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10 Aug 2021 - 2:01 a. m.

Historia de la literatura: “El paraíso perdido”, de John Milton

Este poema se ha interpretado desde su publicación en diversos sentidos y a partir de numerosos matices: literarios, teológicos, religiosos, humanistas y filosóficos. Además ha sido analizado en todas las épocas y corrientes del pensamiento.

Mónica Acebedo

“A los frutos de aquel árbol vedado,

Cuyo sabor letal trajo a este mundo

la muerte junto a todos nuestros males,

por perder el Edén el primer hombre

que desobedeció, mientras no vino

otro mucho mayor a redimirnos (…)”.

*

El paraíso perdido, de John Milton, es una de las obras fundamentales de la literatura universal. El dramaturgo John Dryden, casi contemporáneo a Milton, se refiere al poema así: “Tres poetas de épocas distantes iluminan la cultura occidental. Nadie podría superar la altura de Homero ni la majestad de Virgilio. Por eso las fuerzas de la naturaleza fundieron a los dos primeros para crear a Milton, el tercero”. (Contraportada, edición de Abada, 2005). Justa alabanza porque se trata de uno de los más grandes poemas épicos jamás escritos. Reescribe el mito bíblico de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, pero va mucho más allá del Génesis, combina otras tradiciones mitológicas, como la griega, con las de otros pueblos semitas orientales y obtiene como resultado uno de los documentos socioculturales más significativos de la historia de la literatura.

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John Milton nació en Londres el 9 de diciembre de1608. Hijo de Sara Jeffrey y de John Milton, escribano, notario y prestamista que se había convertido al anglicanismo y había renunciado a la Iglesia católica, lo que le había costado la herencia. Desde pequeño su padre lo inició en literatura, filosofía, teología y cultura clásica. Su educación religiosa estuvo marcada primordialmente por las tendencias del puritanismo, las cuales son evidentes a lo largo de toda su vasta obra. Murió en 1674, a los 66 años.

El paraíso perdido fue publicado por primera vez en 1667 y, de acuerdo con varios estudiosos de su obra, constituye su legado más importante. Se trata de un poema épico, es decir, una narración en verso que relata las hazañas de un héroe, en este caso Satanás. Estructurado en 12 libros que contienen 12.000 versos sin rima, o blank verse. A lo largo de todo el poema se siente la fuerte influencia de la Ilíada, desde la perspectiva narratológica. No obstante, en lo que se refiere al heroísmo, el autor está evidentemente permeado de cristianismo, pero conoce tan detalladamente la herencia homérica, que logra una perfecta sincronía entre la tradición clásica grecorromana y la tradición bíblica judeocristiana, las cuales, a su vez, incorporaban otros mitos milenarios, como el de Gilgamesh, una de las principales inspiraciones del Génesis y cuya presencia es indiscutible en el poema miltoniano.

El eje temático del poema es la pérdida del Paraíso terrenal por parte de Adán y Eva. Se remonta a la creación del mundo, a la guerra entre el ángel desobediente (Satanás) y Dios, que simula aquella guerra de titanes narrada por Hesíodo. La guerra comienza porque Dios decide crear un hijo al cual le va a conferir todo el poder. Este hecho es bien peculiar, porque a pesar de que Milton escribe desde su profunda convicción cristiana y puritana, se aparta, en este punto, del Nuevo Testamento, posiblemente porque lo que pretende es mostrar al hijo de Dios desde antes de su llegada al mundo.

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La creación de este ser, hijo de Dios, desata la envidia y la ira de Satanás (en este aparte también se aparta de la Biblia). Él enfrenta a Dios junto con otro grupo de ángeles. Luego de la cruenta batalla, Satanás cae al Lago del Fuego junto con sus compañeros de desobediencia y desgracia. Allí recuerda un antiguo oráculo que anunciaba el nacimiento de un nuevo mundo (el de los hombres, que no es otro que el Paraíso terrenal o jardín del Edén). En venganza, Satanás se propone buscar ese mundo para corromperlo. Engaña a los guardianes para poder entrar, siente envidia de lo que ve y exhibe su naturaleza diabólica. Su rencor es percibido por el arcángel Uriel, quien de inmediato le cuenta a Dios estas macabras intenciones. Dios le pide al arcángel Rafael que advierta a Adán sobre el peligro (posiblemente con esta acción genera la culpa en Adán). Rafael le explica a Adán que el hombre está compuesto de dos sustancias (alma y cuerpo), le relata la historia de la caída de Satanás y los otros ángeles, le cuenta cómo los ángeles no tienen cuerpo y, por ende, solo pueden estar heridos temporalmente.

Satanás es expulsado en su intento de entrar al Paraíso, pero pronto regresa. Se mete en el cuerpo de una serpiente para engañar a Eva y la insta a comer del fruto prohibido. Eva sugiere a Adán que también pruebe la manzana seductora. Ambos caen dormidos y, cuando despiertan, ven el mundo diferente: su desnudez les causa vergüenza y se acusan mutuamente. Entretanto, en el cielo Dios le pide a su hijo que baje a la Tierra. El hijo condena a todas las serpientes a caminar sobre la barriga; manifiesta que, en adelante, las mujeres parirán con dolor y los hombres tendrán que cazar para comer.

Satanás, por su parte, se encuentra con Pecado y Muerte, y les dice que deben estar ahí para acechar a los seres vivientes. Adán insulta la naturaleza femenina; Milton, desde su ideología puritana, agudiza la misoginia a lo largo del poema. Adán y Eva piden perdón a Dios, quien escucha las oraciones y permite que su hijo abogue por la humanidad. El arcángel Miguel debe escoltar a Adán y a Eva fuera del Paraíso, advirtiéndoles que no se preocupen, pues podrán estar con Dios después de su muerte. En este trayecto Miguel le muestra a Adán el futuro de la humanidad.

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Los temas del poema son tan arcaicos como modernos, tan religiosos como críticos; de hecho, parece parodiar el concepto del heroísmo militar; asimismo, el debate entre los diablos puede ser una sátira a los debates políticos y a las organizaciones estatales; la guerra, tal vez, una metáfora de lecciones moralizantes sobre la desobediencia. Y como buen cristiano, analiza las culturas griega y romana, y concluye que fueron supremas, pero que no entendieron ni la filosofía ni la religión; hace evidente a través del diálogo entre Adán y Rafael las grandes diferencias entre el hombre y la mujer.

El poema se ha interpretado desde su publicación en diversos sentidos y a partir de numerosos matices: literarios, teológicos, religiosos, humanistas y filosóficos. Ha sido analizado en todas las épocas y corrientes de pensamiento, pero tal vez una de las más significativas es la del descubrimiento de la interioridad del hombre, que le imprime un atisbo psicológico al poema, pues supone que el ser humano lleva su propio paraíso interno: “No ha de dolerte, entonces, tu salida / de este ameno jardín que ahora abandonas, / porque dentro de ti, gozosamente, / llevarás otro Edén más placentero” (p.77, Ed, Abada, 2005).

Cierro con una cita de Enrique López Castellón de la introducción que hace a la edición bilingüe de Abada: “(…) Los tres personajes clásicos de la escena del jardín no son, en realidad, sino tres dimensiones del propio hombre: la imaginación, que es castigada; la cupiscencia, es decir, su parte femenina personificada por Eva, que es pecaminosa, pero que, merced a la gracia de Dios, podría transformarse en sabiduría encarnada, y, por último, su parte viril, la voluntad, única responsable del verdadero pecado por disfrutar de los placeres a que la parte femenina es inducida por la serpiente” (31).

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