace parte de una tentativa de hacer visible el fondo caótico y doloroso del que emergen sus interpretaciones. Se trata de una introducción a la música clásica desde una visión trágica del arte que, como lo mostró Nietzsche, invita a decir sí a la vida incluso en sus problemas más extraños y duros. Dentro de las artes, agrega el filósofo, la música ha conquistado el aspecto feo del mundo, originariamente hostil a los sentidos. No en vano decía que sin música la vida sería un error y sobre todo que quienes han sufrido los fondos más trágicos no pueden prescindir de ella como nadie puede prescindir del sueño.

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Aunque la sobreexposición a la música, el acceso instantáneo que tenemos a ella, banaliza la manera como el arte del sonido construye medios simbólicos para transmitir de manera coherente emociones perturbadoras, como en el caso de Rhodes en el ámbito de la música clásica y como sucede también con contados grupos de rock y de música popular. Es el caso de Hackmed, una banda bogotana que lleva un poco menos de una década consolidando un sonido que se ha forjado sobre experiencias individuales sin dejar de lado nuestra trágica realidad social.

Para Andrés Muñoz y Luisa Steffens la música, mediante el concepto “hack”, es concebida como una afirmación vital. El término significa cortar algo en pedazos de manera visceral, como lo hacen los carniceros, pero también remite a buscar soluciones insólitas a problemas complejos mediante la tecnología, como lo hacen los hackers. Hackmed utiliza en sus canciones todos los recursos tanto digitales como análogos para que la música sea una infección en la conciencia, a la manera de un virus informático. Buscan así despertar el pensamiento frente a cargas psíquicas o emocionales desde una perspectiva crítica y creativa de la realidad.

En el 2017 publicaron su primer disco, Control virtual, donde se compilan diez canciones que empezaron a gestar en 2010 como resultado de la mutación del sonido alternativo de su anterior banda, Interior 6, en una amalgama de sonidos cercanos al nu metal (Linkin Park, Evanescence, Tool, Def Tones, Korn) con fuerte presencia de atmósferas sintetizadas propias del pospunk.

La voz de Steffens le imprime a cada tema una fuerza emocional particular sin perder coherencia con el sonido, como puede escucharse en “No voy a caer”, “Rompe cadenas”, “Sin luz” y “Una vez más”. Esa particularidad se configura en la cruda experiencia de la cantante, pues fue víctima, al igual que Rhodes, de abuso sexual cuando era niña con el agravante de que los abusos fueron permitidos por su propia madre. Las letras de las canciones apelan a dejar de lado el victimismo, que Rhodes define como una adicción que resulta más destructiva y peligrosa que cualquier droga, que casi nunca se reconoce, de la que se habla aun menos. Algo insidioso, generalizado, que ha alcanzado magnitud de epidemia. Es la principal causa de esa actitud de creerse con derecho a todo, de la pereza y la depresión en la que estamos inmersos. Es todo un arte, una identidad, un estilo de vida que te brinda una infinita e inagotable capacidad de sufrimiento.

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Las letras en la primera voz de Steffens son un escape del sufrimiento, una esperanza para abrir nuevos caminos y superar los traumas apoyados en el poder de la música. Se trata de himnos épicos que también tocan temas de la realidad social como en “Despertar” o “Cataclismo”. Canciones que han fogueado frente a grandes públicos en eventos como el Día del Rock de 2018, donde demostraron ser una fuerza renovadora y llena de posibilidades. Lo anterior se depura y refleja una evolución en su más reciente trabajo Veneno (2019), un EP que reúne cinco canciones sólidas y equilibradas con una producción impecable.

Esta vez contaron con colaboradores internacionales de lujo como el bajista Jesse Charland (Hoobastank), también con los bateristas Lester Estelle (Kelly Clarkson), Brandon Davies (Panic! At The Disco, Enrique Iglesias), lo que sirvió para ampliar la dimensión de la base rítmica que se siente más orgánica y profunda. La producción estuvo a cargo de Andrés Muñoz con el apoyo en las mezclas de Steffano Pizzaia en la canción que abre el disco, quien ha ganado varios Grammy latinos con artistas de proyección internacional. Robert Venable, reconocido por trabajar con artistas como Megadeth, Twenty One Pilots y Kelly Clarkson, se encargó de la masterización. Este soporte, además de darle a Hackmed una mayor proyección internacional, sirvió para lograr que sonaran más esenciales y seguros en el terreno que han forjado los últimos años.

El trabajo se abre con “A Lot”, un coqueteo con el pop que mientras avanza se convierte en una canción dura que desborda su propia cadencia. “Valiente” es una canción de batalla en la que la guitarra teje una superficie sobre la que la voz de la cantante se desenvuelve alcanzando el paroxismo: “Cierra los ojos, yo me marcharé; aquí ya no queda nada más que perder”. “Veneno” es un himno rockero, un exorcismo de los fantasmas que impiden seguir adelante, aquí las texturas rítmicas acentúan la percusión y le dan claridad a la voz de la cantante. En “Big Dollar”, las voces de Muñoz y Steffens crean una atmósfera densa, en la que se plasma un cuadro crítico de la ostentación, donde se desenvuelven los músicos sin talento ni principios artísticos en función del dinero.

En el cierre aparece una versión de “Valiente” con énfasis en la base rítmica sin la carga eléctrica de la guitarra, una variación del mismo tema que persiste en la afirmación, la redención y la fuga. Las nuevas canciones le dan continuidad al camino recorrido en Control virtual y proyectan en una nueva dimensión a la banda sin perder lo que ha logrado en distintos aspectos. Las canciones reflejan un tono que si bien refleja un drama vital, también transmite esperanza; un balance que se logra en la persistencia por alcanzar un lenguaje propio y un estilo. El rigor de la apropiación de las influencias, junto con la traducción de las propias experiencias en términos artísticos, deja una buena muestra de lo que la música puede ser capaz de liberar.

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