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Historia de un encuentro

Se despide Annouchka de Andrade, agregada audiovisual para los países andinos de la Embajada de Francia en Bogotá, después de cinco años de gestión generosa y solidaria.

Hugo Chaparro Valderrama

08 de julio de 2010 - 05:30 p. m.
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Annouchka de Andrade —tomen aliento: Agregada Audiovisual Regional para los Países Andinos de la Embajada de Francia en Bogotá—, desde septiembre de 2005 hasta julio de 2010, trabajó de manera solidaria con el cine colombiano en un momento de relevo generacional por el que se contrastó la tradición con la vanguardia y su recreación del país en la pantalla.

Talleres, presentaciones de proyectos a productores europeos, exhibiciones de películas como Los viajes del viento (Guerra, 2009) y 1989 (Matiz, 2009) en el Festival de Cannes, Annouchka no permitió ningún límite en las posibilidades del mundo audiovisual, apoyando también SocCars, el primer juego virtual hecho en Colombia con tecnología 3D para ser visto en la pantalla bonsái de un iPhone.

Tender un puente entre la geografía doméstica y otras del cine fue uno de sus propósitos para enriquecer la creatividad de una cinematografía en movimiento.

“Mi trabajo con el cine colombiano es la historia de un encuentro”, dice Annouchka. “Llegué al país cuando la producción del cine nacional crecía y pude acompañar proyectos que demuestran la evolución de un cine diverso, diferente al que se hacía en Colombia cuando la mayoría de las películas eran, casi todas, sobre la violencia. Los directores me decían que era necesario hablar de una realidad así. Tenían razón. Pero una prueba de la buena salud del cine y de los artistas colombianos es que ya no se preocupan únicamente de problemas específicamente colombianos, abriéndose a otro tipo de propuestas creativas”.

¿De qué manera empezaron a trabajar los nuevos directores para narrar sus historias?

Un ejemplo que demuestra la diversidad del cine colombiano son las películas de género —Al final del espectro (Orozco, 2006); Búnker (Baiz, en desarrollo); El páramo (Osorio Márquez, en desarrollo)—. Nos enseñan que los cineastas empiezan a narrar historias universales. ¡Se puede hablar de todo!, les dije. ¡No hay que tener miedo! ¡El talento se comparte más allá de las propuestas personales!

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¿La confrontación fue entonces otra forma de apoyar al cine colombiano?

Creo mucho en ella. En que los colombianos se encuentren con otros cineastas. No hay que pensar que no tienen la posibilidad de ser comparados con los cineastas europeos. ¡Para nada! Por eso me interesan las coproducciones entre Europa y Colombia: permiten que una cinematografía sea visible. No quiero decir que en Francia haya muchos productores interesados por el cine colombiano. ¡Pero hay! Cuando Los viajes del viento estuvo en Cannes, La teta asustada ganó el Oso de Oro en Berlín. Este año, la peruana Octubre, de Diego y Daniel Vega, ganó un premio en Cannes en la sección Un certain regard. Gracias a La teta asustada, Octubre fue seleccionada en el festival, y gracias a Los viajes del viento vendrán otras películas o habrá más coproducciones franco-colombianas. Es algo que está en marcha. Tanto así que el Festival de Biarritz le rinde este año un homenaje a Colombia después de la invitación que se le hizo a Cartagena al director del festival, Jean-Christophe Berjon, para que pudiera ver y conocer películas y directores colombianos. ¡Los artistas pueden trabajar juntos!

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¿Cómo sucedió el descubrimiento del cine colombiano?

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Cuando recibí mi nombramiento, fui a la Embajada de Colombia en París y pedí que me prestaran todas las películas que tuvieran. Aprendí entonces del cine nacional y, de paso, mejoré mi español. Me entusiasmó viajar a un país para agregar con mi trabajo una gota a su cinematografía. Cinco años después —¡aunque no puedo ser objetiva porque adoro a todos los cineastas!—, observo una gran evolución en sus propuestas narrativas y formales. Esto se debe, en parte, a la posibilidad de asistir a festivales y comprender qué aspectos hay que mejorar, tanto en el sonido como en la imagen. De hecho, ahora apoyo a los sonidistas, pues creo que, con la edición, son las áreas más débiles del cine colombiano, además de que no hay tantos sonidistas en el país como los que se necesitan. Otro aspecto: el guión. La escritura es la base de una película, por eso organicé varios talleres de guión al año para analizar también cómo vender los proyectos, porque tú puedes tener un buen guión, pero es inútil si no lo sabes vender. Así que fortalecimos a los guionistas con profesionales como Isabelle Huige, por ejemplo, que trabaja en el departamento de ficción de Arte, el canal de televisión cultural franco-alemán, para que se reuniera con cinco guionistas y estudiara sus historias, eligiendo al final un proyecto —Jardín de amapolas (Juan Carlos Melo, en desarrollo)—, esperando que el canal se interese en comprar sus derechos.

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¿Un trabajo compartido entre la formación de los realizadores y del público?

Presentar películas francesas está bien, pero es más interesante que la gente se encuentre, que Colombia y sus artistas sean más conocidos fuera del país. Mi trabajo no es el de alguien que viene del extranjero y cree saberlo todo. Mi principio siempre fue aprender y compartir. Otro ejemplo: el taller de crítica de cine que se realizó en junio de este año en La Paz (Bolivia). La idea fue participar en un taller dictado por un crítico como Jean-Michel Frodon y que se conocieran los críticos de Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y Colombia. Jean-Michel fue muy claro: voy para aprender de los críticos asistentes. ¡Por eso me encantó ser agregada audiovisual de la Embajada de Francia en Colombia y me encantaría seguir siéndolo en cualquier otro país!

Annouchka confiesa al final de la entrevista que “quisiera ser contratada por los colombianos para seguir trabajando desde París por el desarrollo tanto del cine como del arte del país”. Que así sea, Madame. Merci bien et à bientôt.

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Por Hugo Chaparro Valderrama

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