1 Apr 2021 - 5:53 p. m.

Jesús no murió por los clavos en la cruz

El abogado y periodista Jorge Eliécer Castellanos presentó hoy su último libro El sermón de la cruz del calvario, en el que reflexiona sobre la vida y obra de Jesús, y describe cuál fue la dimensión del castigo al que fue sometido hacia veinte siglos.

Desde la noche del jueves después de la última cena en que fue detenido en el monte de Los Olivos, hasta las tres de la tarde del viernes en que murió en el monte Gólgota, fueron 18 horas de castigo a Jesús de Nazareth. Por eso su muerte fue producto de un largo proceso agónico causado por las heridas punzantes, incisas y contusiones propias del sacrificio de la crucifixión. El destino de un hombre “que tenía el peso del mundo en sus hombros” y que murió de asfixia, insuficiencia cardiaca aguda e infarto al miocardio.

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Las conclusiones son del abogado, periodista y conferencista Jorge Eliécer Castellanos en su nuevo libro El sermón de la cruz del calvario, en el que además de sus reflexiones sobre el “sermón más poderoso jamás pronunciado en la historia humana” o el valor de las profecías en estos tiempos de cuarta revolución industrial, plantea una audaz “autopsia forense” para explicar en qué consistió el sacrificio al que fue sometido Jesús. Sin alimento ni bebida, blanco de golpes, pinchazos o latigazos, hasta causar heridas y hemorragias.

Sustentado en una documentada investigación, Jorge Eliécer Castellanos detalla que “la flagelación era un preliminar legal para toda ejecución romana”, y que Jesús la sufrió con la espalda encorvada sujeto a un pilar. Con un azote corto de varias cuerdas o correas de cuero y en las puntas pequeñas bolas de hierro o trozos de huesos de oveja. Después de este severo castigo que le dejó múltiples cortes, contusiones y heridas graves, sobrevino la corona de espinas. Según el autor, con citas para ratificarlo, hecha de la especie vegetal Zizyphus.

Con extremas lesiones en el tórax y la espalda, todavía faltaba la crucifixión. El libro sostiene que las lesiones causadas con clavos en las manos y en los pies, al igual que otros momentos del inhumano castigo al que fue sometido, fueron de excesivo dolor hasta causar desmayos y colapsos fugaces, pero no fueron la causa de la muerte. El autor coincide con voces como la del portal Christian Answers, que sintetizan que Jesús “sufrió una de las formas más duras y dolorosas de pena capital jamás imaginada por el hombre”.

El autor de El sermón de la cruz del calvario es un activo abogado manizaleño y periodista de vieja data, con otra faceta que distingue su proyección profesional. Es un exitoso conferencista que, sin atenuar su fe cristiana y, por el contrario, exaltándola, lleva varios libros de creativa búsqueda. Lecciones Empresariales del reino animal, que prueba como la vida social y la conducta de los animales es un modelo de desarrollo social y económico; Amo, perro y gato, que evalúa las relaciones interpersonales a través de estos amigos domésticos; o El espíritu Águila, que exalta el legado mítico y espiritual de la reina de las aves.

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Ahora agrega a su afán por la comunicación que despliega desde que tenía un programa de radio en la emisora Nuevo Continente, un texto para entender la “redención profética de Jesús de Nazareth”. En palabras de Castellanos, “una oración de paz” para dimensionar lo que representó el acto sublime de su sacrificio. Cada palabra en la cruz tiene significado, él aporta el suyo, al tiempo que pormenoriza cómo fue el tormento humano antes del otro momento sublime: la resurrección, que describe como “el acontecimiento más trascendente de la humanidad”.

Con su cabello empapado en sangre, hematomas múltiples, hemorragia masiva, shock hipovolémico y asfixia en cerebro y pulmones, el autor aporta las conclusiones médico-legales que expertos han sugerido a través de la historia para evaluar las incidencias finales del largo suplicio de Jesús. Lo detalla para dejar evidencia de la dimensión de su heroísmo, “colgado de un madero, olvidado de sí mismo”, pidiendo perdón por sus verdugos, y cumpliendo el deber divino que lo llevó a “convertir su tormento en un acto de amor y redención universal”.

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