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Calle al frente hay un par de tipos bravos, tan rudos que fuman bajo el sol. Son como dragones que esperan volver a sus trabajos o a sus casas, o que simplemente fuman y esperan.
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Las frutas de los vendedores que las ofrecen en el rojo incendiario del semáforo son lo único sensato y deseable entre tanto vidrio y metal, entre tanta combustión insoportable, entre tanto ronquido y eructo de aceite quemado y este maldito tapabocas que me asfixia.
Un tipo que fuma ve venir su ruta y le hace una señal con la mano, aquel se detiene y la gente acuñada hasta el límite procura hacerle algún espacio. El hombre se incorpora dando una última chupada a su cigarro y mete todo su cuerpo con tanta fuerza entre la gente que parece que se exprimen hasta la más insignificante gota de dignidad.
Comienzo a fantasear con el recuerdo de un frío tan agudo que por poco y si froto mis manos con la intención de espantarlo. Me llueven las axilas, nace agua de las barbas de mis sobacos y no lo puedo contener, me estoy deshidratando a un ritmo increíble.
Mi cabeza que se cocina bajo el sol parece una olla de caldo de sesos con vegetales desechos por exceso de candela.
Soy capaz de patear aquel perro que duerme fresco en la puerta doble del banco. Lo haría. Juro que lo haría para tirarme en la baldosa y sentir el aire acondicionado que se escapa por la rendija, sino fuera porque dentro de muy poco abren el banco y porque allá viene la maldita buseta azul en la que con toda seguridad me fritaré como una grasienta ala de pollo y probablemente se me prenda el virus.