17 Jun 2021 - 2:00 a. m.

Historia de la literatura: William Shakespeare

Un recorrido por las tragedias, comedias y obras históricas de William Shakespeare y sus diferentes lecturas desde los estudios literarios.

Mónica Acebedo - @moacebedo

“To be or not to be, that is the question”.

Son muchos los autores y autoras que han establecido un referente en la historia de las letras universales, pero son pocas las expresiones que traspasan las fronteras del tiempo y perviven en el ideario social. Es el caso de la cita con la que inicio esta reflexión, la cual corresponde a Hamlet, el príncipe de Dinamarca, de William Shakespeare, quien es, a mi juicio, el mayor dramaturgo de la historia de la literatura en Occidente. Y no necesariamente me refiero a la cantidad de obras que escribió, porque, con absoluta certeza, varios han superado aquel raudal creativo, por lo menos en términos numéricos. Sin embargo, no conozco piezas literarias de un mismo autor que incorporen esa sin igual cantidad de experiencias humanas, personajes multifacéticos, cuestiones lingüísticas, aspectos sociológicos, elementos humorísticos, juegos de magia, talantes trágicos, dilemas éticos y morales que, además, rescaten las formas clásicas y sigan vigentes después de cuatrocientos años.

Paradójicamente, el extracto citado del monólogo de Hamlet —que traduce “ser o no ser, ese es el dilema”— ha resultado aplicable a diversos cuestionamientos alrededor de la vida del autor, pues hay quienes afirman que el escritor —de quien hay escasos datos biográficos— no pudo haber escrito tan magna obra. De hecho, se ha convertido en un aspecto fundamental en la academia inglesa, al punto que existen la escuela stratfordiana y la anti-stratfordiana. Unos argumentan que un autor con tan poca educación no pudo haber escrito semejantes obras y que es muy extraño que existan tan pocos datos biográficos de un autor que ya en vida fue exitoso no solo ante el público, sino ante la academia, pues hay datos que sugieren que se analizaba en algunas de las universidades ya existentes en el siglo XVII. Otros defienden al hombre nacido en Stratford-upon-Avon y bautizado el 26 de abril de 1564, asegurando que, por el contrario, la evidencia histórica demuestra que aquel individuo, cuya partida de bautismo sí se conoce, es el mismo actor, luego director de teatro, dueño de una compañía de teatro y autor de las numerosas obras que hoy se le atribuyen. Además, su nombre aparece en múltiples anuncios de teatros. Francamente, considero que se trata de un debate poco práctico y, en cambio, me parece mucho más útil centrarse en la magnificencia de su obra, que no deja de sorprender y ser analizada, interpretada y reinterpretada desde hace más de cuatrocientos años.

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La obra dramática de William Shakespeare se podría dividir en tres categorías: comedias, tragedias e históricas. Se tiene conocimiento de treinta y ocho obras de teatro, 154 sonetos y varios poemas sueltos. Esta vasta producción literaria ha sido reconocida, alabada y criticada por muchas generaciones, incluso desde que él estaba vivo. Asegura el profesor Peter Saccio que ya en 1601 el académico Gabriel Harvey se refiere a Hamlet como una “pieza inteligente” (Shakespeare’s English Kings, Oxford University Press, 2000). También fue fuertemente criticado por los puritanos protestantes posteriores, quienes consideraban que se trataba de representaciones que atentaban contra la moral y las buenas costumbres; tanto así, que ente 1642 y 1660 los teatros estuvieron clausurados en Inglaterra. Una de las características de su dramaturgia es que contiene varias tramas y numerosos personajes actuando al mismo tiempo en una misma escena. De hecho, la escenificación, luz, movimiento y efectos resultan fundamentales para entender su obra, pues a la disposición de los teatros isabelinos se yuxtapone la riqueza lingüística, se conjuga lo privado (la casa) y lo público (el exterior) y se resalta la complejidad de los papeles que se les atribuyen a los actores (expresamente me refiero al masculino, no como genérico, porque los papeles femeninos eran interpretados también por hombres).

Las comedias se caracterizan por satisfacer el deseo o por lograr los fines perseguidos. En algunos casos se resalta el humor, en otros la frustración, pero usualmente se logra un fin feliz. El núcleo argumental se centra en el deseo humano por el amor romántico que se irá logrando con trucos de cortejo, tópicos clásicos que interrumpen el amor ideal, pero que al final devuelven el orden. Un ejemplo de comedia, que además integra elementos de fantasía, es Sueño de una noche de verano; un cómico enredo amoroso, en el cual las hadas y los duendes juegan con el amor de los mortales mediante pociones mágicas durante el sueño. Otras más complicadas presentan problemáticas históricas, jurídicas, religiosas y políticas, como es el caso de El mercader de Venecia, una obra cómica, trágica y al mismo tiempo un documento con una fuerte carga sociológica.

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Las tragedias shakesperianas suponen el reconocimiento de las categorías aristotélicas de la verdadera tragedia (peripetia, hamartia, anagnórisis y katharsis), aunque van mucho más allá. Un paso de la felicidad a la infelicidad y un proceso ético y moral sumamente tortuoso, que, en algunos casos, propende por restablecer el orden social. El rey Lear, por ejemplo, plantea el tema del enfrentamiento del hombre con la naturaleza o el relativismo de la supremacía monárquica, la rivalidad entre los jóvenes y viejos y la manera de tratar los conflictos personales frente a aquellos del Estado. Romeo y Julieta, el trágico drama de los amantes eternos y el triste juego del destino. O Hamlet, que además inserta cuestiones psicológicas de los personajes, que además dialogan con una nación en crisis o con sentimientos como la venganza, los conflictos religiosos y la misoginia, entre otros. Las tragedias y las comedias se combinan en algunas obras como las que plantean temas históricos; tal es el caso de Ricardo II, Ricardo III y muchas más, en las que armoniza los elementos ya descritos con personajes y sucesos históricos, pero, casi siempre, desde la perspectiva de su propio tiempo.

En resumen, las obras de teatro de William Shakespeare son el eje fundamental de la cultura angloparlante y constituyen uno de los referentes más importantes en la historia de la literatura. Han contribuido a que muchas generaciones entiendan, cuestionen, creen identidad, fomenten patriotismo, rescaten el concepto de la tragedia clásica, se diviertan... Pero, además, han servido de sustento a millones de actores, actrices, compañías de teatro, a la industria cinematográfica, a las editoriales... Son parte esencial del currículo escolar y universitario desde hace muchos años y seguramente lo serán por muchos más.

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