Setenta y tantos años antes de que Isaac Newton llegara a la fórmula para explicar la fuerza de la gravedad, ya el astrónomo alemán Johannes Kepler había escrito sus tres leyes universales, que le abrió las puertas a la ley de la gravitación, pues enunciaba que había una relación entre los planetas, su posición y velocidad y su fuerza de atracción hacia el sol. La primera decía que todos los planetas se movían en elipses, no en círculos, y que se movían alrededor del sol. La segunda, que mientras los planetas estuvieran más cerca del sol, más rápido se movían. Según la tercera, cuanto más lejos estaba un planeta del sol, más tiempo tardaría en darle la vuelta.
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Newton comenzó a pensar en la ley de la gravitación por las cartas que había recibido de Robert Hooke, quien había pensado sobre la gravedad, pero en sus propias palabras, no había sido capaz de encontrar una solución formulada. “No dudo que usted, con su excelente método, encontrará fácilmente cuál ha de ser esta curva”, decía. Se refería, en síntesis, a las propiedades de una línea curva. Hooke era uno de los científicos más valiosos de Inglaterra en el siglo XVII, y llegó a la Royal Society para avalar los descubrimientos que habían hecho otros investigadores. En ese cargo, le dijo a Newton, o mejor dicho, le escribió que una de sus teorías sobre la luz no era exacta, pues aseguraba que la luz estaba formada por ondas, mientras que Newton afirmaba que estaba compuesta de partículas.
Newton jamás lo olvidó, y según rumores de rumores, cuando Hooke había fallecido y él ocupaba el cargo de director de la Royal Society, mandó retirar el cuadro de su viejo contertulio y adversario. Igual, según documentos que surgieron en el siglo XX, Hooke sí había trabajado en algunos aspectos de la gravedad. También fue el precursor esencial de la teoría de la célula con su escrito “Micrographia”. Su descubridor, en otras palabras. Fue el creador de la teoría de la elasticidad en 1660, y el inventor de la bomba de aire junto a Robert Boyle, su profesor de química, y también, el primer científico que logró trabajar a sueldo en Gran Bretaña.
Cuando Newton publicó su libro “Philosophiae naturales principia mathematica” (Principios matemáticos de la filosofía natural), Hooke aseguró que la idea fundamental de la ley de la gravitación universal era de él. Su declaración llevó a un violento rompimiento de Newton, que jamás le perdonó su “atrevimiento”. Pasados muchos años, y siglos, algunos investigadores pusieron en tela de discusión los trabajos de Robert Hooke y sus ideas, precisamente por su cargo en la Royal Society, en el cual y desde el cual recibía las ideas y estudios más importantes que surgían en Gran Bretaña. Dijeron que unos cuantos de esos se los apropió.
Luego de sus conflictos con Hooke, Newton dejó de prestarle atención a las publicaciones y se enclaustró para estudiar la luz y sus fenómenos con mayor profundidad. No cambió de opinión con respecto a la composición corpuscular de la luz, y cuando salió de su encierro, volvió a publicar sus hallazgos y conclusiones en un libro que tituló “Opticks”. Hablaba allí de la refracción, la reflexión y la dispersión, y volvía a insistir acerca de su teoría corpuscular, ampliamente rebatida, y hasta enterrada, pero resucitada en el siglo XX por los trabajos de Albert Einstein y Max Planck, quienes concluyeron que la luz tenía una composición tanto corpuscular como de ondas.
Casi 20 años después de que “Opticks” hubiera sido publicado, el 5 de julio de 1687 Newton publicó sus trabajos sobre la gravitación universal. Desde miles de años antes, varios pensadores, e incluso religiosos, habían tocado el tema. Aristóteles creía que los cuerpos caían porque regresaban a su origen, y ya que la tierra era el centro del universo, por eso retornaban a su centro. Antes de él, en la India hubo estudiosos que consideraron que había una fuerza natural que unía a los planetas en torno al Sol, y después de él, entre los teóricos conocidos, tanto Leonardo da Vinci como Galileo Galilei formularon sus hipótesis al respecto. Para el primero, la fuerza de la caída de un objeto estaba determinada por su peso y la densidad del aire.
El segundo, según un artículo de Edison Veiga de la BBC News, quien citaba al investigador Albuquerque Mendonça, “determinaba que todos los objetos caían con la misma aceleración, independientemente de su peso”. La leyenda se encargó de multiplicar la escena en la que Newton estaba en el jardín de su casa, en Woolsthorpe Manor, Lincolnshire, y le cayó una manzana en la cabeza. Entonces se le ocurrió su teoría de la gravedad. Sin embargo, aquella fue una leyenda, avalada en gran medida porque fue el mismo Newton quien se encargó de contarla, en palabras de William Stukeley, autor de una biografía sobre él, “Memorias de la vida de Sir Isaac Newton”.
En su obra, publicada en 1752, Stukeley escribió: “Después de cenar, como hacía buen tiempo, salimos al jardín a tomar té a la sombra de unos manzanos... Me contó que se encontraba en la misma situación que cuando, antes, se le ocurrió la idea de la gravitación. Fue por la caída de una manzana, mientras estaba sentado en actitud contemplativa. ¿Por qué esa manzana siempre cae perpendicularmente al suelo?, pensó…”. Más allá de la veracidad de aquel suceso, medio místico y mágico, lo cierto fue que Isaac Newton pudo encontrar la manera de explicar cómo y por qué se movían los planetas, y bajo cuáles efectos físicos caían los objetos.
En su libro “Ideas, historia intelectual de la humanidad”, el británico Peter Watson escribió que, “Para explicar el ‘sistema del mundo’, esto es, el sistema solar, Newton identificaba la masa, la densidad de materia -una propiedad intrínseca de ésta- y una ‘fuerza innata’, lo que hoy llamaríamos inercia. Desde un punto de vista intelectual, en los ‘Principia’ el universo es sistematizado, estabilizado y desmitificado. Los cielos habían sido ‘domesticados’ y habían pasado a formar parte de la naturaleza. La música de las esferas había conseguido describirse en toda su belleza, pero ello no había dicho al hombre nada de Dios. La historia sagrada se había convertido en historia natural”.
Unas líneas más adelante decía que “aunque hermosos y cabales, los ‘Principia mathematica y el cálculo” representaban dos de los más valiosos logros de Newton, quien luego publicó sus trabajos sobre la luz, la refracción y la óptica que tantos problemas le dieron con Hooke y con sus pares. En una de sus trascendentes frases, y muy a pesar de su compleja manera de ser, en una de las cartas que se cruzó con el propio Hooke le admitió: “Si he visto más allá de Descartes, es porque estaba subido a hombros de gigantes”. Él puso en palabras las investigaciones e hipótesis de decenas de estudiosos, y desde ellas hizo sus descubrimientos y sacó sus conclusiones.
Con el paso de los años y de los siglos, su nombre y su figura se agigantaron, y para más de un historiador, sus trabajos fueron esenciales para aquello que se terminó llamando la ‘revolución científica’, y en términos más amplios, para la ciencia.