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Helen Keller y la alegría de sentir

La importancia de una de las más reconocidas obras de la escritora estadounidense, que se ganó un lugar en la historia de la literatura a pesar de haber sido sordociega desde niña.

Camilo Ángel Urazán * / Especial para El Espectador

05 de junio de 2020 - 08:07 p. m.
Helen Adams Keller nació el 27 de junio de 1880, en Alabama, y murió el 1° de junio de 1968, en Connecticut, Estados Unidos. Aquí aparece junto al escultor Jo Davidson en 1942. / AP
Foto: AP - Sam Myers
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Hacia finales del siglo XIX, en un pueblo común del occidente de los Estados Unidos (Tuscumbia, Alabama), nacía sin limitaciones una niña normal que antes de llegar a los dos años de edad perdió el sentido de la vista y del oído, debido a una inexplicable fiebre que los médicos describieron como una congestión aguda del cerebro y el estómago. Así comienza la historia memorable y heroica de Helen Keller, una mujer que no es suficiente ubicar en las tierras soberanas de lo incomparable, sino que exige otorgarle un lugar en los distinguidos dominios de lo imprescindible. Llevada de la oscuridad a la luz por las manos benditas de su tutora Anne Sullivan y el método Tadoma, esta mujer excepcional escribió en el mármol de lo notable sus catorce libros, hechos de penumbras y perplejidades. Entre ellos El mundo en que vivo, tal vez su estatua más brillante.

“Acabo de tocar a mi perro… este pequeño incidente me dio la idea de ofrecer una charla sobre las manos, de manera que, si por fortuna mi charla sale bien, se lo tendré que agradecer a mi perro-estrella”. Así comienza el libro El mundo en que vivo, publicado en 1908, a los 28 años de edad. Son quince ensayos autobiográficos sobre la exploración y experiencia del mundo por medio de los sentidos del tacto, el gusto y el olfato, y la correspondiente construcción de un universo de imágenes y sonidos con significado creados a partir de analogías, por parte de una persona que carecía del sentido de la vista y del oído.

“La mano que ve”, “Las manos de los demás”, “La mano de la raza” y “El poder del tacto”, así se llaman los cuatro primeros capítulos dedicados al tacto; principal vía de unión, comunicación, conocimiento y contacto con el mundo para la autora: “Mi mano es para mí lo que el oído y la vista son para vosotros (…) la mano es lo que me une al mundo de los hombres y las mujeres. La mano es mi antena, con ella salgo del aislamiento y la oscuridad”.

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Luego de ofrecernos con fraternidad su compañía y llevarnos complacida por una senda no hollada a un mundo donde la mano es soberana, Helen Keller, a modo de una maternal guía, nos va mostrando que su predecible reino de silencio y sombra está lleno de luz y de vida. Con estoica elocuencia y en un poético tono, la autora nos va introduciendo en el insólito universo de correspondencias que tuvo que tejer para construirse un mundo; con cuadros hechos de lingüísticos pigmentos, Helen nos enseña el primordial papel de la analogía, la metáfora y la imaginación, en su proceso de elaboración de sensaciones, significados y sentidos: “¡Qué pobre sería el mundo sin la imaginación! Mi huerta sería una parcela de tierra silenciosa llena de estacas de una gran variedad de formas y aromas. Sin embargo, cuando los ojos de mi mente se abren a su belleza, la tierra desnuda se ilumina bajo mis pies, el seto revienta de hojas y el rosal esparce su fragancia por doquier. Conozco el aspecto que tienen los árboles en flor y penetro en el gozo enamorado de las aves que se acoplan, este es el milagro de la imaginación”.

Manos ásperas, manos suaves; manos alegres, dulces y hospitalarias o manos rudas, tristes y amargas; manos abiertas, francas y democráticas o manos apáticas, indiferentes y arbitrarias; manos inquietas, imprudentes y nerviosas; manos tranquilas, atentas y afectuosas; manos gruesas, desgastadas y laboriosas o manos cómodas, inútiles y ociosas. En el capítulo dedicado a “Las manos de los demás” declara: “Estoy convencida de que no hay manos que puedan compararse con las del médico, por su destreza paciente, su dulzura compasiva y su magnífica certeza”.

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“La mano de la raza” y “El poder del tacto” son dos estaciones dedicadas a demostrar la importancia de la mano en la historia de la civilización y de la percepción humana. Se apoya en selectas citas literarias extraídas fundamentalmente de Shakespeare y la Biblia.

La compositora magistral de esta increíble sinfonía habla con alegría y gozo de la relación de un sordo con la música. Nada de tristeza o frustración, nada de vergüenza o lamentos en do mayor. En el capítulo “Las vibraciones más sutiles”, nos encontramos con un ser que, al mismo tiempo que reconoce sus límites, explora con lupa y telescopio lo que hay dentro de ellos, dentro del rango inconmensurable de una sensibilidad dispuesta a vibrar con el eco luminoso de la palabra posible. Órgano, violín y piano son fuego para sus oídos callados.

Aunque admite no conseguir distinguir una composición de otra, logra percibir la fuerza, el ritmo y la armonía elocuente de los silencios ordenados. Bailan en esta pieza, tomadas de la mano, el ruido de la ciudad y la música del campo. Ambos espacios le hablan, aunque como es natural prefiere el “ritmo de la música de la orquesta de la naturaleza (…) las incontables voces suaves de la tierra”.

El río de la sensación nos lleva al corazón de su olfato. Otro políglota sentido, otra puerta de ojos y sonidos, otra ventana mágica entre la oscuridad y el mundo. El agua fresca o corrompida de las exhalaciones hace posible para Helen la percepción de horizonte, distancia y perspectiva, fenómenos de la representación correspondientes en esencia a la función de la vista: “Los olores no sugieren nada por sí solos. Por asociación, debo aprender en función de ellos a medir la distancia, identificar el lugar, las acciones o los entornos en los que habitualmente se producen, así como, según me han dicho, la gente aprecia estas cosas en función del color, la luz y el sonido”. En el ensayo “El olfato: el ángel caído”, el deshonrado mártir de las emanaciones es con justicia redimido.

Atraídos por la música esencial de su lírica prosa, llegamos a un cinturón de islas donde el fuego de la poesía emerge irreprochable de la montaña fría del discernimiento. “Valores relativos a los sentidos”, “El mundo de los cinco sentidos”, “Visiones interiores” “Analogías en la percepción de los sentidos” y “Las mayores sanciones”, son tierra de metáforas rodeadas de reflexión, archipiélago de soles donde el viaje por los sentidos se torna más profundo, pues una vez ganado con justicia su derecho a hablar en el ágora humana, Helen no duda en levantar la voz para demostrar que el sueño sin fin de sus ojos y oídos le permitió despertar un sexto sentido y elevarse muy por encima del promedio anodino de la raza humana: el sentido de la visión. Un sentido adquirido por el cultivo y desarrollo de la sensibilidad, que le permitió descubrir que “la agudeza de nuestra visión no depende de cuánto podemos ver, sino de cuánto podemos sentir”, pues “la vista es la función de los ojos, pero la visión es la función del corazón”.

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Luz y más luz. Antes de llegar a esos poéticos aciertos sobre nuestra condición moral y de demostrarnos así que nuestra misión más honorable como seres humanos es la sensibilidad, Helen Keller le otorgó una raíces filosóficas a esas brillantes flores que el escéptico juzgaría simplemente como ingeniosa poesía: “El orden, la proporción y la forma no pueden generar en la mente la idea abstracta de belleza, a menos que previamente exista una inteligencia del alma que insufle vida a estos elementos. Hay muchas personas con una vista perfecta que son ciegas en sus percepciones, y otras con un oído perfecto que son emocionalmente sordas”.

El sentimiento de vergüenza es inevitable ante el inclemente resplandor de esas palabras, que dejan al descubierto nuestro lamentable desperdicio del milagro de los sentidos y la necesidad imperante de afinar las cuerdas de la inteligencia con el diapasón de oro del corazón, para poder ver más allá de la sombra de nuestros prejuicios, pues ya no queda duda alguna que la noche de los ciegos tiene también su luz y que “la única oscuridad que no tiene luz alguna es la noche de la ignorancia y la insensibilidad”.

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La intuición de Helen Keller va de la mano de su facultad para razonar y no da tregua. Durante todo el viaje de El mundo en el que vivo, metáforas y conceptos bailan al compás de la música poética de la correspondencia y no se pisan. La orquesta de los sentidos de Helen hace de la analogía el puente espiritual para superar la carencia de luz y sonido, y lograr construir un mundo interior donde el color y la música sean también posibles. Un mundo que nos es presentado con nombre y apellido en los últimos tres ensayos del libro: el mundo de los sueños. “El mundo onírico”, “Los sueños y la realidad” y “Un sueño consciente” son las últimas estaciones de este paseo inefable por el país del milagro, por la maravillosa y exuberante geografía mental de una mujer que hizo de la imaginación el sol que fecundó la tierra yerma de su noche y su silencio. A bordo del faro portátil del ensueño, la genial escritora celebra el triunfo de la luz sobre las tinieblas con una fiesta surrealista donde ideas, emociones, sentimientos, filósofos y artistas se ponen su mejor traje para asistir al gran baile de la fantasía donde Helen es Alicia y su iluminado cerebro el País de las Maravillas. Surgidas del fervor visionario de ese sueño consciente, nos alcanza una ola que esperemos se grave en el mármol de lo imprescindible de nuestra memoria: “Lo más importante no es la posesión de una cosa, sino la habilidad para servirse de ella”.

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La dicha más grande del libro El mundo en el que vivo es la de ser siempre y en cualquier instante una feliz invitación: la invitación a sentir, la invitación a hacer un uso noble y honorable del don de la vida y del milagro de los sentidos hasta el final de nuestros días, e invitar a hacer lo mismo a todas las personas que estén al alcance de nuestra tímida filantropía. Tenemos ojos que son capaces de observar y contemplar, y nos limitamos a ver. Tenemos oídos para escuchar y atender, y nos limitamos a oír. Tenemos la vida para procurar ser mejores, y nos limitamos a seguir siendo el agónico y triste pozo de lo mismo, mientras esperamos el naufragio total.

Si la dignidad humana se trata de ganarnos por nuestros propios medios un lugar en el mundo, sin lugar dudas o réplica de ningún tipo, podemos asegurar que Helen Keller supo ganarse un rincón especial en la historia de la humanidad, y es el correspondiente al arquetipo del esfuerzo y la voluntad. El legado más valioso de esta escritora norteamericana trasciende la belleza, la justicia y la verdad de las palabras, y se eleva al grado de sublime lección de gratitud, humildad y templanza.

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¿Cómo fue posible que una mujer ciega y sorda casi de nacimiento pudiera lograr las cumbres del pensamiento filosófico y poético? ¿Cómo fue posible siquiera que en la aridez de su tierra pudiera germinar un verso, una metáfora o un elevado argumento, árboles hechos de imágenes, música y luz blanca del raciocinio? No lo sé, y siento que nunca lograré comprender, por más que me expliquen, cuál fue el método para sembrar en su interior las palabras y conseguir hacer brotar la hierba del lenguaje en su oscuridad baldía.

Digamos que eso lo entiendo; pero aceptar y dar por hecho la posibilidad de un bosque tropical en medio del desierto, eso es inconcebible. Lo cierto es que la evidencia no da lugar a dudas y al volver sobre las pruebas los hechos son irrefutables. A pesar de la necedad de nuestro mezquino entendimiento, Helen Keller fue y seguirá siendo un bosque de plumas y orquídeas en el corazón del desierto. Acaso ese desierto sea nuestro corazón yermo que al recordar su ejemplo vuelve a florecer y a creer en la vida.

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*Profesional en Creación Literaria de la Universidad Central de Colombia y estudiante de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional, línea de Poesía.

Por Camilo Ángel Urazán * / Especial para El Espectador

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