Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Desde 1986, el sociólogo Armando Silva empezó a trabajar sobre la cultura popular: sus símbolos y representaciones. Algunos años más tarde, estos estudios se convirtieron en una nueva forma de ver el urbanismo a partir del ciudadano, en contraste al urbanismo que estudia las ciudades a partir de la arquitectura.
En 1992 Silva definió este nuevo método de estudio cómo Imaginarios urbanos, en un libro publicado ese año. Con el tiempo se convirtió además en obra de arte gracias a la invitación a Documenta 11 en Kassel (Suiza) en 2002, y a la Bienal de São Pablo en 2004.
Esta gran investigación —que a partir de este martes expone al rededor de 100 fotografías y videos en el Museo de Arte Moderno de Bogotá— está encaminada a descubrir qué hay en la mente de los habitantes de las ciudades y cómo es la ciudad que ellos habitan desde sus percepciones, sus carencias, sus necesidades.
En los últimos 10 años, en asocio con el Convenio Andrés Bello, Silva se dedicó a identificar el imaginario de cada capital de América Latina. Así nació Bogotá imaginada, Santiago imaginada, y otros libros de esta serie que nacieron con encuestas, imágenes y los recorridos en las urbes.
“En 2004 la Bienal de São Pablo me invitó a realizar un proyecto llamado Imaginarios globales, para este trabajo se contrató a la firma Gallup e hicimos encuestas en muchas ciudades. El resultado demostró que los tres grandes imaginarios son el miedo, la soledad (aunque más en Europa) y el cuerpo”.
La faceta más interesante de la investigación es precisamente encontrar en las ciudades las representaciones de estos imaginarios. Es decir, en dónde y cómo se manifiesta el miedo, por ejemplo. Es ahí donde hablan las imágenes y las estadísticas entran a hacer parte de un discurso más amplio que las aburridas cifras.
Con ejemplos, Silva aclara los conceptos: “En lo que respecta al miedo, las fotografías de Caracas muestran una ciudad llena de rejas. Otro ejemplo es Bogotá, que tiene 16 policías privados (celadores) por cada policía del Estado y es una de las ciudades menos inseguras, en términos estadísticos, de América Latina”.
Silva, quien alcanza a ver los comportamientos de los conglomerados urbanos desde la distancia, con una perspectiva de la ciudad como la que tiene desde la terraza de su casa en Chapinero, define su mirada con las palabras de María Elvira Ardila, curadora del Mambo: “Es como ver ‘desde la otra orilla’. Es decir, si hay una mujer desfilando y un grupo de gente que la miran, yo observo a quienes siguen el desfile, no a la mujer”.
Así como un taxónomo de estos enormes animales que son las ciudades, Silva identifica y clasifica los recodos del inconsciente colectivo. Y va más allá. “Cuando Mokus se bajó los pantalones en lo que yo defino como el performance más importante del país contemporáneo, la reacción popular fue identificarse con su acto de rebeldía. Antes de las elecciones de ese año, yo dije que podría llegar a ser alcalde. Ahora la imagen de Íngrid que le dio la vuelta al mundo, como la Virgen del Greco, me llevan a concluir que su misión y la percepción hacia ella, no es de política, sino una más humanitaria e incluso más espiritual”.
No se trata de adivinar el futuro, se trata, como lo hacían los impresionistas, de captar los objetos no por lo que son, sino por cómo se ven a través de los ojos de otros, en este caso de colectividades urbanas.