10 Dec 2020 - 2:00 a. m.

Historia de la literatura: “Confesiones”

El libro de Agustín de Hipona da cuenta de sus primeros 40 años de vida. Su infancia, su adolescencia, sus estudios y las estructuras de pensamiento que marcaron su discurso, como el neoplatonismo y el maniqueísmo, y, obviamente, su peregrinación hacia el cristianismo, forman parte de esta narración.

Mónica Acebedo / @moacebedo

Pero, ¿qué soy yo para vos, que me mandáis que os ame, y si yo no lo ejecuto, os enojáis conmigo y me amenazáis con el castigo de la mayor infelicidad? ¿Y es por ventura pequeña infelicidad el mismo dejar de amaros? ¡Ay de mí, si tal hiciera! (Confesiones, Capítulo V).

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Escrito aproximadamente entre los años 397 y 400, es tal vez la primera autobiografía que conocemos en literatura en el mundo occidental. Por eso su inclusión en un recuento de la historia de la literatura resulta indispensable. De hecho, es el creador de la autobiografía espiritual a partir de un conmovedor relato sobre la conversión, o mejor peregrinación, de un hombre al cristianismo. Pero, más que eso, es también la historia de una persona que se hundió en el vicio y que a partir de las lágrimas de su madre se convirtió en una de las figuras más importantes de la Iglesia; también, probablemente, en el filósofo y teólogo cristiano más destacado de la historia de esa religión.

Agustín de Hipona nació en Tagase, lo que corresponde en nuestros días a Souk Ahras (Argelia), en el año 354. Murió en Hipona (también en Argelia), en ese entonces parte del Imperio romano, en el año 430. Su padre era un patricio -es decir, provenía de una clase social acomodada- y también pagano, como se refería el cristianismo temprano a todo aquel que no siguiera los preceptos de judeocristianos. Su madre, Mónica, se había convertido al cristianismo, que por aquellos años había tomado mucha fuerza en el norte de África. Fue ella quien logró que su hijo se vinculara a la fe cristiana y tanto su vida como la conversión de su hijo han servido como símbolos e instrumentos de enseñanza religiosa.

Pero, independientemente de la influencia del texto en el mundo cristiano, en el ámbito literario esta obra es fundamental para el desarrollo de varias temáticas narratológicas, como la construcción de la memoria, de la identidad, de la narrativa intimista o, incluso, serviría como referente a lo que muchos siglos después se conocería como la escritura de conciencia. En esa medida, no se trata de un esquema modélico exclusivo de otros escritores cristianos, sino de un paradigma referencial, tanto para las ciencias sociales como para la cultura en general.

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El texto se compone de varios libros que dan cuenta de los primeros 40 años de vida de Agustín. Su infancia, su adolescencia, sus estudios, las estructuras de pensamiento que marcaron su discurso, como el neoplatonismo y el maniqueísmo y, obviamente, su peregrinación hacia el cristianismo. Asimismo, encontramos una confesión sobre los pecados y vicios de sus primeros años.

De igual manera, elabora una metodología para la construcción de la memoria, de la cual no hay normalmente conciencia en el ser humano. Es una suerte de revisión de procesos mecánicos que usualmente no se interiorizan o analizan por parte de las personas. Por ejemplo, analiza la manera como aprendió a hablar: “Me acuerdo bastante de esto y he reflexionado después el modo con que aprendí a hablar, porque no fue esto por medio de alguna enseñanza de mis maestros o mayores, que me fuesen diciendo las palabras con determinado orden y método de doctrina, como poco después me enseñaron a leer, sino que yo mismo aprendí, valiéndome del entendimiento que vos, Dios mío, me disteis” (Cap. VIII). Adicionalmente, la forma de revisar y construir la memoria se convierte en un tema primordial para entender el mundo occidental antiguo y la entrada al medievo, porque, precisamente, presenta cómo el pensamiento filosófico evoluciona del platonismo al neoplatonismo, desde la perspectiva conceptual del conocimiento. Por eso, el Capítulo X sobre la memoria y la interioridad se convierten en referentes filosóficos ineludibles.

Aparece en el texto una toma de conciencia de una vida dispersa hacia otra realidad en la que se halla la verdad. De hecho, la búsqueda de la verdad suprema es una constante a lo largo de toda la obra. Justamente, lo que comprueba es que la única manera de identificar el verdadero sentido de la vida es la peregrinación y la lucha con sigo mismo para encontrar al Dios único. Uno de los apartes más desgarradores es el coloquio con su madre, cuando ella luchaba por enderezar el rumbo perdido de su hijo. En esta interiorización se yuxtapone una separación absoluta entre el espíritu y la materia, y el papel del Dios omnipotente en el alma de los humanos, relación que difiere sustancialmente de la que tenían los mortales y las divinidades en el mundo grecorromano.

En conclusión, se podría afirmar que este texto constituye un tratado filosófico, la primera autobiografía de la literatura occidental, una bisagra entre la antigüedad y la Edad Media, una narración épica de la transformación humana, un método de introspección psicológica, una confesión de lo más íntimo y profundo del pensamiento humano, así como una herramienta de construcción narrativa allende de la adornada literatura clásica.

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