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25 Feb 2021 - 7:25 p. m.

Herbin Hoyos: “Cantar las verdades me puso contra todos, incluso contra Uribe”

En esta nueva entrada de la serie Historias de Vida, creada por Isabel López Giraldo para El Espectador, se cuenta la historia del periodista Herbin Hoyos, quien falleció el pasado 23 de febrero, víctima del Covid-19.

Isabel López Giraldo

Herbin Hoyos: “Cantar las verdades me puso contra todos, incluso contra Uribe”

Vengo del Macizo Colombiano, de la zona en donde nacen los ríos más importantes, en límites del Huila con el Cauca, en total son once de gran caudal y más de 25 afluentes de una estribación, en una finca que tenía los tres climas.

Siendo un niño tuve que vivir la época de la violencia partidista en donde liberales se mataban con conservadores; en donde empezaron a aparecer “los pájaros”, que eran los sicarios que contrataban a sueldo. Siendo niños teníamos que actuar como grandes porque no había manera distinta de supervivencia.

Recuerdo que a los diez años ya tenía escopeta, un revólver y manejaba las pistolas de mi papá y era normal que me enseñaran a disparar porque de noche había que salir a cuidar el ganado. Había épocas en que se desataban olas de abigeato y en cinco minutos mataban cuatro vacas quedando las cabezas regadas y llevándose las partes más apetecidas. Uno no alcanzaba a darse cuenta, actuaban como desvalijando un carro.

A mí me mandaban con peones a cuidar y era tan pequeñito que en ocasiones me quedaba dormido. Recuerdo que alguna vez despresaron una vaca al frente mío y yo al quedarme dormido no vi nada; cuando mi papá se dio cuenta desde el otro lado del potrero, estando a unos seiscientos metros, se sintió confiado conmigo. Cuando llegó la vaca ya estaba destrozada, y yo tronchado encima de la escopeta durmiendo. Se quitó la correa y me pegó una juetera.

Me daban la escopeta para que fuera a traer carne. Eso significaba irse a cazar lobos, zorros, guatines, ardillas, conejo de monte, danta, mucho animal salvaje. Recuerdo alguna vez a mi papá que llegó con un animal gigante cogido de la cola que llevaba al hombro, lo iba arrastrando, lo más parecido a un tigre. Tuvimos carne como para un mes.

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Lo mismo ocurría con la pesca. Debía coger los anzuelos, escarbar, sacar las carnadas. Tenía que meterme a un barrizal a escarbar para sacar las lombrices, ponerles a los anzuelos, extenderlos en el río y a la madrugada, antes de que saliera el sol porque de otra forma el pescado se desespera y se suelta, hay que recogerlos. Para lograrlo era necesario levantarse a las tres de la mañana y a las cinco ya se tenían para el desayuno.

Me tocó ver cómo asesinaban a mis tíos y la rivalidad que obligaba a cuidarse del propio vecino. Ya había unos odios sembrados de unos con otros. Así el hijo mayor de esa familia era el encargado de matar al mayor de la de allá y así en orden de nacimiento. Estaba asignado quién mataba a quién y no nos saludábamos pese a encontrarnos en los caminos, donde casi los dos caballos se tocan el uno con el otro. En ese momento se piensan muchas cosas y uno se pregunta, me orillo, me tiro por el barranco, me irá a atacar…

Ya había puntos de encuentro en el camino, en el lugar ancho la recomendación era esperar para ni mirar y dejar pasar porque podía tratarse de un enemigo. La tensión era permanente y hablo de los años 76 a 80.

Los fines de semana es el día de mercado, donde todos bajan de las distintas regiones y si no hay dos o tres muertos, el mercado estuvo malo. En el sitio de la plaza del pueblo se encuentran todos los enemigos y desenfundan machete, puñal o el arma y se agarran.

Me crié viendo todo eso. Luego llega la época en que aparece la guerrilla, que se llevaba a los niños de las escuelas como a unos primos míos y cuando me midieron yo estaba todavía muy chiquito por lo que dijeron que para el año entrante ya estaría listo.

Mi papá dijo que nos teníamos que ir porque se le iban a llevar los muchachos y un día tocó dejar ganado, caballos, finca, y una tienda en la que se vendía de todo, desde trago, abarrotes y demás.

Llegar como desplazados a una ciudad habiendo tenido todo en el campo no fue fácil pues uno sale pensando que en la ciudad se puede ser el mismo que uno era en el campo y resulta que en ella nadie te conoce, nadie te habla ni te saluda, todos te cierran las puertas porque hablas diferente, vistes diferente, porque tus hábitos, como tu estampa facial, son de otro entorno y no corresponden. Sobrevivir a eso, en esa fase de transición del desplazado del campo a la ciudad, de adaptación, es donde muchos terminan volviéndose delincuentes porque no les queda opción distinta.

Así pasamos de tenerlo todo a vender empanadas, chance, lotería, a hacer múltiples cosas en un mismo sitio, en una esquina, a vender tamales que los hacía mi madre para sostenernos a todos y sobreponernos a eso. A eso de los trece años de edad, decidí buscar trabajo pues no me gustaba lo que vivía, vender no era para mí. Trabajé pues en una discoteca de mesero, al mismo tiempo en una taberna por las tardes y en una pizzería los fines de semana, todo para ayudar a mis hermanos pues el tema era que ninguno dejara de estudiar.

Pasó el tiempo y viene una fase nueva. En una de esas discotecas comencé a hacer animación y a alguien le gustó mi voz:

— Soy dueño de una emisora, ¿quiere ir mañana?

Ahí comienzo en la radio, en Radio Preferencial Estéreo afiliada a Caracol, en Pitalito, Huila. Estuve hasta que terminé el bachillerato. Vengo a vivir a Bogotá y me postulo para una beca en España.

Estando allá, un compañero de estudio, que tenía un acento muy raro dijo que no volvería a estudiar porque en su país iba a haber guerra y que tenía que ir a tomar las armas. Le pregunto que de qué país es, a lo que responde algo como “Larac”. Como comenzaban las vacaciones quise irme con él.

Me llevó a la embajada y obtuve el premiso y como contaba con algunos recursos, nos fuimos por Jordania. Así llego a Irak. En Bagdad todo es tranquilo, calmado, pasaron quince días y no ocurría nada, ya me quería devolver.

A las dos de la mañana de algún día, comenzaron a sonar las alarmas y ya habían explicado que, si se escuchaban una vez, significaba alistamiento, dos era evacuación a los refugios y tres era ataque inminente. Esa madrugada sonaron tres y tuvimos que irnos a un refugio donde comienzo a sentir cómo la tierra se estremece por las explosiones que caían muy cerca de donde estábamos. Ese día se inició la guerra del Golfo Pérsico.

Yo no hablaba inglés, no hablaba árabe, no tenía conocimiento de la religión islámica ni de nada. Me detienen al pensarme espía y me iban a fusilar. Hacía una fila escuchando los tiros, de pronto alguien me sacó confundiéndome con otro y decidí escaparme.

Comenzó mi literal y física supervivencia en medio de la guerra. Me regalaba a lo que me pusieran a hacer. Alguien me advirtió que me matarían por ser extranjero si no ayudaba como voluntario. Así me llevó a la medialuna roja (Cruz Roja), donde me dieron una camiseta. Me pusieron en saneamiento, la tarea era echar cadáveres en bolsas para que los demás cargaran.

Como venía de una zona en la que andaba de noche en medio de la muerte y siendo muy pequeño en los velorios me decían que tocara el muerto para que no me asustara, para que no me diera miedo, eso me sirvió de terapia y una muy fuerte que me ayudó a romper el mito que hay frente a los muertos para generar una especie de confianza con ellos.

Yo les hablaba a los muertos de guerra; los bautizaba con nombres que me fueran familiares, como Pedro, por ejemplo. Así los recogía y en ocasiones los cargaba por cuatro y cinco cuadras hablándoles. Hubo un caso de uno que se quedó mirándome todo el tiempo y por más que lo empacaba por alguna extraña razón se le descubría la cara y se quedaba mirándome fijamente. Le cerré los ojos y cuando se dieron cuenta, me explicaron que no podía tocar a los muertos al no ser árabe, al no ser musulmán.

Yo debía tener 24 o 25 años de edad. En algún momento llega un periodista al que le fue evidente que yo no era del lugar y me pregunta por mi origen, así le conté la historia completa. Él sacó lo que en la época se llamaba un cable, como un teletipo, que decía:

— “Estudiante colombiano recoge cadáveres en Bagdad”

Del Hotel Meliá de Bagdad me buscaron pues recibieron una llamada en recepción, en realidad fueron varias, de Argentina, Chile y de Caracol Colombia. Me hicieron una entrevista, conté la historia y me preguntaron que si podían seguir llamándome porque narraba muy bien y les parecía impresionante lo que les contaba. Cada día igual, uno tras otro. Llamaban a eso de las tres o cuatro de la tarde, por lo que tenía la mañana para observar y actualizarlos con toda la información recogida. El jueves de esa semana dijeron al aire:

—”Vamos con nuestro enviado especial”

Me volvieron corresponsal de guerra y a mí me gustó por lo que seguí documentándome más. Ya no era solo Caracol sino también otros medios, pero nadie me pagaba nada. Cuando salí de la guerra, los llamé y les pedí que lo hicieran, por lo que todos me pusieron giros para compensar el trabajo hecho. Fue un reconocimiento en plata lo que me motivó para irme a la guerra de Yugoslavia.

Me dediqué a cubrir guerras, ya cuento diez y seis conflictos internacionales, he pasado desde el Golfo Pérsico, todo el proceso de Yugoslavia, Sarajevo, Belgrado, Ruanda, Angola, Sierra Leona, Chechenia, Palestina, Berni Stan. Quise no solamente ir a cubrir una guerra sino hacer labor humanitaria, ayudar como voluntario salvando vidas. El tiempo libre es para el periodismo.

Esto hizo que posteriormente se me ocurriera crear una organización de periodistas especializados en prestar ayuda humanitaria. Al principio éramos setenta de distintas partes del mundo siendo yo el único de habla hispana. Obtuvimos el reconocimiento por parte de las Naciones Unidas y nos convertimos en la misión humanitaria de la ONU durante muchos años. Éramos casi un cuerpo oficial en este tipo de conflictos internacionales, a tal punto que terminamos siendo aportantes de pruebas contra Milosevic en Kosovo. Yo fui uno de los que filmó parte de la masacre en la provincia Pristina y tuve la oportunidad de estar en el Tribunal Provisional Internacional para Yugoslavia, metido Milosevic dentro de una celda de cristal durante el juicio.

Pasa el tiempo y me enfilo a conocer las culturas y demás religiones. Pasé del periodismo a la sociología de la comunicación, sociología de las religiones. Conocí a un líder de un grupo de la Mesopotamia. En esa zona fue donde se cree que Jesús conoció la técnica de la levitación y la sanación. Me consagré con ellos.

Después me fui con los hinduistas para el Tíbet. Hice todo el proceso tibetano, especialmente con una congregación védica, la más antigua que existe. Tienen registros históricos de su religión de 7800 años a.c. y cuando uno estudia el Bhagavad-gītā se da cuenta de que las imágenes y sus conceptos son copiados por el catolicismo.

Pasé a estar con los cristianos ortodoxos de Rumanía, porque me parecía muy interesante conocer el origen del cristianismo y entender cómo conservan su esencia. Luego me convertí al Islam en el año noventa y nueve, cuando empezó a ser famoso en esa zona Osama bin Laden. Conocí a un periodista que estaba tras de él y me sumé. Para llegarle no podíamos hacerlo con nuestros nombres, sino como musulmanes con nombres islámicos. Surge la posibilidad de casarme con una mujer árabe para hacer una inmersión total ahí.

Conozco a una mujer árabe, de origen palestino a quien le propuse casarnos, tener un hijo, para hacer ese proceso de inmersión cultural. Mi hijo se llama Joseph Alí Hoyos Mohamad, por lo tanto, pasé a llamarme Abu Joseph Alí.

Convertido al Islam fue mucho más fácil el proceso. Estuve con ellos, estudiando en Kabul, que era la madraza del Yihadista mayor, del líder espiritual y permanecí con ellos hasta que salgo de Kabul hacia Medio Oriente Nuevo. Regreso a Colombia en el 2001 cuando ocurre el atentado de las Torres Gemelas. Cuando choca el primer avión, estando en Caracol dije:

— No es un accidente aéreo, es un atentado.

Darío Arizmendi me escuchó incrédulo, pero me dejó mencionarlo de una manera muy tímida y no creíble, por parecerle traído de los cabellos. Quince minutos después aparece el otro avión y ahí yo me convierto en el que pronosticó que eso era un atentado terrorista.

Me entrevistan muchos medios, especialmente de los Estados Unidos, pero al tiempo me cae el FBI, la CIA, porque era un conocedor que no había denunciado. Eso me trajo muchos problemas, pero afortunadamente yo ya había escrito un libro y estaba a punto de publicarlo y me salvó porque ante el gobierno de USA fue una prueba de que yo estaba haciendo un trabajo periodístico de inmersión en un fenómeno que a partir de ese momento se convertía en terrorismo, por lo tanto, eso me legitimó más en el conocimiento del tema Islámico.

Publiqué el primer libro e inmediatamente se agotó; luego cinco series llamadas “Las Guerras del Terrorismo” y terminó convirtiéndose en el libro para conocer el tema islámico radical, el guajavismo. Dicté conferencias a las policías de todo el Continente.

Muy seguramente estaba siendo buscado, pero yo tenía que prever ese riesgo por lo tanto mis desplazamientos se volvieron muy secretos, reservados, de mucha precaución, de mucho cuidado porque ya no sabía yo contra quién me estaba enfrentando.

Me invitaron a una conferencia en Italia sobre el tema islámico y estando allá, justo ese día ocurre un atentado. Terminé trabajando con inteligencia, me invitaron a Londres y a muchos países y fue de coyuntura todo mi conocimiento, hasta que esa penetración me llevó a conocer secretos de Estado, porque terminaba con agentes de inteligencia trabajando con gobiernos.

Estoy prediciendo las acciones que vendrían y todas se cumplían y como en mi condición de periodista no estoy obligado a revelar mis fuentes, podía hacerlo, aunque en algunos casos se violaba la reserva de muchos, también era información que tenía condensada de toda mi experiencia.

Yo sabía cómo pensaba la gente de Hezbolla, la de Hamas, pues conviví con ellos y fui muy cercano a su líder, un hombre que andaba en silla de ruedas y que me invitó a su casa pero que yo sin traicionar su confianza, ni lo que él me contó ni lo que yo vi, pero yo ya podía pronosticar qué venía en Israel, por ejemplo.

Al final mi labor periodística estuvo más enfocada hacia la prevención de hechos, no a la delación de autores.

Cuando pasan de los carros bomba a los cinturones bomba, tal vez yo fui el primero que pudo conseguirse uno para descifrar toda su estructuración, para saber cómo se operaba. El mercado de las armas exige una clandestinidad y yo soy uno más de ellos.

Para mí como para ellos es claro que no he violado la reserva. Denuncio un fenómeno donde están inmiscuidos dos pueblos con unos antecedentes históricos y desde donde las dos partes se han cometido acciones.

Para los árabes soy el periodista musulmán, para los judíos el colombiano. Me gané esas confianzas sin romper la discreción. Hay un pacto tácito y lo he respetado, es más, es la primera vez que hablo de esto pues no lo he contado nunca.

Fui secuestrado por las FARC en el año 94. Cuando me rescata el ejército creé el programa radial “Las Voces del Secuestro”. Eso me llevó a un escenario en donde he tenido contacto con más de veinte mil casos de secuestro en Colombia; asesoro a las autoridades, a los negociadores de la familia del secuestrado, entreno al negociador. He hecho negociaciones en más de tres mil casos. El objetivo es no pagar, pero si la familia lo hace, es bajo su discrecionalidad.

La historia de las voces del secuestro es la siguiente. Cuando hacía el programa Amanecer en América, llegaron tres personas diciendo que eran oyentes que se habían ganado un premio y que yo tenía que entregarlo. Como no había tal, dijeron que yo me lo iba a robar, eso me empujó a bajar pues he sido gallito fino. Uno de ellos me dijo que tranquilo, que si no tenía el premio habláramos y cuando llegábamos a la puerta se abrió la chaqueta y me mostró el arma.

— Nosotros no venimos por ningún premio, somos de las FARC, súbase a ese carro y se va con nosotros.

Me llevaron secuestrado al departamento del Tolima. En esa época secuestraban periodistas para devolverlos con mensajes al gobierno, cassettes para pasarlos en la radio o cartas. A las seis horas en carro me bajan y empiezo a caminar en trocha, monte, selva y yo tenía zapatos de oficina que se rompieron a las dos horas.

Ese proceso de caminar sin zapatos para mí fue una tortura, se me cortó la planta de los pies, sangré y pasando un abismo me deslicé y para no dejarme ir me agarré de las rocas, perdí las uñas de los pies y no pude seguir. Me amarran de la cintura y de debajo de los brazos; me arrastran. Llega el momento en el que les pido que me maten, ya no era un desafío, pedía un favor, ya había pasado una semana. Por las heridas de los pies me entró infección.

Me llevan a un campamento donde tenían a alguien amarrado a un árbol con una cadena de hierro. Comenzamos a hablar y cuando supo que era periodista me identificó, pues me escuchaba siempre y me pidió que hablara como en la radio. Él era consciente de que el domingo no había terminado el programa, por el secuestro claramente. Me dice:

— “¿Por qué ustedes los periodistas no hacen nada por nosotros los secuestrados? ¿Por qué no permiten que nuestras familias nos hablen por la radio? Llevo dos años aquí, escucho radio siempre y nunca han hablado de nosotros y somos seis en este campamento”.

Mi propósito fue que si salía haría el programa.

Luego de una hora de hablar con él me mueven para otro lado. Diez y siete días después el ejército me rescató en un acto en el que murieron cinco guerrilleros.

Cuando llego a la radio le cuento a los oyentes lo que me había pasado y les dije:

—Tengo la certeza de que los secuestrados escuchan esta emisora. El que tenga familiares secuestrados llame ya mismo y a partir de ahora los vamos a acompañar.

Esa noche llamaron 22 personas al programa. El siguiente fin de semana otras 20 y así. En dos meses tenía una lista de casi 200 secuestrados. La primera base de datos de secuestrados en Colombia la hice yo.

A los dos meses aún no encontraba el nombre para el programa. Hice una lluvia de ideas con palabras de libertad, voces de aliento, voces de esperanza. Nada me cuadraba. Pensaba, hay voces, hay secuestrados… Las voces del secuestro, y ahí fue.

Cuando comienzo el programa le hablé a don Nacianceno Murcia Correa:

— Usted tiene que aguantar, tiene que resistir, va a regresar. Usted fue quien me inspiró esto que estoy haciendo. Ya hablé con su esposa; ella ya sabe de usted.

Cada fin de semana le hablé y le pedí que nos encontráramos para darnos el abrazo de la libertad. Tres años después de mi secuestro, un día me avisan de un señor que me quería saludar al teléfono. Era Nacianceno que reclamaba su abrazo de la libertad y a partir de ahí lo implementé, se volvió un ritual. Cuento 11.567 abrazos de la libertad, el último con Odín Sánchez en el Chocó.

Años después, cuando surge el Internet, monto la primera página Web. Cuando nadie en el país sabía de qué se trataba, nace un proyecto humanitario que se convirtió en una agencia de investigaciones contra el secuestro, un equipo de voluntarios que trabajamos para ayudar a las víctimas, pasantía de periodismo y de derecho y de muchas áreas en la que todo el que se va a graduar de una universidad se postula para que lo aceptemos y donan un año como voluntarios. Son 400 en todo el país. No manejamos recursos; no recibimos plata, solo tiempo. Fuimos los organizadores de la primera marcha contra el secuestro en Colombia y las siguientes; empezamos a hacer movilizaciones sociales contra el secuestro; promovimos lo que llamamos “Las cien voces contra las FARC” luego las mil, luego un millón y nació “No más FARC”.

A partir de ahí tomé una vocería de representar a las víctimas. El micrófono se volvió una herramienta muy valiosa porque era una forma de darles voz, de visibilizarlas, de exigir la oportunidad de interlocución.

El proceso de paz nos llenó de mucha esperanza porque creíamos que como consecuencia natural de una negociación iba a traer a la libertad a todos los secuestrados. Yo me puse feliz, pensé que acabaría con el programa pues su eslogan es “Hasta que salga el último secuestrado en Colombia”.

Empieza el proceso y la felicidad nos duró cinco minutos, porque después del discurso de De la Calle, habló alguien de las FARC diciendo:

—”No hemos secuestrado, no hemos desaparecido, no somos narcotraficantes, no hemos reclutado.”

Ahí me radicalicé al otro lado diciendo, esto es una farsa, una mentira, las FARC van a tapar sus crímenes, el gobierno se va a prestar para esto y no lo vamos a permitir. Para mí no era admisible que les dejaran mentir.

Pasa el tiempo y cuando todos esperábamos el respaldo del gobierno, Santos dice:

— “Si las FARC dicen que no tienen secuestrados, hay que creerles.”

Entregué la lista de todos los secuestrados, para esa época 465, hoy casi 800. Datos que nadie conocía.

Termina el proceso en la convocatoria del plebiscito y yo mantuve una posición de denuncia de todo lo que se estaba omitiendo en la negociación. No nos permitían participar.

Cuando gana el NO termino en la mesa de negociación, con el gobierno, las FARC, el NO y yo por las víctimas. Termino siendo un componente de la renegociación. Esto fue histórico, cantar las verdades me puso contra todos, incluso contra Uribe, a quien tuve que recordarle que mientras yo permanecí en la Plaza de Bolívar con las mamás de los más humildes, pidiéndole cita durante ocho años, nunca nos recibió. Así abrí las ruedas de prensa y me apoyaban porque la mesa necesitaba legitimidad y lo que vi era que ahí se quería mentir.

Fue un papel determinante, se hicieron acuerdos para modificar lo que estaba. Hicimos 192 observaciones que se incluyeron en los acuerdos y cuando nos damos cuenta solo quedaron en los borradores. Hicieron cambios de forma, pero no de fondo, nada de lo estructural fue modificado. Lo fundamental eran temas de justicia, procedimientos para establecer verdad, temas de narcotráfico, lo que fue intocable. No permitieron nada que afectara a las FARC. Yo conservo esas memorias.

No sabía a dónde me iba a llevar la vida, pero de alguna forma lo intuía.

Tengo muchos proyectos, libros ya escritos pendientes de ser publicados, una serie que negoció al comienzo 20 capítulos y hoy 200. A nivel humanitario tengo el museo de la memoria del conflicto en Colombia que cuenta desde el año 48 hasta hoy.

Estoy suspendido, sin involucrarme, pero dirigiendo muchas cosas, la Federación de Víctimas que son más de 100 a nivel nacional, por ejemplo. Doy directrices ideológicas a varios grupos políticos que me consultan. No me ha interesado hacer política, pero llegaron a proponerme ser candidato presidencial.

Creo que las FARC no se imaginaron el enemigo ideológico que iban a construir con mi secuestro, por eso me han hecho seis atentados en Colombia, por eso vivo en el exilio, pernocto en distintos sitios para no ser predecible, poco veo a mi familia para que no la ubiquen. Por eso soy de pocos amigos y aquí estoy con uno.

Me desconecto de esta realidad cuando me voy a volar, pues soy piloto de avión. Empezó como un hobby y fui haciendo carrera. Ahora estoy en la capacidad de volar cualquier avión, puedo hacer vuelos de reemplazo.

La vida sin riesgos se vuelve demasiado pasiva y todos debemos correrlos, todo implica un riesgo.

El hecho de andar con escoltas es andar secuestrado, no se puede llevar una vida normal, siempre pensando en la seguridad, en si puedo ir a donde quiero, no puedo exponer a otras personas al riesgo.

No es fácil compartir con mi hijo que fue criado por escoltas. La niñera de mi hijo cuando abría la pañalera no sacaba un tetero sino una nueve milímetros, pero él lo ha entendido. Sabe que mi posición a él le implica riesgo, se acostumbró a que no se puede bajar en un parque a comerse un helado, que comparte con par de amigos que conoce plenamente y que no puede hacer amigos nuevos tan fácilmente. Él ya tiene una posición crítica frente a lo que ocurre en el país; comenta conmigo; me pregunta si tuve injerencia. Eso me descarga de la conciencia emocional de no haber estado con él todo el tiempo.

— “Papá, tu misión en la vida era tenerme a mí y defender este país”.

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