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Era una mujer de pocas palabras, de estatura pequeña y vestía con trajes de volantes hechos por ella con retazos de tela, también cargaba una pequeña biblia, una botella con agua bendita y un escapulario colgado en su cuello salpicado de diminutas verrugas, antes de salir de la casa de los abuelos otra de mis tías que también era costurera la acompañaba a la plaza a coger el bus que la llevaría a Cartagena de Indias, antes de subirse la encomendaba al conductor para que la bajara en la India Catalina, donde la estaría esperando mi madre, durante el viaje ella contemplaba las montañas, las vacas de mirada triste, los burros que se atravesaban en la carretera, cuando el bus pasaba por el cementerio ella se persignaba, viajaba en el asiento de la ventanilla y de tanto en tanto se acomodaba el papel periódico que llevaba doblado en el pecho para evitar el mareo y el vómito, a nosotras también cuando viajábamos en bus en trayectos de más de una hora nos ponían en el pecho varios pliegues de papel, y en la mano llevábamos una bolsa de plástico por si el olor del periódico no evitaba el inminente mareo, alguna vez mi hermana y yo tuvimos que recurrir a la bolsa, el meneo del bus, sus constantes paradas con frenazos abruptos nos revolvían el estómago, en una ocasión vomité y una lombriz atravesaba mi garganta, la gente gritaba “¡se va a ahogar, se va ahogar!”, y mi madre me agarró del pelo con una mano, y con la otra estiró y sacó la solitaria de mi boca y la echó en la bolsa, la gente me secó el sudor con sus pañuelos y me echaron aire con un abanico de palma, ese día el conductor inclinó a un costado el bus en plena loma, cerca de la estatua de la Virgen del Carmen, mi tía durante el trayecto no hablaba con nadie, si alguien le daba conversación ella decía “bien, gracias a Dios”, como si le estuvieran preguntado “¿cómo está, doña?”, siempre respondía igual y apretaba el bolso contra su pecho, cuando el bus entraba a la ciudad mi tía rezaba en silencio todas las veces que podía y dejaba de hacerlo cuando ya se encontraba con mi madre que siempre la esperaba bajo un paraguas descolorido, mientras bajaba del bus ayudada por las manos callosas del cobrador de turno mi madre siempre gritaba “¡un momentico por favor, no arranque!”, cuando mi tía ya había pisado suelo firme, mi madre la agarraba del brazo y se iban caminando hasta Chambacú donde se encontraba la parada de los colectivos que iban a mi barrio, antes, se tomaban un jugo de zapote en el quiosco que había en la esquina, esperaban siempre el colectivo más nuevo, sin prisa, entonces mi madre y mi tía se acomodaban al lado del conductor y la bolsa con ropa la amarraban en el techo junto con las pertenencias de los otros pasajeros, sabíamos que había llegado mi tía por el toc toc de sus taconcitos, nos alegrábamos porque ella nos hacía todo, nos lavaba la ropa, nos cocinaba nuestro plato favorito “tortilla de plátano maduro”, sin embargo, su sopa no nos gustaba, era insípida, y se podía ver la flor del fondo del plato, cocinaba con poca sal porque mi madre y ella sufrían de presión alta, cuando estaba mi padre en casa nos levantaba con gritos y maldiciones a las cuatro de la madrugada, mientras nuestros amigos dormían nosotras regábamos las plantas, barríamos y trapeábamos la casa, hacíamos el desayuno, casi siempre huevos con tomate y cebolla y café con leche, nos bañábamos y nos íbamos a esperar en la esquina la buseta del colegio, cuando mi tía llegaba a la casa al principio nos portábamos bien, después regular y a la semana muy mal, salíamos con groserías, no hacíamos caso y nos pasábamos la tarde caminando por todo el barrio, cuando llegábamos a la casa, nos bañábamos, hacíamos las tareas corriendo y le pedíamos la comida, ella siempre nos decía “¿qué quieren?”, y nosotras preguntábamos “¿qué hay?”, “arró y sopa que quedó del medio día”, decía, “otra vez”, respondíamos al unísono, “siempre sopa, siempre sopa, además esa sopa no sabe a ná”, nos quejábamos y arrugábamos la cara, “bueno, les hago tajás y carne frita”, “pero rápido que tenemos hambre”, comíamos mientras veíamos El Chavo del 8, nos quedábamos embelesadas mirando la pantalla y con el plato limpio en la mano, ella sin gesto de rabia ni reproche nos quitaba el plato y nuestra condición de estatua permanecía intacta, con el brazo estirado, cuando mi madre llegaba por la noche del trabajo le preguntaba a mi tía si nos habíamos portado bien, ella nunca contestaba, tragaba saliva y se ponía a limpiar los adornos que engalanaban la casa, encima de la mesa del comedor mi madre encontraba su plato de comida tapado, se sentaba en la mecedora, con la punta de los pies se quitaba los zapatos, mientras masticaba le entraba hipo, y mi tía le daba tres golpecitos en la espalda, “¡eso es porque comes con ansiedá, Mercedita!”, la regañaba mi tía Josefina, mi padre viajaba durante varios meses, nunca sabíamos cuando llegaría, se presentaba en la casa de un momento a otro, de día o de madrugada, mi tía siempre tenía sus pertenecías recogidas para cuando tuviera que marcharse al pueblo.