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Iván Cepeda o el poder de la verdad

“En el nombre del padre”, libro de Lariza Pizano (Planeta, 2026), aborda la política colombiana desde las historias de dirigentes cuyos padres fueron asesinados. Como abrebocas por su lanzamiento en la FILBo esta semana, reproducimos uno de sus capítulos, el que narra la tragedia del hoy candidato presidencial Iván Cepeda Castro.

Lariza Pizano

24 de abril de 2026 - 12:29 p. m.
Fotografía de 1962 de Iván Cepeda Castro en la que el hoy candidato presidencial aparece con sus padres Manuel Cepeda y Yira Castro,
Foto: Álbum familiar-incluida en el libro "En el nombre del padre" de Lariza Pizano
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El relato que Iván Cepeda Castro desarrolla en esta en esta entrevista tiene que ver con su tránsito personal de la ira, la indignación y la desesperanza a la recuperación de la fe en la humanidad. El asesinato de su padre, Manuel Cepeda Vargas, se inscribe en uno de los episodios más horrorosos de nuestra historia, el genocidio de la Unión Patriótica, perpetrado en virtud de la manguala entre fuerzas estatales -militares y paramilitares. Más de 6 mil muertes anunciadas, ante los ojos indolentes de un país.

Pregunta: Usted ha dicho en varias entrevistas que el asesinato de su papá lo reorientó y lo convirtió en lo que es. ¿Cómo ha sido ese proceso emocional?

Iván Cepeda: Diría que es un tránsito entre la ira, la indignación y la desesperanza hacia el amor –decir amor es muy fuerte–, pero sí hacia recuperar la esperanza, a volver a creer en la humanidad y demostrar la fuerza que se tiene. Llegar a las fortalezas viniendo de la absoluta debilidad, de la desolación, de la ruina, por decirlo de alguna manera.

Pregunta: ¿Cómo se dio ese tránsito de un sentimiento a otro?

Iván Cepeda: Es como un camino que se va construyendo. En mi caso, que ya estaba abonado, porque a diferencia de otras personas, de otros entrevistados en este libro, yo ya era adulto cuando mataron a mi papá. Tenía 31 años, ya había estudiado, tenía experiencia, ya había comenzado a hacer una vida política. Tener esa edad no reduce el impacto, pero de alguna manera lo prepara a uno de mejor manera para el dolor, si es que eso es posible. Además el contexto también había ayudado a esa preparación. Entre la gente cercana a mi casa y mi entorno en el momento en el que se perpetuaba el genocidio contra la Unión Patriótica, mi pregunta no era si el asesinato de mi padre iba a ocurrir, sino cuándo iba a ocurrir. En un momento era tan grave la situación que ya ni siquiera eso era una pregunta porque ya sabíamos cuándo iba a ocurrir. Ya teníamos claro cuándo iban a matar a mi padre. Su muerte ya estaba casi que puesta en el orden del día y sabíamos que iba a suceder en ese momento: no en un año, ni en unos meses, sino por los días en que teníamos esa certeza.

Pregunta: ¿Se preparó para ese golpe?

Iván Cepeda: Sí, hubo una preparación consciente y deliberada para eso. Esa preparación tenía unos rituales, unas maneras de relacionarnos, unas prácticas que habíamos desarrollado. Teníamos claro que a la Unión Patriótica la estaban desapareciendo. ¡Es que fueron dos candidatos presidenciales, ocho congresistas, y más de seis mil personas entre dirigentes, militantes, alcaldes, concejales, diputados y simpatizantes! Fue tal la preparación que el día que lo asesinaron, mi papá se despidió de mi hermana como si fuera la última vez. El día que lo mataron llegó como si hubiera estado marcado con una X en un calendario.

Pregunta: ¿Un calendario conocido por ustedes?

Iván Cepeda: Sí. Mi padre dijo: “me van a matar“, y así sucedió. Cuando mataron al general Carlos Julio Gil Colorado en julio de 1994 en un atentado atribuido a las FARC, tuvimos el banderazo de que ya el que venía era él1. Y entonces la discusión entre mi padre y Aída Avella, quien ya era una militante muy reconocida en la UP, era cuál de los dos iba a ser asesinado primero. Aída aún recuerda que entre los dos se prestaban los escoltas. Por todo eso digo que hubo una especie de preparación. No le digo que no me impactó el asesinato de mi padre por estar preparado, pues fue un golpe hondo y enorme, pero sí que tenía conciencia de que más pronto que tarde iba a ocurrir y ya me venía psicológicamente alistando para ese momento. Ahora, todo eso suena muy racional, pero cuando ocurre el hecho, el dolor es como si uno jamás se hubiera preparado. Cuando estás ante el cadáver de tu padre asesinado es como si te fulminara un rayo. Es una situación absolutamente inédita que genera un dolor innombrable.

“No le digo que no me impactó el asesinato de mi padre por estar preparado, pues fue un golpe hondo y enorme, pero sí que tenía conciencia de que más pronto que tarde iba a ocurrir”.

Pregunta: En ese tránsito de sentimientos, en redes sociales usted deja ver algunos elementos de carácter espiritual relacionados con las emociones individuales y colectivas y con su trabajo público. Cita mucho a Gandhi, quien decía, en una frase que usted cita mucho, que “Cuando digo que no debemos tener resentimiento, no quiero decir que debamos someternos”.

Iván Cepeda: Sí, esa frase me gusta mucho y es un referente. De alguna manera frente a la muerte de mi padre, no hubo sometimiento jamás. Claro, no murió por una muerte natural, un terremoto, un tsunami, sino por un asesinato político que hace parte de otros miles de asesinatos, de amigos, de compañeros políticos, de militantes. Por eso la sensación de tristeza y dolor era una sensación de injusticia, de indignación frente a una estructura de poder involucrada en tanta muerte, en tanta matazón contra la Unión Patriótica, contra la izquierda. Y frente a esa indignación hay que tomar decisiones, porque son varias las opciones. Hay –y hubo– quienes decidieron agarrar las armas e irse a la guerrilla, o quienes decidieron irse del país, o quienes escogieron vivir la tristeza y el dolor que un muerto suscita. Bueno, en mi caso fue otro camino. Decidí no dejarme llevar por un sentimiento simplemente, sino intentar encontrar una vía que, sin utilizar los métodos de los que habían perpetrado el asesinato, sí significara una especie de reparación, satisfacción, justicia. Eso es, mi decisión estuvo orientada a realizar acciones para encontrar verdad y justicia. En el momento no me di cuenta de ello, pero el camino construido permite que uno sea consciente a posteriori de lo que ha pasado y cómo lo ha tramitado.

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Pregunta: A propósito de la justicia. ¿Cómo entra la búsqueda de justicia formal en el camino que usted decidió?

Iván Cepeda: Yo sí terminé emprendiendo el camino de la búsqueda de justicia formal. Y lo que me llamó la atención es que lo primero que había que hacer era perder toda esperanza en la acción espontánea de la justicia institucional, y que había que hacer un camino propio, inventárselo. Eso suponía liderar el proceso investigativo, buscar las pruebas, encontrar los testigos, llevarlos, luchar para que no los asesinaran. Aprendí a recorrer ese camino hasta encontrar la verdad.

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Pregunta: ¿A pesar de que el caso del asesinato de Manuel Cepeda Vargas era una verdad clara, anticipada?

Iván Cepeda: Sí, pero era una verdad abstracta. Se sabía en términos generales que había sido el Estado, los mandos militares, pero había que demostrarlo. Se trató de hacer un ejercicio absolutamente inductivo: ir de la prueba material particular a construir una hipótesis, un rompecabezas que se fue armando poco a poco. A veces me sentí como un investigador forense que también hacia una lucha cultural, una lucha de memoria. En últimas, una lucha política.

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Pregunta: ¿En qué momento su lucha se volvió acción política?

Iván Cepeda: Tal vez en el momento en que las víctimas lograron un peso específico en la sociedad. Probablemente cuando comenzaron a revelarse realidades que desequilibraron las relaciones de poder. En plata blanca, entre 2004 y 2010, cuando la parapolítica estalló y se visibilizó en Colombia. Entonces la lucha de las victimas dejó de ser individual y se convirtió en una causa social, en un problema de lucha colectiva e, incluso, de hegemonía cultural: las víctimas comenzaron a pedir memoria, acciones, visibilidad, reparación, acciones de Estado. Ahora, en un país en el cual 10 millones de personas son víctimas directas, y 20 millones son indirectas, hay una sociedad impactada por la violencia y en la que la acción política tiene que ocuparse del asunto.

Pregunta: ¿En ese contexto se enmarca su decisión de hacer política?

Iván Cepeda: Sí, ahí. Aunque toda mi vida ha sido política y yo había tenido una militancia antes del asesinato de mi padre, ese momento marca el reingreso a la política y en concreto la decisión de hacerme elegir a una corporación. Fue un momento en el que ya a las víctimas no nos bastaba con que hubiera tal o cual decisión judicial o que alguien pidiera perdón episódicamente, sino que se requería un cambio. Después de ver a los paramilitares entrar elegantísimos al Congreso en 2004 y ser aplaudidos por parte de los congresistas, la de las víctimas se convirtió en una demanda grupal, social, colectiva, que tomó fuerza cuando estalló el escándalo parapolítica. Fue en ese año que la revista Semana de ese entonces visibilizó el Pacto de Ralito, en el que jefes paramilitares y congresistas firmaron un pacto para reformar la patria con el apoyo de las Autodefensas Unidas de Colombia.

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“Después de ver a los paramilitares entrar elegantísimos al Congreso en 2004 y ser aplaudidos por parte de los congresistas, la de las víctimas se convirtió en una demanda grupal, social, colectiva, que tomó fuerza cuando estalló el escándalo parapolítica”.

Pregunta: Su vocación de trabajo ha sido la paz. ¿Sentarse en una mesa de negociación, comenzando por las de la búsqueda del acuerdo con las FARC, le ha servido para tramitar el duelo?

Iván Cepeda: Presenté mi proyecto de tesis doctoral en la Universidad Javeriana hace 30 años, y hace poco tuve que pedirles a los profesores que me dejaran tratar de hacerla de nuevo. Y así lo hice. El proyecto versa sobre cómo ser víctima, lo que pasa por recorrer en un camino estadios distintos. Ya hablamos de uno que es el momento en que te sacude un hecho trágico, otro en el que eres consciente, otro en el que cultivas la memoria, otro en el que vas a la justicia, otro en el que llegas a la idea de que se castigue a los responsables y, al final, que se acabe la violencia y haya la necesidad de hacer la paz y la reconciliación. Lo que antes te parecía que era un exabrupto, la reconciliación, es la única posibilidad de salir del agujero negro de la violencia. Es un giro que debe hacer la sociedad colombiana para superar los círculos viciosos, pero un giro que se ha dado en individuos, incluyéndome.

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Pregunta: ¿Y en ese giro, en esa búsqueda, cómo aparece la verdad?

Iván Cepeda: Por eso insisto y tengo como un mantra, como un lema personal y de campaña, que en todo este contexto el poder lo tiene la verdad. Hablo desde mi formación sicológica: Sócrates decía que no hay nada más difícil pero también más importante que decir la verdad. Y decirla en las relaciones humanas, pero también en público, en la polis. Eso sí que es una vaina seria. Porque eso es lo que conmociona las relaciones de poder en una sociedad. Bueno, los periodistas y los académicos tienen que ver con la verdad, pero las víctimas tienen un poder especial. ¿Por qué? Porque tienen la vivencia de la verdad y la autoridad para contarla. Es una verdad que tiene un cierto grado de incontrovertibilidad, si es que esa palabra existe.

Pregunta. Varios estudios en Colombia demuestran cómo la violencia y la venganza han ido de la mano en el conflicto colombiano. ¿Cómo ve el papel de la revancha como alimento del conflicto?

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Iván Cepeda: La venganza lleva a que no aparezca la verdad ni la posibilidad de desactivar los mecanismos violentos. Hannah Arendt dice que el poder, contrario a lo que se piensa, es lo opuesto a la violencia. El poder es la capacidad de los seres humanos de conciliar y crear estructuras políticas que expresan sus convenios. Claro, eso es posible cuando los seres humanos dialogan y se ponen de acuerdo, para lo cual tienen que establecer un mínimo piso común de verdad, de certezas compartidas. La violencia es lo contrario: es la imposibilidad de hacer pactos, de acabarse los unos a los otros. Sí, sí.

Pregunta: Pasando a otro momento: ¿Cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos determinó en mayo de 2010 que el Estado debía pedir perdón por el asesinato de su padre, cómo cambió el camino de su duelo?

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Iván Cepeda: Claro. Regularmente se piensa que el perdón de alguna manera es curativo. Pero yo no viví ese momento solo desde esa perspectiva, sino que también lo viví en términos políticos. Sentí con esa sentencia como un poder –como el articulado en torno a las estructuras que lideraron el genocidio contra la UP– a posteriori puede ser derrotado por una acción, una persona o una figura que parece tan insignificante, tan débil como una víctima. Eso es para mí lo más llamativo de la justicia y en general, de todas las cosas que me han pasado en estos años. Era la Corte Interamericana pidiendo justicia frente al caso de un hombre asesinado, y reivindicado por unas víctimas. Y retrocedo y pienso de nuevo en el momento en el que Mancuso fue al Congreso y mientras las mayorías montaban un besamanos, nosotros éramos 50 pelagatos oponiéndonos. Cuarenta y ocho se quedaron en la plaza con una pancarta que decía ‘No a los paras’, esperando que el ESMAD los sacara a golpes. Adentro del Capitolio quedamos Lilia Solano y yo, que para ese entonces era defensora de Derechos Humanos y parte del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado. En ese momento era imposible creer que ese poder pudiera ser derrotado, pero luego pasó lo que comenzó a pasar. A una lucha de pocas personas se sumaron las revelaciones del periodismo, de las organizaciones de la sociedad civil, la academia.

“Germán Vargas lo hizo bien, pidió perdón como había que pedirlo. Y estaba tocado, fue sensible, consciente, y eso lo agradezco”.

Pregunta: En agosto de 2011, el entonces ministro del Interior y de Justicia, Germán Vargas Lleras, ofreció en nombre del Estado colombiano disculpas públicas a la familia Cepeda Vargas, reconociendo la responsabilidad estatal en el crimen de su padre y comprometiéndose a cumplir con las medidas de reparación ordenadas por la Corte Interamericana. ¿Qué implicó ese acto en términos emocionales y políticos?

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Iván Cepeda: Germán Vargas lo hizo bien, pidió perdón como había que pedirlo. Y estaba tocado, fue sensible, consciente, y eso lo agradezco porque hasta ese momento el Estado había sido soberbio con la muerte de mi padre. En ese momento volví a sentir el potencial político y transformador de las víctimas. ¡Después de una lucha tan ardua, el Estado nos estaba pidiendo perdón! El concepto duelo y todo lo que conlleva hace referencia a una especie de limpieza, pero para mí lo importante es el hecho político. Lo que menos se piensa es que, en general y en un contexto como el nuestro, sea posible que la verdad, la palabra y la rectitud moral de un grupo de personas derrote a un aparato enorme. Un aparato militar, lleno de capacidad de destrucción, de aniquilar individuos impunemente. Eso que parece una cosa imposible se da porque la verdad, la autoridad moral es superior a eso otro. Y ahí me devuelvo a Gandhi, que inspira esa reflexión. Gandhi fue un tipo que no medía más de 1,65 y derrotó un imperio. Mientras Germán Vargas pedía perdón, pensaba en eso. Repito: en el poder de la verdad.

Pregunta: En el caso de su papá, las reivindicaciones de verdad respondieron al hecho de que no era un muerto individual, sino uno colectivo.

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Iván Cepeda: Sí, pero ahí menciono la lucha de Reiniciar, la corporación que desde 2002 ha reivindicado y acompañado a víctimas de graves violaciones de Derechos Humanos –incluyendo las víctimas de la Unión Patriótica– en procesos de acceso a justicia, memoria y reparación. En el caso de la UP, lo más importante es que a pesar de haber sido víctima de genocidios, terminó reponiéndose, eligiendo a Aída Avella y a Jael Quiroga en el Congreso, y luego con representación en el Estado, resurgiendo de las cenizas a punta de dignidad y de fuerza. Una formación a la que se llevó a su mínima expresión, a la que se le quitó la personería, se le diezmó, se les asesinaron congresistas, miles de militantes, y dos candidatos presidenciales, terminó de nuevo renaciendo. Con la verdad como insumo.

“Pienso que mi candidatura es tal vez una oportunidad para que el poder de la verdad de las víctimas sea aún más visible, desde la ética“.

Pregunta: En ese camino de la lucha individual que usted describe, se mete a una campaña presidencial, que es un proyecto colectivo. Siguiendo a Gandhi, ¿asume esa campaña como un acto de sometimiento?

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Iván Cepeda: Desde esa perspectiva tengo historias que me confrontan. Y motivos que me llevaron a pensar mucho si me lanzaba o no. Voy a plantear un dilema en este momento: me he preguntado sobre el caso de dar la orden a las fuerzas militares de hacer un bombardeo. Lo pienso y comprendo lo duro de esa posibilidad considerando que en el otro platillo de la balanza están las reivindicaciones de las madres de Soacha, de las víctimas, de las familias de falsos positivos. Pienso que mi candidatura es tal vez una oportunidad para que el poder de la verdad de las víctimas sea aún más visible, desde la ética. Desde el compromiso. Y sirva para hacer un acuerdo de paz distinto. ¿Cuál es mi idea de ese acuerdo de paz? Es la paz entre todos los sectores políticos, sociales y económicos, o por lo menos un alto al fuego que nos permita darle un nuevo tono y talante a la política. Entonces, después del dolor individual y del colectivo, me lleno de esperanza. Porque la acción humana tiene aún posibilidades, y a veces pasan cosas que las restauran. ¿Se resolverán los problemas de todo el país y seremos felices por la eternidad? No lo sé. Pero de pronto sí podemos lograr que el país sea mejor, un poco mejor.

1 Esta afirmación se debe a que se presume que en coyunturas como el asesinato de un general o golpes militares de las FARC, el aparato estatal, articulado con fuerzas paramilitares, fortalecía sus acciones ilegales contra miembros de la Unión Patriótica.

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Por Lariza Pizano

Politóloga de la Universidad de los Andes, académica y especialista en política colombiana.
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