20 Jan 2021 - 2:00 a. m.

Historia de la literatura: Guillermo de Aquitania y la lírica de los príncipes

La lírica de los príncipes es el nombre que se le da a la poesía amorosa medievalista que se desarrolla originalmente en Provenza (sur de Francia). Este movimiento literario fue uno de los más populares y extendidos en toda la Romania y la Inglaterra normanda.

Mónica Acebedo

Guillermo de Aquitania, noveno duque de Aquitania, nació en Poitiers en 1071 y allí mismo falleció en 1127. Noble, como muchos de los trovadores provenzales que inauguraron una tendencia poética que armonizó la música y los versos, que dejaron huella en construcciones líricas a lo largo de Europa occidental. En este recuento de la historia de la literatura, procuro referirme exclusivamente a obras literarias específicas y no a los aspectos generales de la producción de un autor. Sin embargo, en algunas ocasiones, como en esta, lo considero necesario por haber sido, probablemente, el primer representante de la lírica trovadoresca. Hijo de Guillermo VIII y Audegarda de Borgoña, heredero de grandes extensiones de tierra, casado en segundas nupcias con la viuda del rey de Navarra y Aragón. Estuvo en Tierra Santa y a su regreso fue excomulgado de la fe católica. Terminó sus días aislado en un monasterio, luego de una vida agitada entre la milicia, la poesía y las mujeres.

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La lírica de los príncipes es el nombre que se le da a esta poesía amorosa medievalista que se desarrolla originalmente en Provenza (sur de Francia). Este movimiento literario fue uno de los más populares y extendidos en toda la Romania y la Inglaterra normanda. Rüdiger Krohn asegura en sus escritos sobre la actividad literaria en la Edad Media: “Las ricas consecuencias que tuvo el desarrollo de la lírica trovadoresca provenzal (u occitana), incluso para la historiografía, las describe un cronista del siglo XIII que, siguiendo la leyenda, fabula que Carlomagno, cuando repartió los territorios conquistados entre sus fieles, dejó la Provenza a los juglares”. (Historia de la literatura, Akal, V. II, p. 199).

La gran mayoría de los trovadores de quienes tenemos conocimiento eran aristócratas. Por lo tanto, no estaban al servicio de algún noble, como ocurre con otras expresiones literarias. Componían por simple placer y tal vez lo hacían en un intento de acomodarse a la vida palaciega en tiempos de paz, pues no podemos olvidar que la gran mayoría de los nobles tenían la función guerrera como su principal labor. En tiempos pacíficos era necesario adaptarse a la vida cortesana y justamente una de las formas de hacerlo era a través de la composición lírica. Sin embargo, esta tendencia también se fue popularizando poco a poco entre las clases burguesas, que cada vez más se insertaban en los ambientes culturales aristócratas de los burgos medievales. En ese sentido, la actividad se convirtió en un disparador de la vida social e intelectual del medioevo.

Las características principales de la trovadoresca se pueden resumir de la siguiente manera: en primer lugar, siempre se trata de poesía. El trovador, normalmente culto y noble (por eso se le apoda “la lírica de los príncipes”), es el encargado de componer los versos y su música. De otra parte, existe el juglar, quien canta los versos casi siempre en compañía del violín o el arpa. Usualmente están escritos en lengua románica (vulgar). La trovadoresca incluye, con frecuencia, una exaltación del goce pasajero, aunque al mismo tiempo es espiritual, refinada y sentimental; y, obviamente, venera y exalta la belleza como presupuesto del enamoramiento. Trovar viene del francés trouver, que traduce encontrar. Es decir, se trata de un encuentro con el amor en todas sus formas, tanto idílicas como sexuales. Yuxtapone el deseo carnal con la amada ideal platónica y está plagada de simbolismo y alegoría, en especial la primavera.

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Guillermo de Aquitania, con su originalidad, impone en las formas poéticas el enamoramiento de oídas, tan común en las posteriores narraciones medievales, pero lo hace en forma de sátira a las exageraciones de los tópicos amorosos: “Nunca la he visto y mucho la amo, / jamás obtuve de ella favor ni disfavor; / cuando no la veo, hago caso omiso: / No doy a cambio un gallo. / Que sé de una más gentil y hermosa, / y que vale más”. En otra estrofa: “No sé en qué lugar habita, / si es en montaña o si es en llano; / no me atrevo a decir la sinrazón que me hace, / prefiero callar; / y mucho me pesa que ella se quede aquí: / Por eso me voy”.

También compuso cantos al destierro y posiblemente a la vida agitada que tuvo. Uno de los más conocidos es el llamado Pues me han entrado ganas de cantar, del cual transcribo solo unos versos: “Pues me han entrado ganas de cantar, / haré un poema que me entristezca: / Nunca más prestaré servicio / en Poitou ni en Lemosín. / Partiré ahora hacia el destierro; / en gran temor, en gran peligro / y en guerra abandono a mi hijo; / mal le tratarán sus vecinos. / ¡Qué cruel se me hace partir / Del señoría de Poitou! […]”.

En síntesis, es viable afirmar que la trovadoresca es una bisagra entre el amor de la poesía épica en la que se exaltan las virtudes heroicas y el amor cortés, que se empieza a configurar en los ámbitos palaciegos a través de un intelectualismo estético heredado del pensamiento epicúreo. Guillermo de Aquitania evoca unas formas poéticas sensuales, a veces burlonas e incluso libertinas, pero siempre sutiles y delicadas, que determinan un referente ineludible en la tradición poética.

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