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La idea de entes artificiales con conciencia no es de por sí nueva en la literatura y folclore de muchas culturas. Ya se trate de genios producidos en las ollas de las brujas de Shakespeare o surgidos de hojas de papel encantadas en las Mil y Una Noches, los escritores premodernos no tenían mayor conflicto con la idea de “individuos artificiales” por fuera del hecho de que su producción era el resultado de una operación “contra natura”, es decir, en contra del orden divino, y la mayoría de tales relatos terminaba mal para creador y criatura, pues la naturaleza misma se encargaba de corregir ese exceso.
Una deliciosa comedia inglesa de la época isabelina, El Fraile Bacon y el Fraile Bungay, de Robert Greene, se burla de manera contundente de los sueños desmedidos de la primera generación de alquimistas y mecánicos que dieron origen a la ciencia como la conocemos hoy: gira en torno a un alquimista que construye una cabeza de bronce supuestamente capaz de rodear Inglaterra con una muralla de duro metal, pero que lo único que logra es decir “El tiempo será; el tiempo es; el tiempo fue” antes de quedar inerte en el piso del taller.
El problema empieza cuando la noción misma de “naturaleza” como algo que existe fuera de la propia imaginación se pone en duda. Dicha duda fue expresada por primera vez en Occidente por René Descartes a comienzos del siglo XVII, con su famoso “Pienso, luego existo”, que más que una afirmación optimista sobre el ser de las cosas es la cristalización de una inquietud fundamental respecto a la existencia de algo, lo que sea, por fuera de mi propia mente.
A esa tensión fundamental entre “lo de adentro” y “lo de afuera” de nuestra propia conciencia se le ha dado muchos nombres: “alienación”, “angustia existencial”; el dilema de Descartes oprime los corazones occidentales desde hace siglos, y ha sido una veta fértil de su literatura de ficción.
Una vez que el entusiasmo inicial por las posibilidades de la Ilustración —ese movimiento transformador del acceso al conocimiento desarrollado inicialmente en Francia durante el siglo XVIII— se desvanece a la luz cruda y terrible de las guerras coloniales, la naciente industrialización y la Revolución Francesa, los escritores románticos ponen en cuestión el mito de la razón como guía única para entender el mundo.
La necesidad inmoderada de saber, uno de los atributos de la Ilustración, es cuestionada al principio por Goethe (en su Fausto de 1808), pero muy pronto la literatura atacaría de manera muy directa un dilema que hoy nos sigue obsesionando, el de la posibilidad de la creación de conciencias artificiales y su interacción con seres humanos de carne y hueso.
El cuento El Hombre de Arena de E.T.A. Hoffmann, publicado en 1817, nos relata por medio de una serie de cartas las desventuras del joven Nataniel, traumado en su niñez por las acciones de un alquimista malévolo a quien asocia con “el hombre de arena”, una figura de las pesadillas infantiles alemanas similar a nuestro “coco”, que se roba los ojos de los niños que se niegan a dormir. Ya adulto, Nataniel se enamora apasionadamente, sin sospecharlo, de un autómata de madera, una muñeca en la que deposita todos los deseos y sensibilidades que no cree encontrar en las personas que lo rodean.
La revelación de la verdad es brutal pero pasajera, Nataniel al final escoge la ceguera de sus ilusiones y su locura le resulta fatal. Este relato nos enfrenta a una pregunta que hoy nos acosa con intensidad: ¿estamos educando a los jóvenes a amar la realidad, la conexión con los demás, o los llevamos a temer a sus semejantes y preferir ver el mundo con unos ojos artificiales que les muestran solo lo que quieren ver?
El autómata de madera de Hoffmann aún tiene una limitación: es una mera fachada sin conciencia. No reclama por sí mismo la atención de sus creadores o sus usuarios. El siguiente paso de imaginación lo dio Mary Shelley, quien un año después, en 1818, publicó la novela Frankenstein o el moderno Prometeo.
La figura del monstruo imaginado por la inglesa está tan presente en el imaginario popular que muchos creemos conocer la historia sin mayor introducción, aunque no está de más recalcar un par de cosas: el nombre de la novela no hace mención del monstruo en sí, para el cual tal vez no hay nombre posible, sino de su creador, el doctor Víctor Frankenstein, quien, al igual que el Prometeo de la leyenda, pretende robar el fuego sagrado de la creación divina para la elevación de la especie humana.
Con ese fin, utilizando partes de cadáveres y con el concurso de esa fuerza misteriosa e invisible, la electricidad, logra infundir la vida a un ser físicamente poderoso, pero torpe y sin gracia. Decepcionado, Frankenstein lo abandona a su suerte y se dedica a cuestiones más mundanas, como el amor de Elizabeth, su novia.
Pero esta criatura se niega a ser ignorada; consciente de su soledad, de que decirse a sí misma “pienso, luego existo” no es condición suficiente para asegurar su humanidad, le reclama a su creador el derecho a una comunidad: “hazme una compañera”. Siguiendo una lógica inexorable, mata a Elizabeth y le exige al doctor que repita su acto de creación. La criatura no sólo exige la atención de su creador, sino que conoce a la perfección las circunstancias de su propio origen y las manipula con unos fines que a la vez frustran y rebasan las intenciones de ese creador.
¿Serán nuestras angustias actuales respecto a la IA, cuyas formas más avanzadas hace rato que han evolucionado mucho más allá de la comprensión de sus creadores, un recordatorio de que hay algo en lo humano más allá de la capacidad de reconocerse a uno mismo, un valor en la comunidad y nuestra historia compartida como especie, que hemos olvidado para nuestra desgracia?
Hasta este momento, hemos mostrado imágenes negativas del cruce de la conciencia humana con la posibilidad de una conciencia artificial; de una crítica que hoy damos en llamar “tecno-pesimismo” respecto a la idea de producir artificialmente entidades que reproduzcan la experiencia humana con una posibilidad de éxito o incluso mejora relativamente al destino natural de nuestra especie.
Habría que esperar sesenta años luego de la época de Hoffmann o Shelley para que una perspectiva “tecno-optimista” sobre este tema surgiera de la literatura, y no es de la mano de quien podríamos pensar, un escritor comprometido con los ideales de la modernidad como Mark Twain o Julio Verne, sino de un poeta simbolista francés, Villiers de l’Isle-Adam.
En “La Eva Futura” de 1886, un amante desencantado con su novia hermosa pero superficial pide la ayuda de nada menos que Thomas Edison para construir una mujer mecánica con la apariencia de ésta, pero artificialmente imbuida de las virtudes que al modelo de carne y hueso le faltan. Es decir, algo más que un autómata a lo Hoffmann pero también distinto al palimpsesto orgánico del monstruo de Shelley.
Es, de hecho, un ser artificial plenamente asimilable a un ser humano, como lo llama de l’Isle-Adam una “andréida”, palabra inventada por él y antecesora inmediata de nuestro término actual “androide”. El poeta francés hace intentos farragosos por explicarnos los principios “técnicos” que permiten tal creación y que son de poca utilidad para la cibernética actual, pero el caso es que en la novela el intento es coronado por el éxito. El desenlace es trágico pero fortuito, debido a un naufragio en el mar.
Hadaly la andréida es un dechado de las virtudes femeninas esperadas durante el patriarcal remate del siglo XIX: físicamente hermosa, sumisa, complaciente y leal. El escritor no tiene reparos en denominar tales atributos como su “alma”, en el sentido de la materialización de un ideal al que nuestras imperfectas almas naturales solo pueden aspirar, pero que abre el campo para debates que tienen plena actualidad.
¿Podemos confiar sin más en las aspiraciones salvíficas de los tecno-optimistas? ¿Debemos enfrentarnos a un futuro en el cual las inteligencias artificiales se presenten como el espejo de nuestras ambiciones como especie? ¿Nos superarán en el logro de esas ambiciones?
De este repaso se quedan fuera muchos textos: el mismo Hoffmann redactó un cuento paralelo al “Hombre de Arena” titulado Los Autómatas; no se hace mención al importantísimo “El Golem” de Auerbach de 1848, que cristaliza muchas de estas inquietudes, ni a La Muñeca de Edmond About de 1863 o al “libro de las máquinas” contenido en el Erewhon, de Butler; o incluso a un intrigante cuento argentino, Horacio Kalibang o los Autómatasde, Eduardo Holmberg, publicado en 1879.
Todas estas obras y muchas más están ampliamente disponibles para el lector curioso. Baste con lo dicho para confirmar que las inquietudes que actualmente nos asaltan respecto a nuestro trato probablemente inevitable con conciencias artificiales, lejos de ser exclusivas de una época como esta, que opta por verse a sí misma como única o fundacional en la historia de la humanidad, están ya presentes en el origen mismo de esa civilización insegura y turbulenta que damos en llamar “la modernidad”.
En una próxima entrega se presentará cómo algunos de estos temas se desarrollan en la literatura imaginativa de los siglos XX y XXI. Desde los orígenes de la palabra “robot” hasta la forma como los escritores de ciencia ficción chinos de la actualidad imaginan un futuro con IA conscientes, la invención del ciberespacio como un mundo paralelo que convive con y a veces amenaza al mundo físico, o qué sería una IA liberada de la obligación de imitar a la humanidad.