Precious: basada en la novela “Push” de Sapphire. Un título kilométrico pero necesario para comprender el contenido de una película considerada como una de las historias más vibrantes, enérgicas y crudas que se hayan filmado en el paisaje neoyorquino a finales de esta década.
Una película que responde al misterio del título con el vigor de sus imágenes y con la puesta en escena del guión escrito por Geoffrey Fletcher, basado en la novela de la activista y poeta norteamericana Sapphire.
Y Claireece Precious Jones… El nombre del personaje —interpretado por la actriz que se ha convertido en el emblema de una adolescencia dolorosa, una referencia ineludible de talento superlativo y entonación musical cuando Gabourey Sidibe habla como si cantara—, redondea el origen literario de la historia, su adaptación y la traducción dramática a la pantalla según lo que anuncia el título.
Su director, Lee Daniels, en Precious visita al Harlem de finales de los años 80, al sistema educativo como una oportunidad fallida ante las circunstancias de los estudiantes, alternando el infierno callejero con el infierno doméstico —al que contribuye la madre con su brutalidad y con la venganza por la frustración y el tedio , interpretada con carácter desalmado por Mo’Nique—; la posibilidad que le ofrece a la muchacha la estrategia pedagógica y personalizada del Each One/Teach One —donde cada uno se enseña a sí mismo bajo la supervisión de un maestro infatigable, encontrando Precious una salida al callejón gracias a la guía de la señora Rain (Paula Patton)—; la evolución del personaje desde el infortunio hacia la esperanza, son facetas que prolongan un tema tradicional en el cine, “la escuela y la casa como campos de batalla”. Las imágenes hablan para reflejar la intensidad del drama —en su plenitud cuando visitamos la casa de Precious filmada con fuentes de luz tenues, en penumbra, poblada por las referencias sombrías que definen su tragedia—.
Daniels y su director de fotografía, Andrew Dunn, construyeron una atmósfera opresiva salvada por la compasión. La luz del día, en la escuela o en el restaurante donde Precious roba comida divirtiéndose con la travesura, se filtra de una manera tajante cuando regresa al “hogar dulce hogar” —un lugar común de la ingenuidad cuando no se cumple en la biografía de muchas experiencias desoladas—. El mundo ataca a Precious pero no la lleva hasta el naufragio. Encuentra soluciones. Arduas pero no imposibles. Su adolescencia —tiene 16 años de edad, un hijo producto del incesto y otro que viene en camino—, le permite que no sea todavía un personaje cínico, aunque sí se encuentra en el escalón anterior al del cinismo: un escepticismo galopante ante “las bellezas de la vida”. ¿Cuáles? Las que acaso le traiga el azar. El destino que la haga invulnerable. Transformándose al ritmo de lecciones crudas o gracias a estallidos neuróticos como el que hace reventar a su madre cuando se enfrenta a una trabajadora social, Miss Weiss (Mariah Carey), en una competencia verbal y emocional donde brillan la actuación, los giros idiomáticos y los matices sonoros de las voces.
No es posible salir indemne de esta película dedicada a todas las adolescentes que, como su protagonista, sobreviven a las pesadillas del mundo. El cine cumple así con alertar al espectador.