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Javier Moro: un mundo de posibilidades entre la historia y la literatura

Presentamos la segunda parte de esta entrevista, en la que el autor habló sobre su relación con sus lectores, sus referentes literarios y los límites entre la ficción y la no ficción. Alianza con Tinta Club del Libro.

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Sandra Pulido
24 de enero de 2026 - 11:26 p. m.
Javier Mora fue el ganador del Premio Planeta en 2011, con su novela "El imperio eres tú".
Javier Mora fue el ganador del Premio Planeta en 2011, con su novela "El imperio eres tú".
Foto: EFE - Mauricio Dueñas Castañeda
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Tinta Club del Libro es una iniciativa que propone una experiencia de lectura mensual a través del envío de libros seleccionados por curadores invitados. Cada edición incluye un título en una edición producida especialmente para el club, acompañado de materiales editoriales que contextualizan la obra y su elección.

Este proyecto articula la figura del curador como eje de su propuesta editorial. Escritores y agentes del campo literario participan en la elección de los títulos y en la construcción de un marco de lectura que se extiende más allá del libro, mediante textos y espacios de intercambio asociados a cada edición. Tinta se plantea así como un dispositivo de mediación entre autores, obras y lectores, con una periodicidad mensual.

Esta entrevista corresponde a la segunda parte de una conversación con Javier Moro, escritor español y uno de los curadores invitados por Tinta Club del Libro en 2025. Su publicación se realiza en el marco de una alianza entre Tinta y El Magazín Cultural de El Espectador, que busca compartir con el público las reflexiones de los curadores alrededor de la literatura.

¿Cómo elige los libros que lee? ¿Va a la librería? ¿De quién acepta recomendaciones?

No hay reglas ni normas. Puede ser alguien que me recomiende un libro, una reseña que leo en el periódico o un paseo por una librería. En Madrid se han reducido mucho las librerías y ya no hay tantas como antes; las de barrio han desaparecido. Ahora, cuando quiero buscar un libro, tengo que ir a Espasa, en el centro, una de las pocas que subsisten. Han cerrado muchísimas en el barrio, y me da pena, porque me gustaba ir un rato a una librería, perderme y ver qué había. No es lo mismo comprar por Amazon.

En Amazon tienes que saber lo que compras, mientras que en una librería puedes perderte, soñar, cantear, leer las cubiertas y las contracubiertas, y eso ya casi no se puede hacer. No sigo ningún tipo de norma ni de regla y compro muchos libros. Además, leo en tres idiomas: inglés, francés y español.

¿Qué autores(as) considera referentes en su vida?

A mí me influenció mucho la cultura francesa, en especial la literatura francesa del siglo XIX, que era la que nos enseñaban en el colegio y la que nos obligaban a leer: Stendhal, Balzac y Zola.

Zola fue un descubrimiento a los catorce, quince años. Era un escritor que buscaba el combate, la justicia social, que denunciaba. Aquel maravilloso libro sobre Dreyfus me incendiaba, me tenía completamente maravillado y captó por completo mi imaginación. Fueron días y días leyendo a Zola. Lo leí todo de Zola, todo.

¿Piensa en sus lectores cuando escribe? ¿Tiene un tipo de lector ideal?

No, creo que eso es una receta para el fracaso. Si existiera una fórmula para agradar a los lectores y vender millones de libros, todo el mundo sería un autor de éxito o un director de cine de éxito. El asunto es que nadie sabe realmente qué le gusta al lector. Puede haber un libro muy bueno que no funcione porque no sale en el momento adecuado o porque no están los astros conjugados para que tenga éxito.

Por eso no pienso en el lector. Pienso en la historia y en contarla de la mejor manera posible: que sea lo más coherente posible, que esté bien escrita y, sobre todo, que emocione. Me concentro en la historia, no en el lector, porque si la historia es buena, siempre habrá lectores.

¿Tiene alguna anécdota memorable de un encuentro con un lector?

Sí, he tenido muchas. Es la parte más agradable de esta profesión, porque con una novela tocas el corazón del lector y, cuando te encuentras con él, ya sea en una feria del libro o en un festival, te lo agradece. Entonces se crea una corriente de empatía muy grande.

Yo he terminado siendo amigo de muchas lectoras; muchas ya son amigas mías, porque me han seguido y me hablan del libro y de las emociones que les provoca. Ha habido varios casos, pero recuerdo uno especialmente gracioso. Una señora me decía maravillas del libro: que le había encantado, que había llorado, que había reído, que era el libro más apasionado del mundo, que cómo había podido escribir algo así, y me pidió que se lo firmara. Resultó que no era un libro mío, sino de mi tío Dominique. La señora estuvo masajeando mi ego durante media hora y yo dejándome llevar, para que resultara que no era mi libro. Pero bueno, estas cosas suelen pasar.

¿Hay algún escritor de la historia del que le hubiera gustado ser su amigo?

De casi todos. Me hubiera gustado ser amigo de Víctor Hugo y de Cervantes; seguro que me hubiera reído mucho con él. En realidad, creo que me hubiera gustado ser amigo de casi todos. Menos de los muy raros, de esos a los que no les gusta socializar y son muy cerrados, porque también los hay. También me hubiera encantado conocer a Tolstói.

Su obra se basa en hechos históricos reales, pero con un enfoque novelado. ¿Cómo vive la relación entre historia y literatura?

A mí me influenció mucho haber trabajado en otros libros que fueron grandes éxitos, como Llevarás luto por mí, Arde París, Jerusalén y Esta noche la libertad, un libro precioso sobre la independencia de la India. Luego con Dominique también colaboré en La ciudad de la alegría.

De alguna manera eso se me fue pegando y me gustaba ese rigor del historiador combinado con las claves del novelista, lo cual permite leer la historia como si la vieras desde dentro. No era una manera periodística de escribir, sino literaria, utilizando como material la realidad misma. Es algo que hizo toda la escuela americana de los años sesenta, empezando por Truman Capote y siguiendo con otros autores estadounidenses como Pierre Collins. Ellos hacían eso y se convirtieron en best sellers.

A mí me contrataban como investigador para esos grandes libros. Utilizaban a varios investigadores y yo era uno de ellos. Para mí fue una escuela formidable, porque ahí aprendí ese género. Es el que más me gusta, porque tengo dificultad con la novela: si no es muy buena, prefiero leer no ficción. En cambio, la novela de no ficción es un género que a mí me gusta mucho y es lo que he hecho prácticamente en todos mis libros. En unos hay más ficción que en otros, porque en ciertos casos ha sido más difícil conseguir la investigación o los datos de la historia, y ahí he tenido que suplir esa falta de información con la imaginación.

Y no creas que es algo que me guste, porque no me gusta fabular. He estudiado historia y me ha quedado ese prurito de mantener cierto rigor, porque creo que al final el lector te lo agradece y nota que hay un trabajo serio detrás.

¿Qué ha aprendido de la historia después de los años y las diez novelas que ha publicado? ¿Estamos condenados a repetirla en sus temas gruesos?

He aprendido que no hemos cambiado nada desde que empezó la historia. Todo está ya en los clásicos y, desde ellos hasta hoy, no hemos aprendido gran cosa. No hemos evolucionado tanto socialmente. Hemos avanzado en el hecho de que ahora vivimos ochenta o noventa años y en la ciencia, pero la naturaleza del ser humano sigue siendo la misma. Si lees a los clásicos, encuentras lo mismo. Cuando ves en televisión a Donald Trump, como lo vi anoche, es un emperador romano. Estamos en lo mismo.

Hay una evolución lenta y esta nunca se va a alinear: avanza, retrocede y vuelve. Creo que el ser humano no ha cambiado en lo fundamental y las mismas historias se repiten con otro ángulo, con otra actualidad, con otro revestimiento. Pero, en el fondo, es mucho de lo mismo. Las pasiones humanas siguen siendo iguales, y en eso estamos exactamente igual.

¿Por qué la India y Oriente se convirtieron en un tema para usted?

Siempre me interesaron mucho desde que mi padre me llevó cuando yo era muy joven. La India me pareció un país misterioso y diferente a todo lo que había visto. No se parecía a nada; ahora ha cambiado, pero en aquella época era única. Esos hombres con largas barbas, los elefantes en las calles, los osos amaestrados, las mujeres con tilak y una simpatía, una cosa muy curiosa.

Los olores, todo era, y sigue siendo, muy intenso. A mí eso me cautivó y después descubrí que en la India había historias muy buenas para contar. Además, creo que el público en español estaba muy distanciado de la India y que ahí existía un hueco que, sin quererlo, terminé cubriendo. Lo he cubierto al contar la historia de Anita Delgado, la española que se casó con el marajá de Kapurthala, en mi libro Pasión India, y el gran éxito que tuvo supuso también un acercamiento de la India a los lectores de habla hispana, porque no había libros que la contaran así.

Luego escribí otros libros y siempre he encontrado historias buenas. La de Sonia Gandhi era extraordinaria en sí misma, independientemente del libro: la historia de esa mujer italiana que acababa en la primera familia de la India. También la del doctor Seth. En fin, la India siempre ha sido un lugar donde he encontrado una gran fuente de inspiración.

Por Sandra Pulido

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