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Homenaje a Escalona

Este martes se inicia la edición 43 del Festival de la Leyenda Vallenata.

Ricardo Gutiérrez Gutiérrez / Especial para El Espectador

26 de abril de 2010 - 05:00 p. m.
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Imposible olvidar los momentos parranderos que viví al lado de Rafael Escalona y Colacho, ellos me llevaron a recorrer ese mundo del folclor vallenato y dejaron marcados en mi vida gratos recuerdos. Por eso evocarlos, recordarlos, impregna mi alma de un placer indescriptible. Ese deleite espiritual me llevó a comprender la grandeza de las canciones vallenatas compuestas por Rafael, caracterizadas por la narración sintetizada de acontecimientos y vivencias empujadas por su portentosa fuerza imaginativa, que hizo posible un acervo folclórico sin igual, e interpretadas por el incomparable Colacho Mendoza, acordeonero, amigo fiel y sustento melódico de su obra musical.

Escalona, un hombre inteligente, creativo y conocedor de la idiosincrasia de su pueblo, fue capaz de resumir en frases sencillas la esencia de lo cotidiano, las costumbres, sus amores, sus anhelos. El no saber ejecutar ningún instrumento musical se convirtió en su fortaleza, su inspiración musical la plasmó entonces en la construcción de bellas frases. Con un simple silbido, o tarareando una melodía, le transmitía a Colacho la esencia de una nueva canción. Es así como en una parranda después de un intervalo de tiempo en donde algunos de los asistentes intervenían con historias, anécdotas o chistes, se escuchaba a Rafa decir: “Vamos, compadre Colacho, deme tal canción”,… silbando, le indicaba la melodía y de inmediato las notas del acordeón le respondían prodigiosamente su solicitud.

La cercanía de estos dos maestros hizo posible que Colombia conociera sobre una región de la cual brotaba una música que contagiaba por su autenticidad. Ellos fueron los pioneros de la introducción de la música vallenata en los altos círculos sociales de Bogotá, y de la divulgación masiva de nuestro folclor en diversos rincones del país. Todavía se recuerda la gran fiesta vallenata que el entonces presidente de la República, Dr. Guillermo León Valencia, brindó en el Palacio Presidencial a Escalona, y el flamante titular de un diario capitalino al día siguiente en primera página: “El acordeón se tomó al Palacio de San Carlos”.

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Escalona fue el incondicional y cariñoso amigo de sus amigos y el más importante canalizador de inquietudes y problemas de nuestra región, pues sus relaciones sociales en Bogotá le permitían llegar a niveles inalcanzables entonces para los políticos del departamento. Aún conservo cartas que me enviaba en las que adjuntaba una relación detallada de regalos para amigos en Valledupar que en varias oportunidades sobrepasaban de 50 (camisas, pantalones, relojes, medicinas, etc.) o recursos económicos de acuerdo con la necesidad. Eran días y días averiguando direcciones para hacer la entrega encomendada, previa firma de lo recibido, pues así lo exigía.

A través de ratos placenteros de compañía junto a Escalona pude conocer y entender nuestra música, en la que los versos transmiten manifestaciones no sólo del mundo interior del compositor, sino también de todo lo relacionado con la región y sus costumbres. Es por esa razón que un verso de Escalona inunda de alegría a quien lo escucha y lo lleva a reencontrarse con su mundo, su terruño, sus recuerdos, y a entender la magia que genera la música vallenata.

De su inspiración brotaban hermosas composiciones de una forma natural, en versos resumía un acontecimiento. Es el caso de una de sus canciones más conocidas: Jaime Molina. Esta obra musical nació, según me comentó el propio Escalona, en una parranda con el reconocido pintor vallenato Jaime Molina y sus amigos Poncho Cotes, Alfonso Murgas y Andrés Becerra cuando festejaban un bautizo en el barrio Primero de Mayo de Valledupar.

La parranda iniciada en la mañana de un día de invierno parecía finalizar temprano, pero Jaime, un hombre inteligente y locuaz, no lo permitió con sus ocurrencias e historias que fascinaban a los presentes. A medianoche, Molina sirvió un trago a cada uno de sus contertulios, se levanto de la mesa y pidió silencio para dirigirse a su gran amigo Escalona, a quien le dijo: “¡Ultimadamente, yo soy Jaime Molina!… hazme un canto de esos que haces tú y yo te hago una caricatura. ¿Quieres aceptar ese trato?”. “¡No seas pendejo, yo te lo acepto!”, contesto Rafael, y se retiro a dormir en un chinchorro en la habitación contigua. Tan pronto Jaime se dio cuenta de que su amigo lo había abandonado lo despertó y le gritó: “Escalona… ¿Quién eres tú para quererte tanto?”.

 El Maestro nunca olvidó la solicitud que le hizo su gran amigo aquellos días. Después, lleno de tristeza por la partida de Jaime, le compuso esta bella canción que los inmortalizó a los dos:

“Recuerdo que Jaime Molina

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cuando estaba borracho ponía esta condición.../ que si yo moría primero él me hacia un retrato/ o si él se moría primero yo le sacaba un son,/ ahora prefiero esa condición que él me hiciera el retrato y no sacar el son”.

Por Ricardo Gutiérrez Gutiérrez / Especial para El Espectador

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