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La escritora Hertha Müller nació en Rumania, pero su lengua materna es el alemán —porque proviene de esa minoría alemana descendiente de los colonos germanos de origen zuavo establecidos en el Bánato desde el siglo XVIII—, y aunque su infancia la pasó entre los bucólicos paisajes del pequeño pueblo de Nitchidorf, es el alemán el idioma en el que ha escrito más de 20 novelas, poemas y cuentos que la hicieron merecedora este jueves, después de 27 años de escritura, del Premio Nobel de Literatura.
Dicen los que la han leído que sus letras son brutales: antojan con sus ritmos poéticos y puyan de muerte con sus sentidos. Ella confiesa que su literatura “no es más que un reflejo de la vida cotidiana y por lo tanto de la política”. Claro, una vida y una política que recuerdan los años de la bestial dictadura de Nicolae Ceausescu (1965-1989), esa fábrica de miedo que hizo que tantos padecieran las estrictas vigilancias comunistas.
“Hay un poder real en la manera en que Müller escribe (...) ella tiene un mensaje increíble”, dijo el secretario permanente de la Academia Sueca, Peter Englund, a la agencia EFE al otorgarle el premio. “Parte de eso nace de su experiencia como víctima de la persecución en Rumania, pero luego también tiene su propia experiencia como una extranjera en su país”.
Michael Krüger director de la editorial Hanser, que tantas veces la ha publicado, le dijo a Reuters, por su parte, que con Müller había sido premiada una autora que “veinte años después del fin de la Guerra Fría insiste en mantener el recuerdo del lado inhumano del comunismo. “Su gran trabajo de duelo literario es un ejemplo impresionante de una literatura europea comprometida que, con agudeza analítica y precisión poética, hace presente nuestra historia”.
La autora de obras como En tierras bajas (1990), El hombre es un gran faisán en el mundo (1992), La piel del zorro (1996) y la Bestia del corazón (1997), las únicas traducidas al español, pasó tres años de su vida trabajando en una fábrica en donde todas las mañanas se le congelaban los dedos. Una bodega sin calefacción en la que laboraba de lunes a domingo parada frente a una banda transportadora, y en la que el tedio se hacía irresistible al son de unas marchas y coros obreros que la obligaban, aunque su cuerpo entero se opusiera, a caminar al ritmo del régimen.
Esa bomba de tiempo, tanta resistencia interna, no tardó en explotar. En 1979, Hertha Müller tuvo su primer encontronazo con la Rumania oficial cuando fue despedida por negarse a colaborar con la “Securitate”, el servicio secreto rumano, que siguió acosándola a partir de entonces y que, ante la enfática negativa, causó la deportación de su madre a la Unión Soviética, en donde pasó cinco años en un campo de trabajo.
El despido y el silencio de su mamá, que nunca le contaría por lo que tuvo que pasar en esos años, la llevaron a la escritura y en ella el grito de piedad, de rabia, de justicia, fue tan fuerte que las fronteras metálicas de la dictadura no impidieron que se oyera en otros países.
Su primer libro de cuentos, Niederungen, publicado en 1982, fue censurado en Rumania. Suponía un profundo recorrido por el destino de las minorías alemanas en los países del centro de Europa que, tras el fin de la II Guerra Mundial, en muchas ocasiones tuvieron que pagar por partida doble las culpas del nacionalsocialismo, incluso cuando muchos eran judíos que habían escapado a causa de esos mismos nazis. Con Niederungen, Müller sentenció sus letras en su país, pero conquistó lectores en Alemania, hacia donde partió en 1987 y en donde actualmente vive. Pero el jueves, cuando enmudeció ante la noticia del Nobel, admitió que no importa el pasado, “hoy se siente más rumana que nunca”.
Hertha Müller estudió al mismo tiempo filología germánica y filología rumana, porque siempre tuvo presente que quería adentrarse en los dos mundos a los que sentía pertenecía su literatura. Sabía, por ejemplo, cuando publicó su libro El hombre es un gran faisán en el mundo, que este giro del lenguaje tan propio del rumano, en donde es frecuente decir “he vuelto a ser un faisán”, para significar que alguien ha vuelto a fracasar y no ha conseguido sus metas, encarnaba un sentido completamente contrario en alemán, en donde el faisán no es aquella presa fácil de cazar, sino un pájaro arrogante y fanfarrón.
Estos dos universos, esas dos lenguas y dos historias que se encarnan en sus letras y en su cuerpo de 56 años, la convirtieron ayer en una de las doce mujeres que han ganado un Premio Nobel de Literatura. Para ella este es un premio que la maravilla y la confronta. “No sé si el premio tiene que ver con que se cumplan 20 años del fin del régimen comunista. Pero todo lo que he escrito tiene que ver con que tuve que vivir 30 años bajo una dictadura”. Por lo pronto y a pesar de los 1,4 millones de dólares que ha recibido, lo único que espera Hertha Müller es “seguir escribiendo en soledad”.
Polémica por el secreto del Premio Nobel
La elección de Müller, una de las favoritas, aumenta la sospecha sobre la discreción de la Academia Sueca, que había prometido extremar la seguridad para evitar los hechos del año pasado.
En 2008, la casa británica de apuestas Ladbrokes cerró los pronósticos para el Nobel de Literatura horas antes del fallo por un aumento espectacular en las apuestas por el francés Jean-Marie Le Clézio, quien terminó ganando.
Lo mismo se ha repetido esta vez con Müller, quien escaló posiciones de forma vertiginosa en las apuestas de Ladbrokes en los últimos días hasta situarse segunda tras el israelí Amos Oz.
Y al igual que el año pasado, la jefa de Cultura del diario sueco Dagens Nyheter, Maria Schottenius, acertó en su pronóstico sobre el ganador, lanzado hace días, algo que hoy atribuyó, en broma, a la “brujería”, negando haber recibido una filtración de la Academia.