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Joan Báez: del planeta idealismo (Como de cuento)

Una guitarra. Una guitarra era lo único imprescindible en su equipaje. Si llevaba más de eso, agradecida. Sabía que con una guitarra llevaba parte de su vida, y llevaba también la posibilidad de que la otra parte apareciera.

Fernando Araújo Vélez

10 de marzo de 2020 - 05:12 p. m.
Joan Chandos Báez, el nombre completo de Joan Báez, nacida el 9 de enero de 1941 en Staten Island, Nueva York. / Cortesía
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Una guitarra era una invitación. Una especie de infinita seducción y salvarse. La opción de que lo que viera, oyera y pensara se transformara en una canción, o en la primera estrofa de una canción, o de echar hacia atrás y recordar, por ejemplo, sus tiempos, a los 13 ó 14 años, cuando uno de sus tíos le regalaron un ukelele y ella se pasaba las tardes y las noches después del colegio jugando a la música, sacando notas, cantando lo que se le ocurría, mezclando viejos cantos con nuevos ritmos y viceversa.

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Una guitarra era el sonido de la magia, y el silencio de lo que estaba por llegar, y el grito de la protesta, y era su nombre, Joan Báez, y su pasado mexicano, y su padre chicano, y los atropellos, y las posibles soluciones, y la lucha por cambiar el mundo, y una guitarra fue una noche en un concierto de Pete Seeger el bombazo que necesitaba para darle sentido a lo que ebullía en su interior, porque ese día, esa noche, Seeger le dijo con su música lo que ella necesitaba oír. La convenció de que sus peleas con el mundo y por un futuro más libre eran posibles desde el arte, con aquella simple guitarra que ella cargaba días tras día.

Luego llegaron otros días. Los días, que fueron semanas, meses y años, de tomarse la música en serio, y la vida, por supuesto. Los días de romperse los dedos para lograr que un Fa sonara como ella quería, y que la cejilla que intentaba fuera lo más acorde a sus deseos. Los días de cantar a cada hora y en todos lados, lloviera, tronara o hiciera sol. En fiestas, en la calle, o incluso en trascendentales reuniones con gente igual de trascendental. Y los días de conversar, de preguntar, de indagar por lo que ocurría en el mundo, de asistir a mitines clandestinos y de soñar un cambio, un cambio definitivo y profundo.

Porque el mundo por aquel entonces, diría luego, muchos años más tarde, palabras más, palabras menos, era un mundo muy en blanco y en negro, muy para unos pocos, muy sin derechos para el resto. El mundo, lo fue sabiendo palabra tras palabra, investigación tras investigación, era una permanente guerra en la que en realidad lo único que estaba en juego era el estúpido poder. Ella tenía un sueño, el sueño de que no fuera así, el sueño de la no violencia. El sueño de Martin Luther King, a quien acompañó guitarra al hombro en su histórica marcha hacia Washington en 1963 con los millones de soñadores que lo seguían.   

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Pasado mucho tiempo, Sebastián Ramos le preguntó para el diario de La Nación qué habían significado los 60 y cuál había sido su legado. Dijo que “los 60 han dejado instaladas un par de cosas. La introducción de la discusión sobre los derechos humanos no existía antes de los 60. Luego vino Amnesty International y se tornó imposible para los líderes mundiales reunirse y no hablar de derechos humanos. Por eso no me dejaron cantar en la Argentina, ni en Brasil, ni en Chile en aquel momento, porque no querían que se visualizara la discusión sobre los derechos humanos. Hubo muchos cambios. De todas formas existe un hecho irrefutable: los ricos siguen siendo ricos y los pobres, pobres”.

Luego habló del feminismo en la misma entrevista, y respondió que en realidad, la pregunta que importaba era qué hace la mujer cuando está en el poder. “¿Es diferente de un hombre o intenta ser aún más fuerte y resulta peor que los hombres?” De alguna manera, recogía alguna frase de Evita Perón, quien había dicho que de nada servían los feminismos si no cambiaban las condiciones sociales del pueblo. Más allá de luchas segmentadas, para Joan Báez, como le había dicho a Ramos, los ricos seguían siendo ricos, y lo más grave, los pobres seguían siendo pobres, tanto en los 60, como después, en los 80 y 90 y más acá. Y al ser pobres, decía sin decirlo con exactitud, parecía que no tuvieran derechos, que las Constituciones sólo protegían a los que las habían escrito.

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Joan Báez terminó siendo uno de los íconos del hombre nuevo del que hablaba el Che Guevara en los 60. Comprometida con su entorno, siendo parte del mundo, afectándolo, jamás dejó de decir sus verdades, por absurdas que le parecieran a algunos. Dijo, cantó, amó, peleó, odió, se la jugó. Creyó en otros “hombres nuevos”, como Bob Dylan, y actuó por ellos y con ellos. A Dylan lo presentó, lo influyó, lo amó y lo odió. Fue el amor de los 60, que se inició en 1963. “A la gente le gustan las historias de amor y de pérdida, y la nuestra era una relación romántica. Nos amamos y estuvo bien”, diría Báez luego de un tiempo largo en el que la canción que los identificó seguía sonando, “El español es la lengua del amor”.

“No paré de mirarla desde el primer momento que la ví. No quería ni parpadear. Su suspiro me hacía suspirar. Y luego estaba su voz. Una voz que apartaba los malos espíritus. Cantaba con esa voz que te lleva directamente a Dios. Todo funcionaba perfectamente en ella”, explicaría Dylan. Báez-Dylan, Dylan-Báez era y fue la pareja de las flores, de la libertad, del ir y volver con los pies descalzos, una guitarra colgada de los hombros y canciones, decenas de canciones que hablaban y herían.  Decenas de canciones que siguieron actuando e hiriendo, como “Blowin´in the wind” y sus frases, sus “La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento”, y sus preguntas, “Cuántas muertes se necesitan para saber que demasiada gente ha muerto”.

En los 70 y después, cada uno tomó su camino. Ella, con su eterna guitarra. Él, con sus versos y su voz quebrada. Se encontraron en el 75 para una gira casi de circo que atravesó los Estados Unidos. Y luego, para alguna que otra charla. Cada uno se había hecho con el otro, había captado del otro. Dylan siguió con su música. Joan Báez, pintó, cantó, viajó por la Argentina y por Chile. Fue perseguida por los gorilas de la AAA (Alianza Anticomunista Argentina) y por los radicales de ultra izquierda, que no le perdonaban sus posturas por la No violencia. Mercedes Sosa la salvó la primera vez, y con ella anduvo por Europa y habló de cocina y de la vida y del hambre. Adolfo Pérez Esquivel le ayudó en la segunda oportunidad, y con él se siguió hablando.

Todos, Joan Báez, Dylan, Mercedes Sosa y Pérez Esquivel, perseguían el sueño del hombre nuevo. Todos, a su manera, sin que importara mucho si los tildaban de hipócritas o de falsos adoradores del dinero. Se encontraron para sumar, con sus voces, con sus guitarras, con sus palabras y una vieja, muy vieja convicción que hoy parece venida de otro planeta, el planeta idealismo. 

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Por Fernando Araújo Vélez

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