Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.

José Eustasio Rivera, derechos sin reservas

El pasado 1° de diciembre dejaron de tener vigencia los derechos de autor sobre dos de sus  obras: Tierra de promisión y La vorágine.

Isaías Peña Gutiérrez

04 de diciembre de 2008 - 06:00 p. m.
PUBLICIDAD

Cada vez que se cumplen 80 años de la muerte de un auto r, las editoriales y los editores no sólo conmemoran el aniversario, sino que lo celebran. A partir de esa fecha dejan de tener vigencia los derechos de autor sobre toda su obra. Y eso es lo que pasó el pasado 1° de diciembre de 2008 con los libros de José Eustasio Rivera, Tierra de promisión y La vorágine. Porque “Tacho”, como se le decía entre sus familiares, murió en Nueva York,  hace 80 años, en el apartamento de la calle 73, a causa de sus misteriosos dolores de cabeza y de altas fiebres.

A esa fecha, había aparecido la quinta y definitiva versión de La vorágine, corregida una y otra vez, alguna vez con el apoyo del maestro, entonces joven, Rafael Maya. La había escrito entre el 22 de abril de 1922 y el 21 de abril de 1924, y su primera edición había salido a las librerías el 24 de noviembre de 1924, día del natalicio de su madre, Catalina Salas. Comenzó a escribirla en Sogamoso, la continuó mientras hacía parte de la Comisión de Límites con Venezuela, en San Fernando de Atabapo, Yavita y Maroa, y la terminó en Neiva. De su quinta edición, curiosamente, Rivera, una semana antes de su muerte, le había enviado al Presidente de la República y a la Biblioteca Nacional sendos ejemplares con el piloto que emprendería el primer vuelo entre Nueva York y Bogotá.

Ninguno de los dos sabían —ni Rivera, ni Méndez Rey— que a partir de ese momento, ambos, emprenderían una increíble carrera entre la vida y la muerte.

Trato de resumir lo que es, sin dudas, el guión de una película de aventuras. José Eustasio Rivera, en el Park Inn Hotel de Rockway, despide el 23 de noviembre de 1928 al piloto Benjamín Méndez Rey, con estas palabras: “Usted simboliza para mí aquel hondo anhelo de hazaña que late en el pecho de cada hombre, la aspiración a lo extraordinario, el ansia de señalar con una proeza memorable la trayectoria de nuestra vida efímera”. Esa ansia para el piloto del bimotor “Ricaurte” era llegar en 40 horas de Nueva York a Bogotá; para Rivera era publicar la edición en inglés de La vorágine, sacar en Nueva York la quinta edición definitiva y producir la película (por su puesto, no lo dijo esa noche).

Read more!

Méndez voló a Jacksonville, La Habana, Puerto Barrios (Guatemala), Puerto Caleta (donde calculan mal la gasolina) y Bluefields (Nicaragua). Al acuatizar en Colón (Panamá), las olas del mar le desbaratan un ala y un flotador; piden los repuestos a Nueva York. Es el primero de diciembre. Ese día muere Rivera, el hombre que lo ha despedido ocho días antes, y el cinco comienza su viaje, embalsamado, de regreso a Bogotá, por mar en el vapor “Sixaloa”.

El 17 llega a Barranquilla, y todavía el piloto trata de desvararse en Panamá. El 25, después de largos homenajes, Rivera sube por el Magdalena en el “Carbonell González”. El 28 llega Méndez Rey a Cartagena (le hace los inocentes a los barranquilleros). Y el 30 de diciembre supera a Rivera con un acuatizaje donde pierde los flotadores, en Girardot. A Rivera lo retrasan los homenajes en cada pueblito que pasa (todos se dan el mea culpa). El piloto trata de llegar el primero de enero a Bogotá, pero no sabe aterrizar y se accidenta en Flandes. En otro avión, que le presta Camilo Daza, llega al aeródromo de Madrid, Cundinamarca, el 2 de enero. Mientras tanto, Rivera va a Ibagué, a Flandes, y en tren llega el 7 de enero a la Estación de La Sabana. El 9 de enero, a medio día, lo conducen al Cementerio Central. Entonces, el piloto sobrevuela a Rivera y al desfile de las 15 mil personas que lo acompañan. Rivera le había dicho en la despedida al piloto: “Cuando, al término de la jornada, revuele su avión sobre la multitud aclamadora, y haga soplar sobre sus cabezas el aire de las alturas, esté seguro de que esa misma onda llegará hasta nuestros pechos, como si el ‘Ricaurte’ fuera descendiendo sobre nuestros brazos”. Era cierto. Fue cierto. Y es una película. El piloto demora 40 días; el poeta embalsamado demora 40 días”.

Read more!

Por Isaías Peña Gutiérrez

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.