Teo yacía dormido sobre su cama empapada de sudor. Tenía una sábana sobre los pies y vestía unos pantaloncillos. Había permanecido todo el día tirado allí. La habitación olía a cigarrillo. Pensé en mover la cortina y abrir la ventana, pero me arrepentí al instante. La luz del sol a las cuatro de la tarde entraba y se disputaba su espacio con el jean tirado en el piso, las volutas de humo y con el aire espeso, detenido. Junto a él estaba acostada una muchacha. Era joven y eso bastaba.
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La habitación a oscuras parecía pequeña. Era cuadrada, con paredes blancas enyesadas. No había más muebles que la cama, una biblioteca de madera, una silla también de madera y un pequeño espejo en el que se alcanzaba a reflejar la espalda de ambos. Caminé hasta la biblioteca. La mitad de los libros los había comprado yo esperando que culminara con éxito su carrera. Pasé mis dedos por las cubiertas y luego me limpié el polvo en el pantalón.
Llevaba semanas así: entraba a la habitación e intentaba adivinar qué había ocurrido la noche anterior con Teo. Esculcaba la billetera, olía su camisa para ver qué trago había consumido o revisaba la cajetilla de cigarrillos para ver si estaba fumando mucho. Fumar, tomar, gastar dinero: a mi esposa le preocupaba su hijo y me enviaba a investigar. Cuando salía de la habitación ella me esperaba sentada en el sofá de la sala. Le decía que al parecer había pasado una buena noche. Que había ocho cigarrillos en la cajetilla. Que dormía solo. Y que al parecer este año sí se iba a graduar. Ella, por su parte, se limitaba a culparme: has criado un zángano. Salió igualito a ti. Luego se ponía de pie, sacudía los cojines y me advertía que en pocos minutos llegarían sus comadres.
Eran ya las 4:02 p.m. Yo seguía de pie junto a la biblioteca. Había entrado con la decisión de despertarlo y hablarle un poco acerca de la importancia de ser profesional. Pero había una mujer sobre la cama y lo de trabajar, despertarse temprano, dejar de salir tanto, se me había ido olvidando a medida que me fijaba en cómo los pezones de la muchacha sobresalían del buzo que llevaba puesto. Por un momento, quise pasar mis dedos por sus piernas. Miré mis manos: las yemas aún estaban sucias por el polvo de los libros. Me he vuelto viejo, dije.
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Lo que le preocupaba a mi esposa era que Teo no disfrutara la vida. A mí también me preocupaba. Pero aquella tarde en su habitación sentí que mi corazón hervía al ritmo del petróleo. De no tener sesenta y cinco años habría notado algún cambio físico en mí, pero yo seguía de pie junto a la biblioteca, con mis rodillas advirtiéndome que ya eran las 4:04 p.m. y que había un sofá y una conversación pendiente afuera. Yo me había casado de diecinueve. Mi habitación siempre había estado limpia: sin jeans en el piso.
Miré por última vez a la mujer, intenté percibir el olor de ella, pero el único olor allí dentro seguía siendo el del cigarrillo. Decidí que no abriría las cortinas y salí de allí. Cuando cerré la puerta, mi mujer gritó desde la sala:
—¿Has despertado a Teito?
—Me dijo que se trasnochó estudiando y necesita dormir
–respondí—. Ya sabes cómo es la época de parciales en la Universidad.
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"La escritura no tiene que ser un proceso solitario. Creemos que las voces amigas que ayudan a mejorar un texto son como las costuras visibles que muestran que para tejer algo se comienza por esas puntadas, por esas colaboraciones. Por lo tanto, cerramos cada texto con un fragmento en su primera versión y algunos de los comentarios que ayudaron a formarlo hasta su borrador final." Germán Augusto Valencia, Director general de la revista.