Cultura

Publicidad
10 Nov 2020 - 3:25 p. m.

Hoy en el Pequeño glosario de antintelectualismo: “Democracia” y “Populista”

Undécima entrega de la serie propuesta por el grupo de investigación del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional. Esta vez, el Glosario se ocupa de dos términos que adquieren importancia en épocas electorales.

William Díaz Villarreal* Juan Diego Medina** / Especial para El Espectador

Los presidentes de Brasil, Jair Bolsonaro (izq.), y de los Estados Unidos, Donald Trump, dos referentes del populismo pero que en cada discurso se declaran defensores de la democracia. / AFP
Los presidentes de Brasil, Jair Bolsonaro (izq.), y de los Estados Unidos, Donald Trump, dos referentes del populismo pero que en cada discurso se declaran defensores de la democracia. / AFP
Foto: JIM WATSON

Democracia

En la bolsa de valores morales de hoy, la palabra “democracia” parece siempre una inversión segura. Políticos, periodistas, intelectuales y opinadores en todo el espectro político acuden al término con entusiasmo y sin vacilación. En su breve alocución presidencial por los 198 años de la declaración de independencia brasileña, Jair Bolsonaro reiteró ante sus compatriotas su “amor a la patria” y su “compromiso con la constitución y con la preservación de la soberanía, la democracia y la libertad”, “valores a los que ya nunca renunciará” el país. Por esos días, la canciller alemana Angela Merkel usaba casi las mismas expresiones con ocasión del Día Internacional de la Democracia que había decretado Naciones Unidas: “en Alemania podemos considerarnos afortunados de que la democracia y la libertad, el estado de derecho y la responsabilidad política compartida estén firmemente anclados entre nosotros”. Todos defienden la democracia, pero la democracia que cada uno defiende es diferente de las otras: todo depende del enemigo del que se la quiera defender. Angela Merkel celebra el estado presente de la democracia alemana porque la contrasta con los oscuros años del nazismo y el medio siglo de un país dividido durante la Guerra Fría. En cambio, cuando Jair Bolsonaro habla del compromiso actual de Brasil con la democracia, se refiere al ejemplo de un supuesto pueblo heroico que, durante “los años sesenta” (es decir, gracias al golpe militar de 1964), se enfrentó a “la sombra del comunismo” que amenazaba al país con “la radicalización ideológica, las huelgas, el desorden social y la corrupción generalizada”. La democracia, nos dicen los que tienen el poder y los que se lo disputan, es el valor supremo, pero está en peligro cuando queda en manos de nuestros enemigos políticos.

Esta defensa cerrada de la democracia y sus supuestos ideales es reciente, demasiado reciente. Hace dos siglos y medio apenas, “democracia” designaba un fenómeno idiosincrático de algunos pueblos curiosos. En 1732, el Diccionario de Autoridades de la Lengua Castellana definía esa palabra así: “Gobierno popular, como el de las repúblicas de los cantones suizos y otras. Viene de la palabra griega Democratia, que significa lo mismo”. En el siglo XVIII, la democracia no denotaba nada más que eso: una particular forma de “gobierno popular”; no era ni un valor supremo firmemente anclado en nuestro espíritu, ni un motivo para sentirnos orgullosos, ni siquiera una aspiración elevada de la humanidad. Esta indiferencia frente a la democracia fue la regla general hasta el período revolucionario europeo y americano a finales de ese siglo y comienzos del siguiente. Entonces se convirtió en objeto de aceptación o repudio, según los vaivenes de las circunstancias: para unos representaba las aspiraciones de un pueblo soberano, mientras que otros la imaginaban como el gobierno caótico de una plebe incendiaria. Y quien se definiera como demócrata corría el riesgo de ser visto nada menos que como promotor de disturbios y organizador de barricadas. Incluso ya casi a finales del siglo XIX, el Director Imperial de Bellas Artes de Napoleón III podía permitirse decir, sin causar asombro entre el público, que el arte de los pintores realistas franceses era “pintura de demócratas, de gente que no se cambia de ropa interior y quiere avasallar a la gente de mundo”.

Los últimos cien años constituyen el siglo de la democracia, no tanto por el desarrollo pleno de regímenes democráticos, como por la manera en que el término ha sido mimado y elevado a la condición de valor incuestionable. Basta observar el ardor de los dos candidatos en la campaña presidencial en Estados Unidos cuando hablan de “nuestra democracia” (our democracy): este término ha ingresado, junto con “libertad”, “gallardía”, o “excelencia” (véase), a la prestigiosa liga de palabras incontrovertibles. Democracia es el “gobierno del pueblo”, y eso quiere decir mucho; tanto, que nuestro espíritu, inflamado de moralismo ante tal definición, nos prohíbe examinarla de cerca. Sin embargo, también significa muy poco, pues su contenido concreto depende de lo que cada uno entienda por “gobierno” y por “pueblo”. Mientras el mundo estaba en vilo por los resultados de la elección presidencial en los Estados Unidos, John Biden decía que había que contar todos los votos, incluidos los votos por correo, mientras que Donald Trump afirmaba que había que suspender el conteo, y ambos lo decían para proteger our democracy. Definida como “gobierno del pueblo”, la palabra “democracia” no es más que un instrumento retórico: puede usarse para justificar la defensa de los intereses de las minorías, pero también la imposición de la opinión de la mayoría. Por eso, es muy fácil emplearla como aval del régimen de turno si este se alinea con mis intereses, y como vara para castigar las tendencias “antidemocráticas” de los otros. Para algunos la democracia es la joya suprema que Occidente quiere compartir con la humanidad, mientras que para otros es lo que Occidente nunca ha alcanzado, pero que usa como pretexto para imponer su poder sobre el mundo.

Como dice Wendy Brown en El pueblo sin atributos, la democracia es como un saco en el que cabe todo: “desde elecciones libres hasta mercados libres, desde protestas contra dictadores hasta la ley y el orden, desde el carácter central de los derechos hasta la estabilidad de los Estados, desde la voz de la multitud reunida hasta la protección de la individualidad”. En el fondo, no hay un verdadero acuerdo sobre cuál es la sustancia de la democracia, aunque todos se consideren sus más ardientes defensores. Como todos los términos incontestables de hoy, “democracia” es un cascarón vacío cuyo contenido debería ser objeto de discusión permanente, de definición a partir de las circunstancias concretas en cada caso. Y debería ser así precisamente porque, hasta ahora, es la forma de gobierno humana que promete más justicia, pluralidad e igualdad, incluso aunque en la realidad no haya podido cumplir esas promesas. Sin embargo, el compromiso irreflexivo con los supuestos valores positivos de esta palabra hace que la definición, sea cual fuere, quede en manos de quienes toman las decisiones políticas reales. Y es que todos sabemos, aunque finjamos ignorarlo, que una calificadora de riesgo, el default de una deuda o una amenaza de la banca multilateral pueden poner a tambalear cualquier régimen sin necesidad de tomarse en serio la democracia. Mientras la discusión pública, que da la democracia por sentada, gira en torno a cosas tan abstractas como los pesos y los contrapesos, las votaciones y los umbrales, el poder real impone reformas, beneficia ciertos sectores y limita los espacios de participación ciudadana, y todo ello con la sacrosanta bendición de la democracia.

Populista

Durante las elecciones del 2018 a la presidencia mexicana, el excomandante del ejército venezolano Carlos Peñaloza tildó de populista al candidato Andrés Manuel López Obrador por “ofrecer aumentar sueldos, atención médica gratuita, abaratar la gasolina y la electricidad, sin que México tenga dinero para cubrir esos gastos”. El populista es un administrador irresponsable de los recursos estatales: ofrece una serie de medidas que pueden afectar gravemente la salud de la economía (véase). En términos muy parecidos, un candidato a la presidencia de Colombia describía a su oponente durante las elecciones de 2018: “Todo lo promete, pero nunca dice cómo lo va a financiar”, decía; por eso, amenaza con acabar “los pocos recursos con los que cuenta el Estado”. El terror al populista se basa en una predicción simple: una vez asuma el poder, llevará la economía a la ruina y por ende empobrecerá a los ciudadanos. No son de extrañar, entonces, comentarios como el de la politóloga Gloria Álvarez: “el populismo ama tanto a los pobres, que los multiplica”. Este tipo de expresiones sintetizan, hoy, las críticas más eficaces al populismo.

La connotación negativa del populista, del populismo o de cualquier expresión que aluda a lo popular, es de larga data. Hace dos milenios, en los tiempos de la última república romana, los optimates, o sea los aristócratas más conservadores, atacaban enérgica y violentamente a la facción de los populares, que, aunque también aristócratas, reclamaban una mejor distribución de la tierra y una mayor participación política de la plebe romana. En los cuarentas y cincuentas del siglo pasado, los líderes populistas apelaban a “las gentes”, “al pueblo” o a “las masas”, expresiones poco gratas para las clases dominantes, pero que daban a entender que había un cuerpo social al cual dirigirse y sobre el cual se quería cimentar un proyecto político determinado. “Pueblo, por la derrota de la oligarquía, ¡a la carga! Pueblo, por nuestra victoria, ¡a la carga!”, arengaba Jorge Eliecer Gaitán ante sus seguidores. Existía la creencia, tanto en los romanos como en los populistas de la primera mitad del siglo pasado, en que los proyectos políticos debían incorporar las demandas de un amplio sector social, incluso cuando esto implicase el enfrentamiento abierto con otros sectores. En esto consistía, de hecho, la política, y en esto se fundaban tanto la idealización del pueblo por parte de los populistas, como el terror que generaba entre las élites. Con todas sus limitaciones y contradicciones, la idea de política se basaba, en los romanos y los políticos de hace un siglo, en la imagen del Estado como un cuerpo social cuya salud había que preservar y mejorar. Incluso entre los más reaccionarios, la sociedad era concebida como un todo, y por eso la relación entre sus miembros debía armonizarse, con persuasión o a la fuerza. A la larga, el fin de la política era la polis misma, la vida política en su conjunto.

La imaginación neoliberal, que se ha vuelto la dominante durante el último medio siglo, ha desarticulado esta imagen para ponerla al servicio de intereses ajenos a esa idea de política. Hoy, cuando los Estados se constituyen a sí mismos y conciben a las personas bajo la imagen de la empresa, se ha esfumado la posibilidad de defender los intereses colectivos que señalaban implícitamente expresiones hoy caducas, como el “pueblo” de Gaitán o la “plebe” de los populares. Lo que decía Margaret Tatcher en 1987, cuando el imaginario neoliberal estaba arraigando en Occidente, tiene para las generaciones más recientes el tinte de una profecía autocumplida: “no hay tal cosa como la sociedad”, afirmaba. “Hay hombres y mujeres y hay familias”. No hay tal cosa como proyectos colectivos, hay individuos y grupos puntuales que luchan entre sí permanentemente por tener éxito a costa de los otros. Con el vaciamiento social del discurso político, el populista perdió su razón de ser, pero mantuvo el repudio de las élites sociales e intelectuales. A las críticas tradicionales al populismo por su arraigo en la masa ineducada (“el populismo es la democracia de los ignorantes” afirma, por ejemplo, Fernando Savater), se suma ahora una más devastadora, aunque suene ridícula: el populista es un pésimo político porque es un mal administrador. En este sentido, es muy llamativa la manera en que los populistas se han acomodado a la imaginación neoliberal. López Obrador, por ejemplo, se cuida de inflamar a las masas en contra de las oligarquías, como lo hacían sus antecesores del siglo pasado, y dice en cambio que “por el bien de todos, primero se rescata al pueblo”. Su idea de “rescatar al pueblo” carece de toda sustancia política, y en cambio está definida en meros términos económicos. Hoy, cuando la “austeridad” es un mandamiento sagrado y la salud de las finanzas está por encima de cualquier cuerpo político, ya ni el más redomado populista puede dejar de apelar a la economía antes que a la sociedad.

* Profesor del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia (wdiazv@unal.edu.co).

** Estudiante del Pregrado en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Miembro del semillero de investigación en Antintelectualismo académico (judmedinacr@unal.edu.co).

Síguenos en Google Noticias